«No sé por qué las ciencias resultan tan poco atractivas, incluso intimidantes para tantos. Intuyo, sin embargo, que se trata de una reacción que nosotros mismos hemos generado por la forma en que las enseñamos y comunicamos. Algo que podríamos llamar el efecto berenjena: a la mayoría parece no gustarles, pero no podemos culpar a la berenjena. Es claro que solo puede deberse a la ignorancia que existe de cómo cocinarla», señala el doctor en física y autor Andrés Gomberoff.
Como una invitación a descubrir que la física y la matemática son materias cautivantes y no un mal recuerdo escolar, Andrés Gomberoff nos presenta un libro en el que todo lector podrá compartir el placer y la pasión por la ciencia.

El Concepto de "Efecto Berenjena" en la Divulgación Científica
Paradojalmente, el placer y la pasión por la ciencia no son compartidos por muchos. Al contrario, es como si le temieran. Parecen percibir, en particular a la física y a la matemática, como un mal recuerdo escolar. Gomberoff no tiene la más mínima pista de por qué una actividad humana que le ha seducido con tanta fuerza desde su infancia resulta tan poco atractiva, tan intimidante, tan repulsiva para tantos. Intuye, sin embargo, que se trata de una reacción que nosotros mismos hemos generado por la forma que enseñamos ciencia y la comunicamos.
«Algo que podríamos llamar el efecto berenjena: a la mayoría no le gusta, pero no podemos culpar a la berenjena. Es claro que solo puede deberse a la ignorancia que existe de cómo cocinarla. O a la falta de costumbre, por la carencia a la que hemos sido sometidos en nuestra infancia.»
La sensación que provoca el escuchar «odio la física» debe ser muy similar a la de un chef que se esmera en la preparación de una ensalada de berenjenas asadas para sus invitados, y que al final descubre que quedó intacta sobre la mesa. El chef se siente frustrado, no entiende cómo una preparación que provoca tanto placer en él, puede ser despreciada de esa forma por el resto. El chef quiere hablar con la gente. Quiere rogarles que prueben de nuevo, sin prejuicios. Que no se priven de toda esta maravilla. Algo análogo ocurre con la ciencia. El placer del descubrimiento científico no debe estar restringido a los científicos, del mismo modo como la ensalada de berenjenas no debe limitarse al chef.
Andrés Gomberoff y "Física y Berenjenas": Un Acercamiento a la Ciencia
El físico chileno Andrés Gomberoff, siguiendo el camino de algunos de sus referentes, como Carl Sagan y Stephen Hawking, nos asombra con crónicas sencillas que explican desde la teoría de los universos paralelos hasta los misterios de la antimateria, logrando explicar de manera simple y amena los grandes fenómenos y misterios del universo a través de apasionantes relatos breves y anécdotas cotidianas.
El libro La belleza invisible del universo, publicado por Debate en 2017 y con 228 páginas, está basado en columnas para la revista Qué Pasa desde el año 2008, cuyos textos han sido actualizados, reeditados y en ocasiones expandidos. Se recomienda visitar el canal de YouTube del autor «Belleza Física» donde se disfrutan vídeos inspirados en las piezas que aparecen en Física y Berenjenas.
"Física y berenjenas", el libro que acerca la ciencia a las personas
La Esencia de la Divulgación Científica
«No sé muy bien qué me trajo a esto que llaman divulgación de la ciencia. Tampoco importa mucho. Los caminos que nos conducen a realizar lo que hacemos suelen ser poco interesantes. Siento, sin embargo, que hay algo enormemente importante en esta empresa.»
La divulgación científica no se trata, al menos en el sentido usual, de enseñar ciencia. Quizá por esto algunos investigadores lo consideran inútil, una pérdida de tiempo, un subproducto de segunda categoría. Tanto es así, que Carl Sagan, quizá el más célebre divulgador científico de fines del siglo XX, no fue aceptado jamás en la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, a pesar de que era además un connotado astrónomo que publicó cientos de artículos científicos durante su vida. Según el físico y divulgador Chad Orzel, Sagan habría sido acusado de sobresimplificar las ideas en sus escritos para poder llegar a todo público. A pesar de no conocer los detalles, la defensa de Sagan es absoluta, ya que probablemente muchos científicos de su generación nunca habrían llegado a la ciencia si no hubiese sido por la brillante serie Cosmos y la personalidad magnética de su conductor.
La divulgación no solo es importante para atraer a las nuevas generaciones de científicos, también es un modo de retribuir a la sociedad lo que ella misma ha pagado con sus impuestos. Una forma de hacerlo es responder algunas de las preguntas sobre el universo que naturalmente surgen en el público. Porque, aunque muchos lo olviden, esto no se trata solo de avances tecnológicos. La tecnología es un subproducto del corazón de la actividad: la sed de conocimiento, la curiosidad.
