Sub-sole: Un Legado de Cuentos de Baldomero Lillo

La excepcional acogida de Sub-terra, publicada en 1904, abrió un camino de grandes logros para Baldomero Lillo, permitiéndole alcanzar las aspiraciones más altas para un escritor novel de su tiempo. Se le extendió una invitación para leer en la tribuna del Ateneo, donde presentó su cuento "Sub-sole", y comenzó a colaborar activamente con El Mercurio, un diario en circulación desde 1900. En paralelo a su trabajo en las columnas del periódico, el cuentista se dedicó a su nueva obra: Sub-sole, que vio la luz en 1907. Esta colección de cuentos es la segunda obra importante del destacado cuentista chileno Baldomero Lillo.

El Cuento "Sub-sole": Un Rayo de Luz y la Soberbia Humana

El cuento "Sub-sole" narra la historia de un rayo de sol que cae accidentalmente a la Tierra y se convierte en objeto de una persecución implacable por parte de la humanidad. Solo aquellos que han desterrado de su corazón todo sentimiento de bondad pueden obtenerlo; quien conserve un ápice de compasión se transforma en polvo dorado al tocarlo. Todos los que intentan tocar el rayo encuentran la muerte. Finalmente, el rayo logra regresar al sol gracias a la ayuda de un águila. Siglos más tarde, la misma águila atestigua cómo el Amor huye del mundo, y juntos observan que los humanos se dedican ahora a extraer de la tierra el polvo dorado formado por los cuerpos de quienes persiguieron el rayo.

Ilustración de un rayo de sol cayendo a la Tierra y figuras humanas en su persecución

La Leyenda del Rey Poderoso y su Caída

En el relato principal del cuento, "Sub-sole", se presenta la figura de un rey tan poderoso que llegó a enseñorearse de toda la tierra, convirtiéndose en el señor del mundo. Desde la altura de su trono de marfil y oro, la humanidad le parecía tan mezquina que exigió ser adorado como un dios, y sus caprichos fueron estatuidos como la única y suprema ley.

El Sueño Enigmático y su Interpretación

Una noche, mientras el rey descansaba en su cámara, tuvo un enigmático sueño que parecía de oro, poblado de rarísimas algas e imperceptibles átomos vivientes. Al despertar sobresaltado, mandó llamar a astrólogos y nigromantes para que le explicaran el extraño sueño. Ninguna de las interpretaciones satisfacía al monarca hasta que, llegado el turno al más joven de ellos, este se adelantó y proclamó: "¡Oh, divino y poderoso príncipe! La solución de tu sueño es ésta: El pez de oro es el sol que desparrama sus dones indistintamente entre todos los seres. Los peces rojos son los reyes y los grandes de la tierra. Los otros son la multitud de los hombres, los esclavos y los siervos. La voz que hirió vuestros oídos es la voz de la soberbia." Cuando el mago calló, de las pupilas del rey brotó un resplandor sombrío.

La Ira del Soberano y su Venganza

Con un ademán terrible, el rey se echó sobre los hombros el manto de púrpura, y llevando pintada en el rostro la demencia de la ira, subió a una de las torres de su maravilloso alcázar. La escena de primavera, con sus bosques y hondonadas, valles cubiertos de flores y arroyos serpenteando en los claros y espesuras, formaba un conjunto de incomparable belleza. Mas el monarca nada vio: ningún matiz, ninguna línea, ningún detalle atrajo la atención de sus ojos de milano, clavados como dos ardientes llamas en el glorioso disco del sol. De súbito, un águila surgió del valle y flotó en los aires, bañándose en la luz. El rey miró el ave y, enseguida, su mirada descendió a la campiña, donde un grupo de esclavos recibían inmóviles como ídolos, el beso del fúlgido luminar. Apartó los ojos, y por todas partes vio esparcirse en torrentes inagotables aquel resplandor.

Ilustración de un rey en la torre de un castillo, observando el sol o un águila

Durante un momento el rey permaneció inmóvil contemplando al astro y, por primera vez, vislumbró, ante tal magnificencia, la mezquindad de su gloria y lo efímero de su poder. Una ola de infinito orgullo se apoderó de él. Oro, marfil y piedras preciosas acudieron en tropel a su memoria con un brillo tal de poderío y grandeza que cerró los ojos deslumbrado. El delirio del orgullo lo poseyó. El vértigo se apoderó de él, su pecho se hinchó, sus sienes latieron, y de sus ojos brotaron rayos tan intensos como los del astro hacia el que alargó la diestra, queriendo asirlo y detenerlo en su carrera triunfal. Después de una breve entrevista con el capitán de su guardia, el rey se dirigió a la sala del trono, donde ya lo aguardaban de rodillas y con las frentes inclinadas todos los magnates y grandes de su imperio. Los favoritos, los dignatarios y los más nobles señores se miraron los unos a los otros con recelosa desconfianza, pues era una magnífica oportunidad para deshacerse de un rival.

