Prevención del Cáncer a Través de la Dieta: El Papel de Frutas y Verduras

El cáncer es un conjunto de enfermedades conocidas por tener en común un crecimiento desmesurado de células debido a fallos genéticos y epigenéticos. Asimismo, se le ha relacionado con factores externos, tanto ambientales como relacionados con el estilo de vida, constituyendo una enfermedad multifactorial. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo define como un conjunto de enfermedades que se originan en cualquier órgano o tejido del cuerpo y que se caracteriza por el desarrollo de células anormales que se dividen, crecen y se diseminan sin control invadiendo otros tejidos.

Esta enfermedad sigue constituyendo una de las principales causas de morbi-mortalidad del mundo, con aproximadamente 18,1 millones de casos nuevos en el año 2018. Las estimaciones poblacionales indican que el número de casos nuevos aumentará en las dos próximas décadas hasta 29,5 millones al año en 2040, y que para el año 2030 13,2 millones de personas morirán por esta causa. El número absoluto de cánceres diagnosticados en España ha continuado en aumento desde hace décadas, en probable relación con el aumento poblacional, el envejecimiento y la exposición a factores de riesgo. En 2020, se estimó que el número de nuevos casos alcanzaría los 277.394, siendo los más frecuentemente diagnosticados los de colon y recto, próstata, mama, pulmón y vejiga urinaria.

En la Unión Europea (UE), en el año 2020, 2,7 millones de personas fueron diagnosticadas con cáncer y 1,3 millones perdieron la vida por esta enfermedad. Se estima que en 2035 los casos de cáncer aumentarán casi un 25 %, lo que convertirá a esta enfermedad en la principal causa de muerte. El cáncer presenta una gran variabilidad en función del sexo de la población; en varones, el cáncer de pulmón sigue siendo el de mayor incidencia a nivel mundial, seguido del cáncer de próstata y de piel (no melanoma). En mujeres, el cáncer de mama es el que presenta el mayor número de casos nuevos y mortalidad.

En el proceso canceroso influyen diferentes factores, entre los que se encuentran los inherentes al individuo (edad, sexo, genética), los medioambientales (virus, radiación ultravioleta, contaminantes), los relacionados con la alimentación (ingesta energética, nutrientes, bioactivos, alcohol) y los relacionados con el estilo de vida (actividad física, tabaquismo). Por tanto, el cáncer puede ser prevenible; según la OMS, del 30 al 50% de los cánceres se pueden prevenir con un modo de vida sano, fundamentalmente a través de los hábitos dietéticos.

Estrategias de Prevención del Cáncer

La prevención persigue modificar factores biológicos, ambientales y genéticos en la medida de lo posible para evitar la aparición de una neoplasia. Las medidas de prevención primaria resultan ser las más costoefectivas, buscando evitar la exposición a factores relacionados con la aparición y promoción de las neoplasias. La prevención secundaria actúa durante las etapas preclínicas de la tumorogénesis mediante la inhibición de la progresión tumoral, mientras que la prevención terciaria se logra mediante la inhibición de la invasión y la metástasis en pacientes con cáncer después de la terapia. Es posible modificar la iniciación, promoción o progresión de las neoplasias malignas, y cuando estos procesos se modifican con sustancias químicas se le denomina quimioprevención.

Más allá de los cambios en el ADN, existe evidencia de que la nutrición también modifica la epigenética de las células y, por tanto, la expresión de ciertos tipos de genes. Los alimentos que ingerimos pueden intervenir en procesos fundamentales para la viabilidad y el funcionamiento de nuestras células, como la metilación del ADN. De esta forma, la epigenética puede actuar como medida de prevención primaria. Tanto la hipermetilación como la hipometilación pueden ser utilizadas por un tumor para desarrollarse, y también pueden ser modificadas por los alimentos para impedir el desarrollo neoplásico, dependiendo de la región que silencien o activen. Entre los compuestos nutricionales con evidencias de su efecto se encuentran el dialil-disulfuro del ajo, que inhibe la metilación, y la genisteína de la soja o el ácido folínico como inductores de la metilación.