El físico norteamericano Richard Feynman tituló El placer de descubrir a un libro en el que reunió diversos textos y entrevistas. Él mismo había renunciado a la Academia de Ciencias que rechazó a Sagan, argumentando que no veía el punto de pertenecer a una organización que pasa la mayor parte de su tiempo decidiendo a quién deja entrar. «No sé nada, pero sé que todo es interesante si entras con suficiente profundidad», decía en el libro. Pocos científicos han plasmado mejor que él la pasión de la actividad científica. Él deja claro que el más importante motor de la ciencia es el placer de practicarla. Si los científicos están más motivados por la curiosidad, es raro que sea la tecnología la cara visible de la ciencia, como parecen decir la mayor parte de los medios de comunicación. De hecho, las secciones sobre ciencia incluyen, casi siempre, a la tecnología. La ciencia entonces suele quedar escondida en una caja negra desde donde emergen, como por arte de magia, teléfonos celulares, tratamientos para el cáncer y consolas de videojuegos. Hay mucha gente que siente la necesidad de que le expliquen el truco. Es nuestra responsabilidad como científicos hacerlo. Revelarles la belleza de aquello que nos motiva. Mostrar, en definitiva, lo que realmente hacemos.
Es por esto que la divulgación científica debe estar, principalmente, en manos de científicos. Es algo que ya se ha entendido bien en el mundo. Incluso en Chile, desde hace algunos años, la mayoría de los fondos públicos de financiamiento de la ciencia están exigiendo que una fracción de estos sea destinada a la divulgación. Y si, después de todo, el placer de la berenjena no es suficiente, podemos hablar también de su valor nutritivo. De que más que una caja negra, es un sombrero negro en un show de magia. Uno que, en efecto, ha producido más magia de la que cualquier hechicero hubiese podido soñar. Nos ha permitido volar, pararnos en la superficie lunar, conocer la edad del universo, comunicarnos a través del vacío a lo largo de distancias enormes. Un sombrero abierto cuyos trucos están a la vista para todos los que deseen observar. Magia basada en evidencias, en los más prolijos razonamientos, y no por eso menos sorprendente. Magia real. La magia de la naturaleza y de la experiencia que una mirada cuidadosa sobre ella nos puede dar. Una mirada que nos entrega herramientas poderosas no solo para la actividad científica. Como el deporte, debería ser practicada de una forma u otra por toda la sociedad y no solo por especialistas. Porque es incluso más sana que el deporte mismo; la ciencia es demasiado importante como para dejarla en manos de los científicos.
El Lector Activo y el Redescubrimiento de la Ciencia
Un ejemplo notable de cómo se experimenta el amor a la ciencia por primera vez, ocurre en las aulas universitarias al comenzar una carrera científica. Cuando nos exponen los grandes descubrimientos de los siglos precedentes, pronto nos damos cuenta de que el proceso mental de comprender estas viejas teorías requiere, necesariamente, una actitud creativa. No basta con escuchar, con memorizar las ideas y las técnicas. Debemos redescubrirlas. Es difícil explicar a quienes no han tenido una experiencia científica cómo ocurre esto. Uno lo ve en los estudiantes, cuando un brillo especial en sus miradas nos revela que sus mentes ya saborean el placer de descubrir.

En literatura se habla en ocasiones del lector activo. O sea, uno que interactúa con el texto. Que se pierde en él a través de túneles que lo llevan a sus propias reflexiones, a su propia historia, a ideas e historias nuevas gatilladas por lo que lee. Es el lector-macho del Cortázar de Rayuela. En la comprensión real de la ciencia solo cabe este tipo de lector. Es típico que en la lectura de un artículo científico tengamos que releer decenas de veces un párrafo, y que entre lectura y lectura hagamos nuestros propios cálculos en un cuaderno, hasta lograr «reproducir» el resultado. El científico está acostumbrado a la lectura activa, quizá más que ningún otro lector en el espectro intelectual humano.
Curiosamente, Julio Cortázar era un gran lector de ciencia. En una entrevista que dio a Sara Castro-Klaren, en 1976, afirmó: «A lo largo de mi vida, siempre que he podido acercarme a esos artículos de divulgación en donde problemas de física pura o alta matemática son presentados de manera que alguien como yo, que ignora la física y las matemáticas, puede, de todas maneras, tener una idea global y general de la cosa, los he leído siempre apasionadamente, porque su reflejo sobre la literatura me parece evidente y total... estoy contento de haber hecho ese turismo de la ciencia». El científico que aprende una nueva teoría, al igual que el lector-macho de Cortázar, no está conociendo, sino reconociendo. Algo similar debemos inducir en el público si pretendemos que experimente el sabor de la ciencia.