Un enano le habló al rey sobre el corazón más vil, mostrando a los favoritos, y prosiguió: "¡Ved ahí a esos que sacó de la nada tu omnipotencia! En sus corazones de cieno anidan todas las vilezas. La ingratitud y la envidia están tras la máscara hipócrita de sus bajas adulaciones. En el fondo te odian." También afirmó: "¡Ved ahí al más fanático y a los más ignorantes de tus súbditos! El corazón más egoísta alienta dentro de tu pecho, ¡oh! rey. No conozco otro que le iguale en dureza y en crueldad, salvo el del príncipe, tu primogénito." Calló un instante y luego con voz ronca profirió: "Solo me falta mostrarte donde se halla el último. Ese, es el mío", y, golpeándose el pecho con fuerza, exclamó: "¡Aquí está!, ¡oh príncipe! Con odio y hiel fue fabricado. Si pudiera desbordarse, os ahogaría a todos con el acíbar y ponzoña de sus rencores. Anídanse en él más cóleras que las que desataron, desatan y fulminarán los cielos y los abismos del mar."

La voz sibilante del enano aún vibraba en el vasto recinto, cuando el rey hizo una imperceptible señal. Al instante se apartaron los amplios tapices y dieron paso a una falange de guerreros que se precipitaron sobre los aterrados favoritos, dignatarios y magnates, pasándolos a cuchillo en un abrir y cerrar de ojos. El joven príncipe, al ver aquella carnicería, de un salto se puso junto a su padre, mas el monarca, alzando el pesado cetro de oro, lo descargó sobre la desnuda y juvenil cabeza con la celeridad del relámpago.

La Malla Mágica y la Captura del Sol

Pasados dos días, el rey se encontraba en su cámara, más hosco y torvo que nunca, cuando de improviso vio en forma de una serpiente de fuego la temerosa aparición de Raa, quien le dijo: "Aquí tienes lo convenido. Esta malla, tejida con las fibras de los corazones cuya esencia era el egoísmo y el odio, el fanatismo y la ignorancia, es impenetrable a la luz, sin que pueda atravesarla jamás. Aunque su volumen es tan pequeño que puede ocultarse en el hueco de la mano, sus pliegues, distendidos, cubrirían toda la tierra. Y esperarás que el sol, al salir de su morada nocturna, roce la cresta más alta para lanzarle la red mágica, cuyos pliegues lo envolverán aprisionándolo como dentro de una coraza de diamante."

Salió ocultamente de su palacio por un postigo que daba al campo, sin más compañía que un cayado de pastor y la malla maravillosa. Tres días con sus noches, el rey marchó hacia el oriente. La senda por donde caminaba subía bordeando desfiladeros y barrancas insondables. El flanco de la negra montaña era cada vez más empinado y más áspero. Pero ni el cansancio ni el frío, ni la sed ni el hambre le molestaban en lo más mínimo. El orgullo y la soberbia avivaban en él sus hogueras y devoraban toda sensación de malestar físico. Tres veces vio pasar el sol por encima de su cabeza, mientras lo asaeteaba con sus rayos y fundía las nieves para desatar torrentes a su paso. El rey desafió al sol: "¡Oh, tú, ascua errante, fuego fatuo, que un soplo de Raa enciende y apaga cada día, en breve te arrancaré las insolentes alas!"

En la cúpula sombría centellearon calladamente los astros. La noche tocó a su término y un vago resplandor brotó del abismo sin fondo. Poco a poco palidecieron las estrellas, y un tenuísimo matiz de rosa se esparció en el oscuro azul del cielo. De pronto, un haz de rayos deslumbradores cegó los ojos del monarca. De la negrura sin límites, abierta bajo sus pies, una esfera de oro en fusión surgió rauda hacia el espacio. A través de sus cerrados párpados, entrevió la fulgurante aureola y lanzó por encima de ella la malla maravillosa. Como una antorcha que se hunde en el agua, de súbito se apagó el resplandor.