Esquema sobre la metilación del ADN y su relación con la alimentación y el cáncer

La Alimentación como Factor Clave en la Carcinogénesis

Numerosos estudios han demostrado que la dieta y los componentes bioactivos de los alimentos juegan un papel fundamental para ayudar a contrarrestar los efectos de procesos celulares dañinos como el daño oxidativo. Dependiendo de los alimentos que se consumen y del patrón de alimentación, se podrá favorecer el desarrollo de un cáncer o, por el contrario, disminuir su probabilidad de padecerlo. La razón por la que se puede favorecer la carcinogénesis es principalmente porque la dieta puede incluir sustancias llamadas cancerígenos. Los nutrientes y la exposición a tóxicos contribuyen de forma importante al riesgo de padecer algunos cánceres.

La nutrición influye en el riesgo de cáncer directamente a través de carcinógenos presentes en los alimentos o indirectamente como la respuesta hormonal y metabólica al crecimiento y la obesidad. La alimentación desempeña un relevante papel en el largo y complejo proceso que lleva a la aparición clínica de cáncer. Sin embargo, encontrar evidencia en este campo es complicado debido a la complejidad de los alimentos y la diversidad de la dieta humana.

Algunos alimentos poseen potenciales cancerígenos frecuentemente consumidos en las dietas occidentales, como las nitrosaminas, encontradas en carnes o alimentos fritos. No obstante, actualmente se sostiene que el aumento de cáncer está más asociado a condiciones complejas como la obesidad y una alimentación habitual desequilibrada y pobre en verduras y frutas, más que a la ingesta de potenciales carcinógenos específicos. Por tanto, no solo tiene importancia la exposición a alimentos individuales, sino también la exposición a patrones alimentarios.

Patrones Dietéticos y su Influencia en el Riesgo de Cáncer

La dieta occidental es considerada una dieta proinflamatoria, asociándose cada vez más a un riesgo aumentado de neoplasias. Es rica en carne roja y procesada, productos lácteos altos en grasa, azúcar refinada, café y bebidas azucaradas. Este tipo de dietas aceleran el crecimiento pondo-estatural y generan pubertad y menarquía precoz, lo cual puede ser un factor de riesgo para cáncer de mama, colon, recto, endometrio, cérvix, ovario, próstata, vesícula biliar, pulmón, riñón y tiroides.

Por otro lado, las dietas que incluyen abundantes productos vegetales, como la mediterránea o la vegana, ofrecen beneficios a quienes las consumen, como efectos antiinflamatorios y anticancerígenos. Los patrones dietéticos guardan una estrecha relación con las características sociales, culturales, económicas e incluso laborales de la población, y todas ellas pueden influir de forma independiente en el riesgo de cáncer.

Las intervenciones dietéticas para prevenir los cánceres en épocas posteriores de la vida deben iniciarse en la etapa gestacional con la alimentación de la embarazada, así como de la madre durante la lactancia materna exclusiva, y continuar con una adecuada introducción de la alimentación complementaria. La introducción de hábitos alimentarios adecuados debe establecerse al inicio de la alimentación complementaria y consolidarse al final del segundo año de vida, para obtener mayor eficacia no solo en la prevención del cáncer, sino de otras enfermedades asociadas a dietas inadecuadas.

Comparación visual entre un plato de dieta occidental y un plato de dieta mediterránea

Componentes Alimentarios Protectores y Factores de Riesgo

Alimentos y Compuestos Protectores

Siguiendo una dieta equilibrada y saludable, los alimentos pueden convertirse en potentes aliados contra el cáncer. Uno de los efectos más importantes de estas dietas equilibradas se debe a los componentes que aportan los alimentos de origen vegetal (frutas y verduras). Entre los alimentos más asociados a un efecto protector se encuentran la fruta, la verdura y la fibra.