Ahora bien, es muy difícil llevar al público que no pretende una comprensión detallada de la ciencia, a experimentar esta sensación de descubrimiento. Podemos, sin embargo, intentar que redescubran pequeñas ideas, y contarles otras como en un cuento. El editor de Breve historia del tiempo de Stephen Hawking le decía que cada ecuación bajaría a la mitad el número de lectores. Yo creo que cada párrafo que requiere de más de una lectura tendrá igual desenlace. Allí reside entonces el gran desafío de la divulgación: inducir al lector a releer un párrafo mientras redescubre, al menos en parte, una idea científica. Acaso así logramos que el lector viva esa urgencia que despierta la curiosidad y el placer de encontrar la respuesta. Y podamos entregar ideas simples y profundas en un contexto interesante. Quizá llegue a comer, al menos en pequeñas dosis, un poco de berenjena.
Esto es radicalmente distinto de lo que hace normalmente el periodismo científico en los medios, en donde la ciencia es esa intimidante caja negra que se mira desde la sensualidad de un teléfono celular. Por otra parte, son pocos los periodistas que pueden transmitir ideas científicas, pues son pocos -aunque los hay- los que las comprenden. Es por esto que la divulgación científica debe estar, principalmente, en manos de científicos.
Estructura y Temas del Libro "Física y Berenjenas"
El libro se inicia con «El placer de la ciencia» [pp. 9-14]. A través de apasionantes relatos breves y anécdotas cotidianas, Gomberoff nos asombra con crónicas sencillas que explican desde la teoría de los universos paralelos hasta los misterios de la antimateria. Los temas abordados se organizan en los siguientes ejes:
Los Fundamentos: Calor, Energía y el Método Científico
- «¡A su salud, Mr. Joule!» [pp. 15-22]: Relata la historia de James Prescott Joule, quien, a través de meticulosos experimentos en su cervecería de Salford, demostró que el calor «no es más que una de las manifestaciones de esa moneda de cambio de la naturaleza que llamamos energía». Explora la evolución del concepto de calor, desde la idea del «fluido calórico» en el siglo XVIII hasta las contribuciones de Sadi Carnot para mejorar la eficiencia de los motores de vapor.
- «Crítica de la sinrazón pura» [pp. 23-26]: Aborda cómo «la ciencia consiste, en buena medida, en distinguir las buenas ideas de la charlatanería o la tontera». Las ideas deben ponerse a merced del escrutinio de la realidad, lo que algunos llaman método científico. Gomberoff enfatiza que «la ciencia no demuestra nada. La ciencia simplemente recolecta evidencias, y a partir de ellas construye teorías. El conocimiento científico nunca es "la verdad".»
El Universo en lo Cotidiano: De la Cocina a las Estrellas
- «El sabor del universo» [pp. 27-34]: Nos relata una curiosa cita amorosa donde «[en el] tártaro de atún… residía toda la historia del universo: catorce mil millones de años de evolución cósmica impresos en una entrada». Este capítulo, junto a «El aroma del vino», «Los insípidos del grupo», «Las estrellas y la alta cocina» y «¿Por qué los berros son verdes?», nos lleva a «Atún con hierro, ostras con zinc», destacando cómo «[la] supernova también aporta lo suyo al festín culinario. Crea, por ejemplo, el cobre y el zinc, tan abundantes en estas ostras de mi cena».

Las Maravillas de los Números y las Ondas
- «La alegría de los números primos» [pp. 35-40]: Se inicia con la gran verdad de que «los números son como las personas. Cada uno con sus características únicas, su personalidad, su sensualidad y sus secretos». Tras «La supremacía del 10» y otras «Alegrías de los números primos», se aborda «El robo más grande de la historia» (potencial, eso sí). «Olivia, la bomba y los dados de Dios» también forman parte de estas reflexiones.
- «Hay onda entre nosotros» [pp. 52-57]: Incluye «Buenas vibraciones», «Llamado de emergencia» y «Arriba del columpio», este último sobre la resonancia. «La radio es esencialmente un columpio hecho de circuitos eléctricos y también tiene una frecuencia natural.»
- «Maxwell Smart» [pp. 58-63]: Habla del papel de Maxwell «en la invención de la fotografía en color». «Un salto de años luz» nos lleva a «El campo» que dio lugar a «Un nuevo mundo». Einstein «creó el «campo gravitacional», en completa analogía con el campo electromagnético de Maxwell. Con ello, además, pudo predecir la existencia de las ondas gravitacionales.»