Representación de una malla mágica atrapando una esfera brillante del sol

La Oscuridad Eterna y el Corazón de Hielo

Después de atravesar las salas sumidas en las tinieblas, el rey se detuvo en la más alta torre de su palacio. El palacio parecía haber sido el teatro de alguna tremenda lucha, porque todo él estaba sembrado de cadáveres. Los había en todas partes: en los jardines, en las habitaciones, en las escaleras y en los sótanos. Mas, la pavorosa ausencia del sol había bruscamente interrumpido la matanza. Dentro de la alta torre el tiempo transcurrió para el monarca insensiblemente. Una deliciosa languidez lo invadió. En el interior de la regia cámara, suspendido como una maravillosa lámpara, estaba el celeste prisionero. Por una rendija imperceptible de su cárcel brotaba un intensísimo rayo de luz. El cielo estaba negro como la tinta, y cual enlutado túmulo, lucían en él como lágrimas los astros. Apoyado en la ventana, había asistido mudo e impasible a la lenta agonía de todos los seres.

De pronto, el rey se estremeció. Había sentido un malestar extraño, como si le hubiesen atravesado el corazón con una aguja de hielo, hasta hacérsele intolerable. Una voz le inquirió: "¿De qué te quejas? Al suprimir la vida no has dejado al sentimiento que te posee y es el móvil único de tus acciones otro refugio que tu corazón. Para expulsarle sería menester que vibrase en las muertas fibras un átomo de piedad o amor." Apenas el genio lo hubo dejado, la desesperación se apoderó del monarca. Mas, de súbito, rasgó sus vestiduras y expuso el pecho desnudo al rutilante rayo de luz. Pero ni el más ligero alivio vino a confirmar su esperanza. Entonces clavó sus uñas en las carnes y se abrió el pecho, dejando al descubierto su frígido corazón, al contacto del cual el haz luminoso se debilitó y decreció con asombrosa rapidez. Dijérase un caño de oro líquido cayendo en un tonel sin fondo, que desmaya y se adelgaza hasta convertirse en un hilo, en una hebra finísima. A pesar de que el sol había cambiado de cárcel y lo llevaba ahora en su corazón, le parecía que toda la nieve de las montañas se hubiese trasladado allí.

La Redención y el Retorno de la Luz

El rey subió entonces a la ventana y se precipitó al vacío, en el cual, como si alas invisibles le sostuviesen, descendió blandamente hasta que tocó con sus pies la tierra. Cuando las ciudades se convirtieron en montones de escombros humeantes y las selvas en montones de ceniza, cuando todo combustible se hubo agotado, los hombres cesaron de disputarse un sitio en torno de las hogueras moribundas y se resignaron a morir. En la oscuridad que los rodeaba, se buscaron los unos a los otros, marchando a tientas con los brazos extendidos, huyendo del silencio y de la soledad del planeta muerto. Y, cuando sus manos tropezaban en las tinieblas, se asieron para no soltarse más. Aquel contacto produjo en sus yertos organismos una reacción inesperada: la sangre se deshelaba, el corazón volvía a latir, y un sentimiento de amor y compañerismo comenzó a multiplicar su potencia.

Historias desde las profundidades de la tierra - 📘 Subterra – Baldomero Lillo

Y esa cadena viviente, aumentada sin cesar por eslabones innumerables, se extendía a través de los campos, por sobre las montañas, los ríos y los mares helados. De pronto, el monarca sintió que el piso faltaba bajo sus pies. Agitó los brazos buscando un punto de apoyo, y dos manos estrecharon las suyas, sosteniéndolo amorosamente. Había tanta ternura en su sencillo ademán, que un sentimiento desconocido hizo que devolviera aquella presión. Sintió, entonces, que penetraba en él un fluido misterioso, ante el cual el hielo de sus entrañas empezó a fundirse como la escarcha al beso del sol, desbordándose súbitamente de su corazón, cual si se volcase el recipiente de un mar, el raudal flamígero cuyo curso marcan en el infinito los ortos y los ocasos. Y por la cadena inmensa, a través de las manos entrelazadas, pasó un estremecimiento, una cálida vibración que abrazó todos los pechos, anegando las almas en un océano de luz. En un torbellino deslumbrador, la negra noche se disipó y el sol apareció nuevamente sobre sus cabezas.

"La Mariscadora": Historia de Amor y Desengaño

El cuento "La Mariscadora" narra la emotiva historia de un joven llamado Sebastián, quien se adentra en el mar para rememorar su dolorosa relación con Magdalena, el amor de su vida. Ambos personajes vivían en la pobreza hasta que una herencia inesperada para la madre de Magdalena alteró drásticamente sus vidas. Los padres de la joven, ahora con nuevas aspiraciones, deseaban un "buen partido" para su hija y la comprometieron con un marinero que planeaba invertir su capital en un negocio con su futuro suegro.

