La Edad Media fue un periodo de profundas transformaciones y desafíos, donde la vida cotidiana, las estructuras sociales y las creencias populares se entrelazaban con la realidad de los señores feudales y el pueblo llano. En regiones como Vizcaya, este contexto dio origen a historias y leyendas que, a menudo, reflejaban la dureza de la época y los abusos de poder.

La Época Feudal en Vizcaya: Contexto Histórico
Los primeros siglos de la Reconquista reciben el nombre de Época Feudal, marcada por una compleja interacción de poderes y lealtades. La presión impuesta por el Rey de Castilla Alfonso IX y figuras como Diego López de Haro II son fundamentales para entender el panorama de la región. Vizcaya en 1200, después de haber estado 132 años ocupado, era un territorio en constante evolución. La historia de esta región se caracteriza por conflictos como la Guerra Civil entre castellanos y vizcaínos, hasta que las tropas castellanas se retiraron. A pesar de la abolición de los Fueros Generales de Vizcaya, se consiguió que cada una de las merindades conservara su identidad, leyes y cortes. Se establecieron puntos comerciales importantes, como un consulado en Brujas, Bélgica, y otros en Castilla, uno en Valmaseda y otro en la Ciudad de Orduña.
La sociedad feudal también se definía por el estatus de sus guerreros. La formación de un caballero implicaba una solemne ceremonia en la cual el mozo era armado Caballero. El niño era literalmente arrebatado de sus faldas para instruirle en el Valor y la Rectitud, así como en el manejo de las armas. Antes de la guerra, un futuro caballero debía ayunar y pasar la noche rezando y velando las armas, elementos clave para las insignias de la Profesión, bajo la protección de San Miguel y San Jorge. Los escudos de armas pasaban de un linaje a otro, y los varones los heredaban, aunque con el tiempo, comenzaron a ostentar sus propios escudos de armas, que reflejaban sus ideologías. El blasón, o escudo, llegó a ser perseguido y casi erradicado si contradecía ciertos intereses.

La Dura Realidad del Pueblo Llano
La vida para el pueblo llano en la Vizcaya medieval era de constante lucha y precariedad. La sequía seguía azotando y castigando a Vizcaya, y a menudo hacía un frío que pelaba. La gente apenas podía hacer dos comidas al día y las casas hasta la iglesia estaban congeladas. Las riadas dejaban multitud de troncos por las orillas del río Nervión, lo que suponía un desafío constante. La falta de recursos obligaba a la población a vivir al día, luchando por llegar a final de mes, incluso en fechas señaladas como Navidades en Baracaldo.
Las supersticiones también formaban parte de la vida cotidiana; en el 1322, se creía que vivían brujas y lamias en la región. Las enfermedades eran una plaga constante que diezmaba la población. Las ratas que atrapaban las pulgas les infectaban la enfermedad, lo que mermaba a mucha gente e impedía trabajar los campos y granjas. Había pulgas por doquier, y se creía que un (pus) pestilente multiplicaría rápidamente las ratas y otras alimañas. La gente débil y con problemas respiratorios sufría especialmente. En épocas de gran mortalidad, la población de algunas zonas podía reducirse drásticamente, llegando a apenas unas ciento veinte almas. La situación era tan crítica que se organizaban caravanas que cruzaban las Encartaciones con el fin de raptar mujeres para repoblar las zonas diezmadas.
La justicia y el orden eran a menudo arbitrarios. Los cuatreros eran una preocupación constante, y un poco de sal y tocino eran muy buenos, lo que resalta la escasez de alimentos. Los conflictos entre vecinos podían escalar rápidamente, como la disputa donde un perro atacó ovejas, generando una violenta confrontación. La gente buscada por la justicia solía ser del pueblo llano. La corrupción estaba presente, pues si el Corregidor era amigo de alguien poderoso como Joaquín Narbona, este último podía salirse de rositas en muchas ocasiones. La venganza personal era una realidad, con individuos urdiendo planes para matar a quienes consideraban culpables de injusticias, incluso matándolos con sus propias manos y dejando el cuerpo tendido en la campa, creyendo haber "hecho justicia". La influencia de la Iglesia también cambiaba las costumbres, como la prohibición de ciertas prácticas funerarias que se habían hecho toda la vida.