El Tiempo, el Orden y la Información
- «Todo lo que perdemos» [pp. 66-72]: Tras el breve «Prohibido tocar» [pp. 64-65], sobre el theremin, este capítulo nos habla de la flecha termodinámica del tiempo. «Sin vuelta atrás» llegó «El conciliador» y se puso a «Ordenar y desordenar».
- «La ciencia de los ascensores (y de todo lo demás)» [pp. 73-77]: Tras «Sube y baja», presenta «La guerra contra el pensamiento mágico». En «Opiniones educadas» el autor nos dice que «el método científico no solo nos ayuda a ser científicos. Nos ayuda también a manejar mejor ese ascensor que el señor ahora insulta con gruesos adjetivos. Nos ayuda a eliminar prejuicios a través de la experiencia y la observación. Nos muestra un camino para construir no solo teorías científicas, sino opiniones educadas para la vida diaria.»
- «La luz del ADN» [pp. 78-85]: Es la excusa para hablar del «El color del CD». Gracias a «Los Bragg», la labor de «Watson y Crick y Wilkins (y Franklin)» nos conectó «La genética y la música». «Porque la información genética también es digital, y allí reside el secreto de su notable estabilidad y precisión para reproducirse copiosamente», nos recuerda el autor en «¿Y la herencia?»
Ciencia y Sociedad: Fraudes, Costos y Aplicaciones
- «Chocolate y calentamiento global»
- «Inmunes a la ciencia» [pp. 92-97]: Nos habla de «la campaña que asocia autismo con vacunación, [un] artículo considerado un clásico del fraude científico». Se advierte que «mucha gente piensa que los artículos científicos publicados en revistas especializadas, con comité editorial y revisión por pares, debiesen ser correctos. Error. Una gran proporción anuncia descubrimientos que no lo son.»
- «¿Cuánto vale el show?» [pp. 108-113]: Discute el coste de los grandes colisionadores de partículas, como el LHC, y recuerda que «Lo mejor está por venir», porque «¿Cuánto vale un tango?». «El problema de darle valor cultural a la ciencia es difícil [y] no habrá una respuesta única y precisa. [La] ciencia la hacemos simplemente porque nos gusta hacerla. [El] valor de la cultura es enorme, pero la cultura [se] hace por placer, por amor, por ego, por llegar antes que otro a un territorio inexplorado, por curiosidad, por azar o por simple obsesión.»

Los Misterios del Cosmos y la Cuántica
- «Están lloviendo rayos» [pp. 102-107]: Tras «Física de una sopa» [pp. 98-101], este capítulo nos habla de rayos cósmicos. «El alma del rayo» permite estimar «La edad de las cosas» (como «nuestra data de muerte») y resolver «Preguntas cósmicas».
- «Agujeros negros y vientos de guerra» [pp. 130-137]: El autor, como físico teórico especializado en gravedad cuántica, nos habla de «La gravedad», «Estrellas oscuras», «Einstein en lo correcto», «Horizonte de eventos», «Agujeros negros en el cielo» y «Una luz que nunca se apaga». En la misma línea se encuentra «El eclipse que iluminó todo». Otros capítulos relacionados son «El universo en la punta de un alfiler» [pp. 114-116], «El videojuego y esos benditos accidentes» [pp. 117-119], «Sobre tu cielo azulado (y tus ojos)» [pp. 120-125], y «El mejor de los tiempos» [pp. 126-129].
- «Zona iluminada» [pp. 141-145]: Bajo el epígrafe «Agujeros no tan negros», además de los «Pequeños y primordiales», nos habla del nacimiento del Wi-Fi en «Fourier y una infructuosa búsqueda».
- «Un mundo superconducido» [pp. 174-180]: Explica que «el elemento fundamental que la mecánica cuántica otorga al modelo BCS es el llamado «gap de energía». Los electrones se organizan de modo que no pueden intercambiar una cantidad arbitrariamente pequeña de energía con la red de núcleos. En un comportamiento típico de la teoría cuántica, el intercambio, cual apuesta en un casino, tiene un monto mínimo: el gap.»
Ciencia en el Día a Día y la Cultura Pop
- «Cuestión de química» [pp. 147-151]: Con un rotundo «I lab you», aparecen los Curie «En busca del radio» y comprendemos por qué «La vida me mata».
- «Orgánico y natural: mito e ingenuidad» [pp. 152-155]: Deja claro su contenido escéptico: «Infórmese, mal no le va a hacer».