La fibra, el selenio, el consumo de alimentos ricos en polifenoles, la fruta y verdura, y una dieta rica en vitaminas y antioxidantes se asocian con un efecto protector. Específicamente, los ácidos grasos poliinsaturados (AGPI) y el omega-3 (ω3) tienen un papel protector, y se ha observado una asociación inversa entre la ingesta de pescado y el riesgo de cáncer colorrectal (CCR). Compuestos como el EPA, la vitamina C, el calcio, la curcumina y la quercetina han demostrado ser efectivos para la quimioprevención de adenoma y CCR.

La fibra dietética resulta beneficiosa en términos de prevención primaria del CCR; numerosos metaanálisis y estudios relacionan un aumento de su consumo con una menor incidencia. La ingesta de fibra en la dieta podría ser protectora contra el cáncer rectal, con un ES = 0,77 (IC del 95% = 0,66 a 0,89). Sin embargo, es importante señalar que estos datos no se han podido relacionar de manera significativa con estudios clínicos prospectivos, por lo que existe cierta controversia en afirmar que la fibra reduce el CCR de forma concluyente en todos los contextos.

En cuanto a los lácteos, se ha encontrado que la leche posee propiedades antiproliferativas, antiinflamatorias, antivirales y antimicrobianas debido a su composición nutricional, lo que le confiere componentes protectores contra ciertos tipos de cáncer. No obstante, se discute sobre los posibles efectos adversos de factores de crecimiento y hormonas presentes en ellos, aunque es probable que se degraden en el estómago, generando algo de controversia.

Factores de Riesgo y Alimentos a Limitar

La carne roja y las dietas ricas en grasas animales pueden ejercer un factor promotor del cáncer. Existe una relación directa entre la mortalidad por CCR y el consumo per cápita de calorías, proteínas de la carne y grasas alimentarias. La dieta rica en grasas animales se ha relacionado con un mayor riesgo de neoplasias, incluyendo el CCR. El colesterol, las grasas saturadas (AGS), la obesidad, la carne roja, la carne procesada y la cocinada a la parrilla están fuertemente asociados con la tumorogénesis colorrectal.

La dieta occidental y un patrón dietético proinflamatorio se asocian con una mayor incidencia general de CCR, siendo más alta entre hombres. En mujeres, los hábitos alimenticios occidentales con un alto consumo de carne pueden aumentar el riesgo de CCR. Otros factores de riesgo incluyen las bebidas alcohólicas, el sobrepeso y la obesidad, la sal y los alimentos salados, y los suplementos de betacaroteno.

La obesidad y la adiposidad están relacionadas con un aumento del riesgo de padecer cáncer. El Índice de Masa Corporal (IMC) se asocia con un mayor riesgo de cáncer de colon en hombres (RR 1.30) y en mujeres (RR 1.12), y de cáncer de recto solo en hombres (RR 1.12). La circunferencia de la cintura tiene un impacto negativo en el cáncer de colon, siendo más fuerte en hombres (RR 1.33 vs 1.16 en mujeres). La obesidad afecta negativamente las funciones fisiológicas del organismo, y la inflamación y la hiperinsulinemia que produce tienen como consecuencia una reducción de la apoptosis, un incremento de la división celular y una mayor inestabilidad del genoma. La disbiosis intestinal también se considera un factor de riesgo.

Obesidad y cómo influye en el Cáncer

El alcohol es el componente de la dieta para el cual existen más evidencias sobre su relación con un mayor riesgo de padecer un cáncer, incluso con un consumo moderado, y se cree que esto se debe a su metabolito acetaldehído. El consumo de alcohol aumenta el riesgo de padecer más de seis tipos de cáncer, eleva la concentración sérica de acetaldehído y estradiol, promueve la inflamación y causa un déficit de folatos. Como consecuencia, se provoca un aumento de la peroxidación lipídica, una reducción de la apoptosis y un aumento de la proliferación y de la división celular de células precancerosas. Dos o más bebidas alcohólicas por día (≥ 30 g de alcohol) incrementan el riesgo de cáncer colorrectal, mientras que tres o más (≥ 40 g de alcohol) aumentan el riesgo de cáncer de estómago e hígado.

