Dios Tiene Grandes Planes: Obediencia y Fe en Lugar de "Grandes Hechos"

Durante generaciones, las historias de los héroes bíblicos han sido un pilar en la enseñanza de la fe. Personajes como Noé, Abraham, Moisés y Ester son recordados por sus hazañas extraordinarias, las cuales han inspirado a innumerables creyentes a lo largo del tiempo. En la cultura contemporánea, especialmente en el mundo occidental, se fomenta una mentalidad de logro individual, donde la creencia en uno mismo es presentada como la clave para alcanzar cualquier meta. Los cristianos a menudo adaptan esta idea, citando versículos como "Todo lo puedes en Cristo que te fortalece", lo que puede llevar a una expectativa de "grandeza" personal.

Sin embargo, para muchos, la realidad se presenta de manera diferente. Al llegar a la adultez, con sueños de juventud aún frescos, muchos se encuentran con una sensación de desilusión. Para algunos, el éxito se reduce a mantener la estabilidad financiera y la aprobación laboral. Para muchas madres, los logros cotidianos pueden ser tan simples como una cocina ordenada o un momento de lectura espiritual. Otros, tras haber participado en actividades ministeriales intensas al inicio de su vida adulta, como viajes misioneros o prácticas en organizaciones religiosas, se preguntan cuál es el siguiente paso cuando esas oportunidades disminuyen. Surgen preguntas inquietantes: ¿Estamos fallando en algo? ¿Ha olvidado Dios utilizarnos en Su plan para transformar el mundo? ¿Nos ha dejado de lado para dar paso a otros? La duda puede surgir, preguntándonos si hemos hecho algo mal o si no hemos estado atentos a Su llamado.

Estos anhelos ministeriales insatisfechos pueden convertirse en una distracción constante, un "ruidoso tic-tac" que interrumpe la serenidad mientras intentamos seguir adelante con nuestras vidas. Ante esta situación, surge una pregunta fundamental que necesita ser respondida a diario: ¿Qué significa verdaderamente ser utilizado por Dios?

La Verdadera Naturaleza de la "Grandeza" para Dios

Consideremos el ejemplo de Moisés, una figura indiscutiblemente asociada con "grandes cosas para Dios". Sin embargo, es crucial entender que Moisés no liberó a los israelitas de Egipto por sí mismo; fue Dios quien lo hizo. Como se relata en Éxodo 6:6-7: "Yo soy el Señor, y los sacaré de debajo de las cargas de los egipcios. Los libraré de su esclavitud, y los redimiré con brazo extendido y con grandes juicios. Los tomaré a ustedes por pueblo Mío, y Yo seré su Dios. Sabrán que Yo soy el Señor su Dios, que los sacó de debajo de las cargas de los egipcios. Los traeré a la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, y se la daré a ustedes por heredad. Yo soy el Señor".

Puede ser tentador pensar que, si bien Dios fue el agente principal, Moisés realizó una parte significativa de la obra. Sin embargo, la perspectiva bíblica es clara: Moisés no sacó al pueblo de Egipto. Esta distinción no es meramente semántica o un tecnicismo, sino que es fundamental para nuestra teología. Moisés no hizo algo "grande" para Dios; simplemente le obedeció.

Dios no necesitaba la ayuda de Moisés para lograr la liberación de Israel. Él era perfectamente capaz de llevar a cabo esta tarea por sí mismo y no requería asistencia para cambiar el mundo. Su búsqueda no era la de un hombre que hiciera algo grandioso, sino la de un hombre que le obedeciera.

Ilustración de Moisés recibiendo los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí.

La Obediencia como Acto Supremo

Al reflexionar sobre otros héroes bíblicos, se observa un patrón similar. Dios nunca nos pide que hagamos algo "grande" por Él; lo que Él demanda es nuestra obediencia. Irónicamente, a menudo es el deseo de realizar grandes obras para Dios lo que nos desvía de la simple obediencia. El anhelo de ser un gran maestro de la Biblia puede distraernos de la llamada a amar y estudiar Su Palabra. El deseo de liderar a muchos en la adoración puede apartarnos de la práctica de vivir una vida de alabanza constante.