Señores y Caballeros: Lope García de Salazar y Tricio
En este panorama, la figura del señor feudal y sus caballeros era central. Lope García de Salazar, señor de la Torre de Salazar, y su inseparable caballero Tricio Egia de Sestao son ejemplos de estos hombres que marcaban el destino de la región. Lope era un banderizo en la Casa-Torre de San Martín de Muñatones, implicado en las guerras fratricidas entre hermanos de la tierra, como las luchas entre el Bando Oñacino y el Bando Gamboíno. En el fragor de la batalla, las tropas del Señor de Muñatones acamparon en Iragorri, y después, comentaban el botín de guerra y su participación, incluso con gestos de brutalidad como amenazar con dar el corazón del enemigo a los cerdos. Los guerreros eran hombres a quienes les encantaba guerrear y cabalgar de un lugar a otro, y la inactividad les quemaba y les hacía más agresivos. Muchos de sus vasallos se casaban con la Gente Llana.
La vida de Tricio, caballero al servicio de Lope, ilustra la complejidad de esta época. Batallaba constantemente con su señor, enfrentándose a almorávides y forajidos. Su corazón estaba dividido, con dos hermanos guerreando como bandidos, y se preguntaba cómo respondería cuando se topara con ellos. Las campañas militares eran duras, con batallas que duraban varias horas y días, en las que el dolor era constante y las enfermedades oculares existentes se propagaban por la población, siendo muy contagiosas. Se producían muertes atroces por diarrea, vómitos, desnutrición o gangrena. Los soldados vascos, acostumbrados a su tierra, veían cómo el paisaje cambiaba drásticamente en las zonas arrasadas por los moros. Ante la destrucción, donde lo que no podían llevarse lo quemaban y muchas mujeres eran raptadas, se fomentaban los matrimonios con las mozas locales para repoblar.
Tricio participó en la Reconquista, luchando contra los almorávides en lugares como Despeñaperros en Sierra Morena, Jaén. En la batalla, Lope y Tricio destacaban por su envergadura y la de sus caballos, más grandes y potentes que los andaluces y árabes. Tras una rotunda victoria para las tropas cristianas, regresaban a Baracaldo y las marismas de la vega de Sestao, donde el pueblo celebraba la noticia con júbilo. Sin embargo, el deber del caballero también implicaba dejar a la familia, pues Josefa imploró a Tricio que no fuera a la frontera donde había conflictos con el Reino de Granada, pero los Caballeros debían pasar aquello solas, a pesar de las prebendas.
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Leyendas y Malas Interpretaciones: El Caso del Derecho de Pernada
Dentro de este contexto de poder señorial y vida campesina, surgen numerosas leyendas y malentendidos históricos. Una de las prerrogativas señoriales más famosas, y a la vez más debatidas, es la conocida como «derecho de pernada», que se situó históricamente en la Edad Media. Siempre se ha dado por hecho que este tipo de abusos se han practicado a lo largo de la historia, constituyendo una de las más oscuras leyendas feudales. Sin embargo, los historiadores del siglo XIX ya dudaron de su veracidad.
Por el contrario, se ha demostrado en anteriores ocasiones cómo los papeles presentados para evidenciar este derecho, hacían referencia en realidad a transacciones de tipo impositivo. Una de esas exigencias pasaba por realizar un pago al señor para que este permitiera al campesino casarse. Aunque podría parecer una denuncia explícita de los abusos de poder, algunos documentos, como uno escrito por monjes de una abadía, se concibieron a modo de sátira, y se terminarían usando como herramienta política. Estas leyes hacían referencia a otras situaciones, como un castigo impuesto a quien ofendiera al novio o a la novia el día de su boda.
A pesar de esta revisión histórica, existe una prueba más firme, encontrada en la España medieval, que podría evidenciar la legitimidad del derecho de pernada. La encontramos en la Sentencia arbitral de Guadalupe, en 1486. En apariencia, este texto demuestra la existencia de esta práctica. No obstante, el estudio de la sexualidad y la sociedad en la Edad Media, como señalan autores como Daniel Millet y Ana E. Ortega Baún, revela una complejidad que va más allá de las interpretaciones simplistas, situando estas leyendas en el terreno de las dinámicas de poder y las construcciones sociales.