Se ha observado que el consumo materno de alimentos que contienen inhibidores de la topoisomerasa II de ADN puede incrementar el riesgo de leucemia mieloide aguda en sus hijos; entre ellos se encuentran la soja, la cebolla (quercetina), las uvas y bayas (ácido elágico) y la cafeína. También se ha investigado el riesgo de cáncer relacionado con los lácteos, sugiriendo que una mayor ingesta de ácido linolénico conjugado y la exposición a contaminantes como los bifenilos policlorados, se relacionan con un mayor riesgo de cáncer colorrectal en la edad adulta, especialmente con dietas ricas en productos lácteos en la infancia. Una alta ingesta de yodo se ha asociado con un riesgo ligeramente mayor de desarrollar cáncer de tiroides en niños.

Tóxicos y Contaminantes en los Alimentos

La disponibilidad de alimentos en condiciones de contaminación ambiental y la exposición crónica a metales, contaminantes orgánicos persistentes e industriales, y pesticidas, representan un riesgo. Los pesticidas (insecticidas, fungicidas, antiroedores, herbicidas) han sido clasificados como carcinogénicos y su asociación con leucemia se ha determinado por la exposición temprana en la vida. La manera de conservar los alimentos, los aditivos, el tipo de envase utilizado, los métodos de cocción y la cantidad ingerida también se han relacionado con un aumento del riesgo de cáncer.

Los agentes cancerígenos de los alimentos pueden ser de origen natural, como los mutágenos de las plantas (ejemplos: sonhidrazinas en hongos, safrol en especias, estragol en albahaca seca y psoralenos en apio), o por contaminación ambiental (ejemplos: residuos industriales, emisiones de diésel, restos de plaguicidas, metales como mercurio, plomo, arsénico, y contaminantes orgánicos persistentes como dioxinas, DDT, dieldrina, policlorobifenilos). Evidencias sugieren una relación entre el consumo de carnes curadas en mujeres embarazadas y tumores cerebrales en sus hijos, y entre la ingesta de alcohol y la leucemia linfocítica aguda.

Recomendaciones para la Prevención Nutricional del Cáncer

Con la comprensión de la carcinogénesis y de los factores de riesgo que intervienen en ella, es posible modificar la iniciación, promoción o progresión de las neoplasias malignas. Las medidas de prevención primaria nutricional deben establecerse precozmente, ya que a pesar de su gran efectividad, solo se obtienen resultados significativos a largo plazo.

La prevención del cáncer puede comenzar antes de la concepción: las futuras madres deben iniciar su embarazo con un peso saludable y evitar ganancia excesiva o bajo peso gestacional. Los micronutrientes son importantes para el desarrollo embriológico y el crecimiento fetal. Los hábitos inadecuados en edades tempranas de la vida, y la ingesta de toxinas en ciertos alimentos, desencadenan mecanismos fisiopatológicos que modifican el patrón genómico de los niños, lo que más tarde conlleva a la aparición de enfermedades oncológicas en la edad adulta.

Las recomendaciones generales para la prevención del cáncer incluyen:

  • Alimentación exclusiva con leche humana hasta los 6 meses y, a partir de ese momento, incorporar alimentos complementarios adecuados.
  • Mantener un peso corporal adecuado a lo largo de toda la vida. Un peso saludable, según la OMS, se define por un índice de masa corporal de entre 18,5 y 24,9 kg/m². La circunferencia de cintura debe mantenerse por debajo de los 94 cm para varones y los 80 cm para mujeres.
  • Comer una dieta variada, incluyendo diariamente vegetales y frutas. La recomendación es un consumo de al menos cinco raciones de frutas y verduras al día, equivalentes a unos 400 gramos diarios. El consumo medio de verduras no feculentas y frutas debería ser de al menos 600g diarios.
  • Incrementar la ingesta diaria de fibra. Se recomienda consumir al menos 30 gramos al día de fibra procedente de alimentos como cereales integrales, frutas, verduras no almidonadas y legumbres. Los cereales integrales y las leguminosas, como fuentes naturales de fibra dietaria, deben aportar no menos de 25g diarios de fibra cruda.
  • Limitar la ingesta total de grasas, especialmente aquellas de alta densidad energética y los alimentos que las contienen.
  • Limitar las bebidas alcohólicas. La evidencia científica justifica la recomendación de no consumir bebidas alcohólicas, ya que no se ha demostrado un nivel seguro por debajo del cual no aumente el riesgo de cáncer.
  • Limitar el consumo de carnes rojas a no más de 3 raciones a la semana (350-500 gramos semanales) y consumir poca o ninguna cantidad de carnes procesadas (saladas, curadas, ahumadas o con conservantes químicos). El consumo medio de carnes rojas no debe exceder los 300 g por semana, con una mínima proporción (o ninguna) de carnes procesadas.
  • Evitar alimentos curados con sal, ahumados y preservados con nitritos.
  • Mantenerse físicamente activo. Se recomienda realizar diariamente entre 45 y 60 minutos de actividades moderadas-vigorosas (caminar, andar en bicicleta, nadar, deportes de equipo). También es crucial evitar comportamientos sedentarios, limitando el tiempo de uso de dispositivos con pantalla. El ejercicio físico reduce la resistencia a la insulina, la producción de estradiol y testosterona, y la inflamación a largo plazo.

La prevención del cáncer, a través de estas modificaciones en el estilo de vida y la dieta, sigue siendo una de las herramientas más eficaces para reducir el riesgo de padecer enfermedades y la mejor estrategia coste-efectiva a largo plazo.

Cambios en los Hábitos Alimentarios de los Sobrevivientes de Cáncer

La supervivencia después de un diagnóstico de cáncer, como el colorrectal, ha mejorado, pero una proporción significativa de pacientes continúa muriendo. Los comportamientos saludables, incluyendo los hábitos de dieta y actividad física, se han relacionado con la prevención del cáncer. Aunque los cambios en el estilo de vida pueden ocurrir sin intervención, son más frecuentes después de un diagnóstico de cáncer, y su comprensión puede facilitar intervenciones efectivas para el control o progresión de la enfermedad.

Los sobrevivientes de cáncer, como parte del autocuidado, tienden a adquirir una alimentación saludable, siendo la salud el principal motivador para el cambio, seguido por factores asociados al tratamiento. Se ha observado que, tras un segundo diagnóstico de cáncer, los participantes presentan cambios favorables para la salud, acordes a las recomendaciones internacionales. Los sobrevivientes de cáncer con recidiva modifican su alimentación hacia una vida más saludable.

En estudios realizados, se encontró una tendencia generalizada a la disminución en el consumo de alimentos fuentes de grasas saturadas y trans (aportados por alimentos fritos, carnes con alto porcentaje de grasas y embutidos). Hubo una disminución del 63,8% en el consumo de carne alta en grasa, 61,7% en alimentos fritos, 48% en la ingesta de alcohol, 48,3% en el consumo de snacks, 45,8% en embutidos y 35,8% en el consumo de lácteos.

También se reportó una disminución en el consumo de bebidas alcohólicas después de un primer diagnóstico de cáncer, incluso si el consumo previo fue excesivo. Este cambio puede disminuir los efectos negativos y contribuir a una mejor supervivencia. El incremento en el consumo de frutas (con y sin cáscara) y verduras (crudas y cocidas) fue un cambio notable. Estos alimentos aportan polifenoles, nutrientes donadores de grupos metilo como el ácido fólico, el selenio, los retinoides, el butirato y los isotiocinatos (como el sulforafano y otros compuestos organosulfurados), que se relacionan con la prevención de todos los tipos de cáncer y son importantes en la prevención primaria y el tratamiento, contribuyendo a la calidad de vida de los pacientes.

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