Foto de una mariscadora en una caleta chilena al amanecer

En una hermosa y fría mañana de julio, con el sol inclinado al septentrión, Sebastián remaba en su barca. El bote se deslizaba lentamente, impulsado por el rítmico vaivén del remo, doblando el pequeño promontorio que separaba la minúscula caleta de la Ensenada de los Pescadores. Una tibieza sutil acariciaba oblicuamente las aguas, empañándolas con un vaho de tenue neblina. En la playa de la ensenada, las chalupas pescadoras descansaban en su lecho de arena, mostrando la graciosa y curva línea de sus proas. Más allá, al abrigo de los vientos reinantes, se alzaba el caserío.

Sebastián clavó con avidez los ojos sobre una pequeña eminencia donde se alzaba una rústica casita cuya techumbre de zinc y muros de ladrillos rojos delataban cierto bienestar de sus poseedores. En la puerta de la habitación apareció una blanca y esbelta figura de mujer. El pescador la contempló un instante con el ceño fruncido y la mirada hosca, y de pronto, con un brusco movimiento del remo, torció el rumbo y navegó en línea recta hacia el sur, dejando atrás la costa. Entregado a la corriente, el bote derivaba a lo largo de la costa erizada de arrecifes. Sebastián, recogido en sí mismo, fijaba en aquellos parajes, tan familiares para él, una mirada de intensa melancolía. De repente, la vieja historia de sus amores surgió en su espíritu vívida y palpitante, como si datara solo de ayer.

Su historia de amor con Magdalena comenzó cuando ella era una chicuela débil y de aspecto enfermizo, pero con una flexibilidad de mástil. El contacto diario de las tareas comunes había transformado aquel afecto fraternal en un amor apasionado y ardiente. Como hijos de pobres pescadores, su mutuo cariño no encontró obstáculos en la diferencia de fortunas. Fue así, sin oposición, el novio oficial de Magdalena, quien se había transformado completamente; ninguna sombra quedaba en ella de la jovencilla esmirriada que necesitaba protección de las bromas de sus compañeros. Con su rostro y sus grandes ojos oscuros, era la joya de la caleta.

Fue entonces cuando una herencia inesperada, recaída en la madre de su novia, modificó en parte este estado de cosas. Sebastián experimentó una corazonada de mal agüero al recibir la noticia, presagio que los hechos confirmaron pronto. El ajuar de Magdalena se transformó completamente: los burdos zuecos fueron reemplazados por botinas de charol, y los trajes de percal cedieron el campo a las costosas telas de lana. Este cambio se debió en gran parte a la vanidad materna, que quería a toda costa hacer de la zafia pescadorcilla una señorita de pueblo. De aquí partieron los primeros tropiezos para el proyectado matrimonio.

El bote, arrastrado por la corriente, presentaba la proa a la costa, y Sebastián vio de improviso en la azul lejanía destacarse los masteleros de los buques anclados en el puerto. Aquel panorama cortó el hilo de sus recuerdos, reanudándose enseguida la historia en la época en que apareció "el otro" en la Ensenada de los Pescadores. Se decía marinero licenciado de un buque de guerra, y se mostraba muy orgulloso de sus aventuras y de sus viajes. Con su fiero aspecto de perdonavidas, se impuso por el temor en aquellas pacíficas y sencillas gentes. Un suspiro se escapó del pecho del pescador. La escena del pugilato se le aparecía envuelta en una espesa bruma; todo había sido cosa de un momento. Sebastián alzó la cabeza. De la ribera ascendía una ligera niebla que iba prendiéndose...

En un giro oscuro de su viaje, Sebastián encontró a un náufrago que se mantenía a flote gracias a su salvavidas. Al ir en su rescate, se dio cuenta de que el náufrago tenía una bolsita con monedas de oro. Sebastián, cegado por la desesperación o la ambición, sacó la bolsa, desinfló el salvavidas y el joven se hundió. Sin embargo, no se percató de que la bolsa estaba amarrada con un cordón y él también se hundió brevemente. Perturbado por lo ocurrido, regresó al pueblo y se entregó a una vida desordenada, embarcándose sin rumbo en la noche, ebrio.

