La figura del arriero, profundamente arraigada en la historia y la cultura de diversas regiones, representa la esencia del movimiento y la conexión. Su oficio ha sido fundamental para la articulación de territorios, la movilización de recursos y la preservación de tradiciones a lo largo de siglos. El término arriero es de origen onomatopéyico, derivado de la expresión «arre», utilizada para estimular el movimiento de los animales. Incorporado al acervo de la RAE desde 1780, en la actualidad define a la “persona que trajina con bestias de carga”.
Los arrieros son los hombres de las huellas, encargados de llevar piños o arreos de animales de una estancia a otra, de una comuna a otra o incluso de un país a otro. Enfrentando la mole andina, con sus mulas y sus piños de chivos o vacunos, aprovechan los valles de veranada. Eran sujetos clave para aquellas necesidades de movilidad, de tiempos lentos, que permitían articular lugares más o menos distantes, a través de caminos que se hacían al andar. No se trataba de una actividad improvisada, sino de un oficio que llegó a tener sus propias reglas y que, con frecuencia, era transmitido a las generaciones sucesivas.

Orígenes Históricos y Evolución de la Arriería
La arriería, con ese u otros nombres, no es un patrimonio especial de América. Sin embargo, en esta región tuvo una función crucial para la integración de las ciudades con los centros productores interiores y los puertos marítimos en el proyecto colonial ibérico. Su progresiva desaparición remite a diversos factores, como la difusión del camión. En la actualidad quedó reducida a su mínima expresión, a veces ligada a productos turísticos o a lugares de la memoria.
Primeros Vestigios y Periodo Colonial
Ya en el siglo IX, con la repoblación del reino de León tras la expulsión de los moros, la Corona española tuvo un trato especial con los arrieros maragatos. Se les encargaba la recaudación de tributos y el trabajo de trasladar el oro que provenía de las Indias desde los puertos de entrada hasta la corte. Por este servicio, los arrieros maragatos cobraban más que el resto, por la seguridad y confianza que inspiraban, siendo conocidos por su honradez y fidelidad. La jornada solía ser de tres leguas al día, unos 15 km.
La trashumancia, una práctica esencial del arriaje, se estima que comenzó a practicarse en el Norte Chico, en particular con la ganadería de llamas y alpacas, con el desarrollo de la cultura Diaguita. Introducida en el continente americano por los conquistadores ibéricos, la arriería aprovechó elementos previos como los caminos incaicos e introdujo cambios significativos, como el uso de la mula. Antes de la llegada de los españoles, en el espacio altoandino fue importante la ganadería camélida, que proporcionaba carne, lana y transporte. El sistema vial incaico, centralizado en Cuzco y con postas (tambos) para viajeros y caravanas, fue aprovechado por los europeos en sus primeras incursiones y, luego, por el arrieraje. Los camélidos fueron progresivamente reemplazados, para carga, por caballos, burros, bueyes y, sobre todo, mulas.
Los arrieros acompañaron el proceso de conquista y colonización del continente americano. En este momento, el principal motor de la economía fueron los centros mineros, como Potosí, donde se requerían mulas para tracción, además de diversos productos alimenticios y utensilios. Para la integración de esas regiones con Potosí, la arriería fue primordial, especialmente en terrenos montañosos y alejados del mar.
El Siglo XIX y la Diversificación del Transporte
La formación de los estados del sur sudamericano no generó una transformación sustantiva de la arriería. En los primeros tiempos republicanos siguió siendo gravitante para muchas regiones. Para el desierto de Atacama, la arriería fue clave, conectando centros mineros con otras regiones transandinas a través de circuitos comerciales operados por arrieros. Uno de los principales insumos transportados era ganado en pie, para tracción o consumo humano. El arrieraje boliviano tendió a especializarse en el transporte de lanares y el argentino en vacunos y mulares. Pero los arrieros no transportaban solo animales en pie; también llevaban coca o chicha, alfajores, suelas, utensilios domésticos o ropa industrial. Otra función fue el traslado de personas, incluidos viajeros científicos o funcionarios del estado.