A menudo, deseamos tener control sobre cómo somos utilizados por Dios, pero esta no es nuestra prerrogativa. Ya sea que nuestra obediencia a Dios involucre el uso de todos nuestros talentos o de ninguno, o que resulte en logros "grandes" o "pequeños", la magnitud de la obra no depende de nosotros. En el reino de Dios, no existe tal distinción entre lo grande y lo pequeño; solo existe la obediencia o la desobediencia.

La Tentación de la "Ordinariedad"

¿Nos incomoda la idea de que se nos pida realizar tareas "ordinarias" para Dios? Las palabras del apóstol Pablo en Romanos 9:20 son reveladoras: "Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios?". La disposición a ser una persona ordinaria es un tema recurrente en la vida de oración privada de muchos creyentes. Si no estamos dispuestos a hacer lo ordinario y aparentemente poco impresionante por Dios, esto puede indicar que solo amamos a Dios en la medida en que Él hace grandes cosas a través de nosotros.

Cuando el deseo de "hacer" para Dios suplanta el deseo de "obedecer" a Dios, revela que Él ya no es la fuente principal de nuestro gozo y satisfacción. Un corazón que se deleita en Dios anhela obedecerle. Por el contrario, un corazón centrado en uno mismo desea ver lo que uno mismo puede lograr. Una persona que se deleita en Dios no se preocupa tanto por cómo Dios la utiliza, sino más bien por ser útil a Dios, el objeto de su deleite. Solo un corazón cautivado por Dios puede rebosar de un deseo genuino de obedecerle.

Poner a Dios en Primer Lugar: Más Allá de un Cliché

La verdadera obediencia comienza con un plan decidido de conocer a Dios a través de Su Palabra. La grandeza no se mide por el número de vidas impactadas, la cantidad de fondos recaudados o el reconocimiento obtenido de personas influyentes. Hoy, Dios no te pide que cambies el mundo; simplemente te pide que obedezcas.

Es común escuchar a los cristianos afirmar "Pongo a Dios en primer lugar" o aconsejar a otros que hagan lo mismo. Estas expresiones, aunque frecuentes, corren el riesgo de convertirse en clichés vacíos. Todos tenemos prioridades, y nuestras agendas, presupuestos y relaciones reflejan la importancia que les damos. Poner a Dios en primer lugar significa otorgarle la máxima prioridad sobre todo lo demás, reconociéndolo como lo más importante en nuestras vidas y el centro de cada pensamiento y acción.

Esto implica guardar el mandamiento principal: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente" (Mateo 22:37). En esencia, estamos completamente inmersos en nuestra relación con Dios, dedicándole todo lo que tenemos y todo lo que somos.

Poner a Dios en primer lugar también significa evitar la idolatría en todas sus formas. Como advierte 1 Juan 5:21: "Hijitos, guardaos de los ídolos". Un ídolo es cualquier cosa que suplanta al único y verdadero Dios en nuestros corazones. Al igual que Gedeón derribó el altar de Baal y cortó la imagen de Asera (Jueces 6:25-27), debemos erradicar de nuestros corazones cualquier cosa que comprometa nuestra devoción a Dios.

Además, poner a Dios en primer lugar significa esforzarnos por seguir los pasos de Jesús (1 Pedro 2:21). La vida de Jesús se caracterizó por una sumisión total a la voluntad del Padre, un servicio desinteresado a los demás y una vida de oración constante. En el Huerto de Getsemaní, ante una agonía indescriptible, Jesús oró: "no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22:42). Esto es poner a Dios en primer lugar. Las palabras, acciones y doctrina de Jesús provenían del Padre (Juan 5:19; 7:16; 12:49). Jesús nos enseñó a "buscar el Reino de Dios sobre todas las cosas" (Mateo 6:33), priorizando los asuntos divinos sobre las preocupaciones mundanas y considerando la salvación del reino como infinitamente más valiosa que todas las riquezas terrenales (Mateo 13:44-46).

Ilustración de Jesús orando en el Huerto de Getsemaní.