"Inamible": Sátira sobre el Lenguaje y el Poder

El cuento "Inamible" narra la historia de Ruperto Tapia, alias El Guarén, un guardián de la policía local de gran prestigio, considerado un "pozo de ciencia". Su característica más notoria era su habilidad para inventar palabras y dotarlas de significados peculiares, dejando perpleja a la gente. Un día, El Guarén fue asignado a hacer guardia en un sector con un tránsito casi nulo, situación que le desagradaba al no poder sorprender ninguna infracción.

Caricatura de un policía con uniforme antiguo, con un aire pedante

En ese escenario, una muchacha corría por la calle, perseguida por Martín el carretonero, quien llevaba una culebra muerta que había encontrado en un corral. El Guarén lo detuvo, acusándolo de llevar "animales inamibles en la vía pública". En el cuartel, el oficial lo recibió de mal humor. El inspector, al preguntarle por qué lo arrestaba, no comprendió el significado del vocablo "inamible". Cuando estaba a punto de preguntarle, se arrepintió, recordando que El Guarén lo había corregido en el pasado y no quería aparecer como un ignorante ante su subalterno. Pensó que, como Martín trabajaba con caballos, estos debieron ir en malas condiciones y, por esa razón, lo pasó al calabozo.

Otros Cuentos Destacados de la Colección Sub-sole

"La Princesa y las Flores"

Este cuento narra la historia de una princesa que organizó una fiesta en el pueblo, donde un adorno de flores, esparcido por todas partes, llamó la atención de todos, siendo considerado una "idea espectacular" por los invitados. Antes de dormir, la princesa pidió que esparcieran algunos pétalos de las flores en su habitación. Esa noche, tuvo un sueño en el que caminaba por el bosque y un soplo de su boca arrebató las flores de los árboles, las cuales luego le impidieron el paso y la asfixiaron con las ramas. Después de este evento, llegó al purgatorio, donde asistió al juicio de ladrones que fueron al infierno, lo que la llevó a pensar en la gran diferencia entre ella y un ladrón.

"El Cenizo y el Clavel"

Este relato se centra en la historia de dos gallos de pelea, conocidos como el Cenizo y el Clavel. Un día, los espolones del Clavel fueron afilados para que se enfrentara en combate con el Cenizo.

"La Mano Pegada" (Una Nueva Versión)

Este cuento representa una nueva versión de "La mano pegada", que había sido publicado originalmente en la colección Sub-terra en 1904. La historia trata de un vagabundo que cuenta su maldición a unos campesinos reunidos en una ramada. El hombre relata que un día, mientras jugaba a la rayuela, su madre le pidió que le llevara astillas; él no le hizo caso y su madre, enfurecida, lo golpeó. Él, a su vez, le mandó un revés a su madre, quien cayó y lo maldijo. Desde ese momento, su mano permaneció pegada a su pecho, dejando la lección de que los hijos deben obedecer a sus padres, tal como lo señala la Biblia. Todos los campesinos que lo escuchaban le ofrecieron limosna.

Don Simón, el propietario del sitio donde se encontraba la ramada en la que vociferaba el vagabundo, había adquirido todo lo que poseía con mucho trabajo duro. Era viudo, y su hijo Isidro era muy diferente a él, "como el agua y el aceite", pues el joven tenía aversión por el trabajo y un desapego por el dinero. Un día, don Simón, enojado, le dijo a su hijo que le sacara la mano del pecho al vagabundo. Isidro se negó varias veces hasta que, finalmente, accedió. Tiró al vagabundo al suelo y le sacó la mano; después de esto, algo había cambiado en él.

Al pasar los días, Isidro, resuelto a salir a las carreras con sus amigos, discutió con su padre, lo que desencadenó una gran pelea. Su padre lo golpeó e Isidro se defendió, golpeándolo también. Isidro, subiéndose al caballo para huir, enredó su espuela en el lazo del animal y rodó en el polvo. Todos salieron a intentar atrapar al caballo, excepto su padre, quien atacó al vagabundo y le arrancó el corazón, porque oía dentro de él un cascabel.

"Los Cuatreros"

Este cuento trata sobre unos caballos cuatreros que asolaban los campos, matando vacas a las que les sacaban el cuero y la lengua.

"La Promesa Incumplida"

La historia se centra en una mujer y la promesa que le hizo a su difunta amiga de cuidar a su hija como si fuera suya. Lamentablemente, esta promesa no fue cumplida, ya que en invierno no le cambió sus vestidos por unos más gruesos. En una noche de intenso frío, la niña, con tos, fue echada fuera de casa bajo una lluvia intensa. La pequeña enfermó y, cuando la mujer la volvió a entrar, la niña estaba agonizando y murió.

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