El Siglo XX y la Resistencia de la Tradición
Hasta las primeras décadas del siglo XX, el arrieraje fue un vigoroso relicto colonial en tiempos republicanos. La crisis de los centros mineros, la expansión de medios de transporte motorizados, el aumento de los controles fronterizos y la demanda laboral desde diferentes explotaciones agroindustriales fueron algunos de los factores que provocaron el declive de esta actividad y el abandono de muchas rutas. El trazado de las vías férreas y el camión representaron una gran competencia, aunque no lograron su completa desaparición. En el espacio andino, hubo una complementación entre el arriero y el ferrocarril, manteniendo vivas las conexiones hacia rincones inaccesibles.
A lo largo del siglo XX, el arriaje en la zona se ha concentrado mayoritariamente en el ganado caprino y ovino, permitiendo la articulación entre territorios como el desierto y la puna. En la actualidad, familias de arrieros transportan sus propios animales y bienes hasta sectores cordilleranos, buscando agua y alimento dependiendo de las estaciones del año.
La Práctica del Arriaje: El Piño de Ovejas
La práctica del arriaje consiste en guiar al ganado de un lugar a otro aprovechando al máximo los recursos que la zona permite. El arriero es el encargado de realizar esta labor, velando por la seguridad y alimentación del ganado. A lo largo de la historia se ha constatado la existencia de dos tipos de arrieros: el arriero profesional, asociado al desarrollo de la hacienda, quien cobraba un sueldo y estaba dedicado exclusivamente al traslado de ganado a pie u otros bienes, figura que perduró hasta finales del siglo XIX.
En la Patagonia, los arrieros son gauchos que se especializan en arrear enormes piños de ovejas o vacunos, enfrentando las duras y caprichosas condiciones del clima patagón. La cantidad de arrieros está en relación a la cantidad de animales y allá van ellos con sus perros y caballos, guiados por el encargado del piño que distribuye las actividades y es responsable directo de la majada.
La Jornada del Arriero y la Organización del Piño
Los perros son los compañeros esenciales de los arrieros, moviendo las ovejas o los vacunos bajo el acicate de los silbidos certeros de sus dueños. Cada hombre tiene un lugar específico dentro del arreo. La parte de adelante del piño o majada se llama “punta”, la parte de atrás “culata”, los costados son los flancos del piño, y cada sector debe estar cubierto durante lo que dure la marcha, que puede empezar a las 6 de la mañana y terminar a la 8 de la noche. Esto previene que se pierdan animales o se produzcan desbandes.
Las sendas de los arrieros son generalmente huellas rurales flanqueadas de alambrados límites de estancias. Detrás de estos, mugen o balan animales pertenecientes a aquellos predios, lo que representa una tentación para los animales del arreo, que buscarán irremediablemente mezclarse con sus congéneres. Por ello, los arrieros deben poner especial cuidado, alejando en lo posible la masa del piño de las alambradas. Si llega a entrar un grupo de animales del piño en un predio ajeno, deshacer la mezcla puede llevar horas y atrasar enormemente la marcha.
Una marcha dura hasta llegar a un corral predeterminado, que es como una estación en la cual se puede encerrar el piño por una noche para retomar el camino al otro día de madrugada. Generalmente, estos corrales son potreros de alambre, cerca de los cuales no hay construcciones de ningún tipo, por lo que los arrieros deben improvisar un campamento para comer y pasar la noche.
Arreo - Malargüe - Provincia de Mendoza - Argentina
Veranadas e Invernadas
Estas prácticas son fundamentales para el ganado. Las Veranadas se realizan en el mes de noviembre y las Invernadas en el mes de abril. Esta tradición cultural se lleva a cabo en diferentes corrales y es posible presenciar este acto de gran valor cultural, cuya tradición se remonta a más de 4 siglos por un Decreto real del virrey del Perú. Es un oficio basado en el conocimiento del terreno, de los tiempos e itinerarios de viaje.
Elementos Indispensables en la Vida del Arriero
Aparte de los animales de monta y los perros, sin los cuales los arrieros no podrían realizar su labor, existen otros elementos indispensables en la vida de estos hombres:
- Los Pilcheros: Son caballos usados por los arrieros como cargueros, llevando las “pilchas”, término que se refiere principalmente al transporte de frazadas, lonas y elementos necesarios para armar un campamento y pasar la noche. En el caso de los arrieros patagónicos, los pilcheros también llevan víveres, aperos de repuesto, cadenas de los perros, botas de goma, bidones de agua y, en tiempos recientes, carpas.