- «Se ruega no innovar» [pp. 156-158] y «Perdimos como en la guerra»: Chile se convierte en protagonista, con cierto toque de ironía.
- «Los sonidos de la caverna» [pp. 168-173]: Explora la física del «Baño sonoro» en la ducha, «En clave acústica», gracias a la reverberación, hasta la invención de los parlantes (altavoces) de la marca Bose en «Quiero hablar con Bose».
- Temas variados y actuales: «Google» [pp. 181-186], sobre el algoritmo PageRank, «Las matemáticas de la democracia» [pp. 187-192], sobre el teorema de Arrow, «Darwin radiactivo» [pp. 193-195] y «La ciencia del pitazo» [pp. 196-198], muy futbolera, nos llevan a «Einstein y el GPS» [pp. 199-202] y a «Marconi, una estrella de la radio» [pp. 203-205].
- «La física del divorcio» [pp. 206-211]: El autor habla de uno de sus artículos que conecta la física de los vidrios de espín con la matemática de un problema social.
- «Estrellas de cine» [pp. 218-222]: Tras «Micro revolución» [pp. 212-217], esta pieza final trata sobre la película Interstellar (2014) y Kip Thorne. El autor afirma: «No conozco nave espacial más poderosa que el cerebro humano». Y añade: «la ciencia ficción no tiene que explicarse. No es ciencia. Es una fantasía basada en ciertas realidades científicas». Aún así, los divulgadores nos encanta explicarla.
Estilo y Lenguaje del Autor
El libro está escrito en español de Chile y a veces usa términos que suenan chocantes al español de España. Además de «chanta» (algo así como magufo), se encuentran «computador análogo» (por analógico), «sistema eleccionario» (por electoral), «situaciones paradojales» (por paradójicas), «conceptos valóricos» (por valiosos), y un largo etcétera. Como las piezas se publicaron en una revista chilena, este uso del lenguaje es comprensible.
El estilo de Andrés Gomberoff es ágil, disfrutón, a veces pícaro, y siempre muy agudo. Se nota que ha leído mucha literatura, lo que contribuye a una prosa que se disfruta aprendiendo. El libro finaliza con unos agradecimientos [p. 223] y un índice onomástico [pp. 225-228].
La Berenjena: Más Allá de la Metáfora
El nombre científico de la berenjena es Solanum melongena. El vocablo persa bātingān pasó al árabe clásico como bāḏinǧānah, que a su vez arribó al árabe hispánico como baḏinǧána. Tras este recorrido etimológico, el concepto llegó a nuestro idioma como berenjena.
Se llama berenjena a una planta que forma parte del grupo familiar de las solanáceas. Al pertenecer a este conjunto, la berenjena es una angiosperma dicotiledónea que presenta hojas simples, flores cuya corola tiene forma de campana y una baya con múltiples semillas. Que sea angiosperma revela que la berenjena es una fanerógama: sus órganos reproductivos se encuentran a la vista como flores, en las cuales tiene lugar la fecundación. Las angiospermas son específicamente fanerógamas con carpelos que desarrollan un ovario con los óvulos en su interior. En cuanto a la calificación de dicotiledónea, alude a que su embrión cuenta con dos cotiledones (primeras hojas).

La berenjena es una planta ramosa que puede alcanzar una altura de unos sesenta centímetros. Sus hojas tienen un gran tamaño y exhiben aguijones, mientras que sus flores se destacan por la tonalidad morada. El fruto de esta planta, también llamado berenjena, es una baya carnosa que dispone de una pulpa que rodea a las semillas. Es habitual que la piel de la berenjena se luzca por su brillo y, de acuerdo a la variedad, puede exhibir diferentes colores, desde negro hasta morado pasando por verde, blanco y rojo.
El agua es el componente principal de la berenjena. Es importante mencionar que tiene ciertas sustancias alergénicas, como aminas e histaminas. Debido a la presencia de solasonina, la berenjena no debe ingerirse cruda. Es posible saltear, fritar, asar o hervir la berenjena. Entre los modos populares de comer berenjena aparecen las berenjenas en escabeche (conservándolas, tras la cocción, en una mezcla de aceite, vinagre y condimentos) y las milanesas de berenjena (empanándola).
En cuanto a recetas famosas que incluyen berenjena, podemos nombrar a la caponata (un plato siciliano que también lleva tomate y apio), la escalivada (una preparación mediterránea que combina distintas verduras asadas), la musaca (tradicional en Grecia y Medio Oriente, mezcla capas de berenjena y de carne) y el baba ganoush (un puré que se come con pan de pita).