Un Acto de Fe y Confianza

La historia de la viuda de Sarepta ilustra poderosamente el principio de poner a Dios en primer lugar. Durante una época de hambruna, el profeta Elías se encontró con una mujer que estaba a punto de preparar la última comida para ella y su hijo. Elías le pidió pan y agua, y ella explicó que solo tenían lo suficiente para esa última comida. Elías insistió: "No tengas temor; vete, haz como has dicho; pero primero hazme de ello un pequeño pan cocido debajo de la ceniza, y tráemelo; y después harás para ti y para tu hijo. Porque así ha dicho Jehová el Dios de Israel: La tinaja de harina no será consumida, ni el cántaro de aceite disminuirá, hasta el día en que Jehová envíe lluvia a la tierra" (1 Reyes 17:13-14).

Básicamente, Elías le pidió que pusiera a Dios en primer lugar. Por fe, la viuda obedeció, alimentó primero al profeta y experimentó un milagro: "Y comió ella, y él, y su casa, por muchos días. Y la tinaja de harina no se consumió, ni el cántaro de aceite menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías" (1 Reyes 17:15-16).

Aquellos que ponen a Dios en primer lugar se distinguen del resto del mundo. Obedecen Sus mandatos (Juan 14:15), toman su cruz y siguen a Jesús (Lucas 9:23), y no abandonan su primer amor (Apocalipsis 2:4). Dan a Dios las primicias, no las sobras. La vida cristiana se caracteriza por el servicio desinteresado a Dios en cada momento, un servicio que fluye del amor a Él y a Su pueblo. En todas las circunstancias, el creyente confía, obedece y ama a Dios por encima de todo.

Poner a Dios en primer lugar se facilita cuando tomamos en serio las palabras de Romanos 11:36: "Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén".

Recordando las "Grandes Cosas" de Dios

La pregunta burlona "¿Y dónde está vuestro Dios?" ha sido un ataque recurrente contra los creyentes en momentos de dificultad. Una respuesta poderosa a esta provocación se encuentra en uno de los salmos más conocidos, que el Apóstol Mayor Jean-Luc Schneider citó en Kuala Lumpur el 27 de octubre de 2019: "Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres".

El salmista evoca la alegría de los judíos al regresar del exilio en Babilonia. "Dios ha hecho grandes cosas por nosotros": envió a Su Hijo a la tierra. Jesucristo dio Su vida, venció el pecado y la muerte, y envió el Espíritu Santo. Dios ha asegurado que el Evangelio sea y siga siendo anunciado en todo el mundo.

"Dios ha hecho grandes cosas en nosotros": nos ha dado el renacimiento de agua y Espíritu. En cada Servicio Divino, Él perdona nuestros pecados. "Por eso, mirad qué grandes cosas ha hecho Dios por nosotros, en nosotros y con nosotros", reafirmó el Apóstol Mayor, explicando que son "grandes" porque nosotros no podríamos haberlas hecho y porque trascienden nuestra capacidad de imaginación.

"Hoy estamos tan ocupados, tenemos tanto para hacer", advirtió el Director de la Iglesia, "entonces el peligro de que olvidemos las cosas grandiosas que Dios ha hecho por nosotros, es real. Y al final ya no estamos contentos. Quizás hasta empezamos a murmurar". Por eso, es esencial "pensar en las grandes cosas que ha hecho Dios por ti, que hace por ti y que hará por ti".

La alegría no debe ser empañada por frases burlonas como "¿Y dónde está vuestro Dios ahora?". Estos dichos han existido en todas las épocas y resurgen cuando las personas atraviesan dificultades o cuando surgen carencias en la comunidad de fe. "Déjalos que hablen. No te ofendas. No pierdas el valor. Confía en Dios, ten paz en tu corazón".

Somos conscientes de las grandes cosas que Dios ya ha hecho por nosotros, pero también sabemos que aún no hemos sido redimidos. Por lo tanto, nuestra petición principal a Dios es: "¡Envía a tu Hijo amado!". Así como la lluvia transforma la sequía del Neguev, el retorno de Cristo transformará todo en un instante: "se manifestará la novia de Cristo y podremos ver la gloria de la Iglesia de Cristo".

Billy Graham - La segunda venida de Cristo #028

Cuando las cosas no salen como esperábamos, o cuando los resultados no cumplen nuestras expectativas más anheladas, ya sea por relaciones fallidas o por experiencias dolorosas, es importante no decaer ni deprimirse. Nuestro Dios tiene algo mucho mejor preparado para tu vida. La verdadera grandeza reside en la obediencia y la fe, confiando en que Sus planes para nosotros son infinitamente mejores de lo que podemos imaginar.

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