- Las Lonas: Son telas gruesas que sirven para envolver los elementos que llevan sobre el lomo los pilcheros, protegiéndolos del agua y el polvo. Una buena lona también es indispensable para capear el viento o la lluvia en los campamentos. Se utilizan para “maletas” o alforjas, “caperos” para llevar carne y elementos necesarios, e incluso para improvisar vainas para cuchillos.
- Los Pañuelos: El pañuelo que los arrieros llevan al cuello, presente en casi todas las culturas de América. Aunque en muchas culturas es un elemento de lujo, en el oficio de arriero encuentra una utilidad concreta: en terrenos secos, los animales levantan nubes de polvo, y el arriero recurre a su pañuelo para cubrirse la boca y las narices y no tragar tierra.
- Los Fósforos: Representan la posibilidad de encender fuego para comer y secar las ropas mojadas. Son tan esenciales que el cinturón ancho que usan los gauchos, llamado “cinto” o “tirador”, tiene un bolsillo de cuero especialmente destinado a ellos.

El Arriero del Maipo: Un Ejemplo Local
En nuestra conversación con el historiador Gonzalo Rojas, agregó sobre el periodo en que predominó la figura del arriero del Maipo. Es necesario considerar que por ese entonces, el paso Nevado Piuquenes y el paso Laguna del Diamante eran los pasos oficiales de la Corona Española. Durante el siglo XVII y XVIII, la ruta que realizaban los arrieros montaña arriba era una verdadera caravana de arrieros y sus recuas de mulas.
La fundación de San José de Maipo, una de las ciudades más antiguas de Chile, está estrechamente relacionada con la historia del arriero del Maipo. Fundado por orden del gobernador Ambrosio O’Higgins en 1792, su fundación tuvo un doble objetivo: apoyar las faenas mineras que se daban en la zona y facilitar las rutas comerciales. Los arrieros del Maipo son “los verdaderos protagonistas de la cultura del intercambio de la cordillera de los Andes”. Entre los productos que trasladaban los arrieros cabe mencionar: cuero, yerba mate, trigo, vino y aguardiente, además del intercambio de ganado. Esto generó una cultura arriera que hasta el día de hoy muestra que haya parientes en un lugar y otro. Las rutas comerciales son las venas a través de las cuales fluye la cultura. Tenemos un patrimonio material, las rutas, los refugios y pircas, que está relacionado al mundo de montaña.
La Arriería en la Actualidad: Desafíos y Legado Cultural
El oficio de arriero está lleno de sacrificio tanto en la Patagonia como más al Norte y es una profesión campera que delata los vestigios nómades del indio bramando en la sangre del criollo que gasta la vida sobre un caballo, en las huellas que ama y odia al mismo tiempo y que aunque a veces reniegue enceguecido y dolorido por la fatiga y los sacrificios siempre termina volviendo a ellas.
En la actualidad, resulta complejo el panorama en torno a la supervivencia de este oficio tradicional del campo. A las restricciones de movimiento, producto de la privatización de la propiedad de los terrenos cordilleranos, se suman las normativas sanitarias vigentes. En el espacio cordillerano no existe una renovación de nuevos arrieros. Los arrieros se han ido extinguiendo paulatinamente en la medida que la gente se ha ido concentrando en las grandes ciudades.
Existe un paradójico contraste entre, por un lado, el decisivo papel histórico de los arrieros, y por otro, el desconocimiento en el cual se han mantenido. Una de las pocas excepciones, avanzado el siglo XX, fue la canción «El arriero va» de Atahualpa Yupanqui. Dentro de la academia argentina y chilena, autores como Pablo Lacoste, Viviana Conti y Sergio González Miranda, entre otros, han realizado investigaciones sistemáticas sobre esta práctica. Fuera de la academia, sin embargo, en el imaginario colectivo el arriero se mantiene, como sujeto histórico, casi olvidado.