Cada 1 de abril, muchos países del entorno europeo, entre ellos Gran Bretaña y la misma Suiza, celebran su particular día de Los Santos Inocentes, conocido como Fool’s Day. El mejor ejemplo tuvo lugar hace más de 50 años en Gran Bretaña, gracias a la que todavía es una de las bromas más exitosas que un medio de comunicación haya orquestado jamás en un día de los Santos Inocentes.
La Noticia del "Árbol de Espagueti": El Engaño de la BBC
El 1 de abril de 1957, la BBC cerraba su informativo de los lunes -el más visto por aquel entonces- con una noticia sobre, nada más y nada menos, que la cosecha del espagueti en el sur de Suiza. Con semblante serio, el presentador y muy respetado periodista Richard Dimbleby introdujo la noticia diciendo: «Y ahora hablemos de comida. Hoy terminamos nuestro programa con una pieza especial que nos llega desde los Alpes suizos…».

Richard Dimbleby era uno de los periodistas más respetados del Reino Unido en los años cincuenta. Había sido el primer corresponsal de guerra de la BBC, emitiendo desde las históricas batallas de El Alamein y Normandía e incluso desde los bombarderos de la Royal Air Force en pleno ataque sobre Berlín. Previamente había trabajado como reportero para un par de periódicos y, a su regreso de la Segunda Guerra Mundial, condujo las noticias en la cadena pública británica. En 1957, el programa Panorama dedicó uno de sus reportajes a «La cosecha del espagueti en Suiza».
Mientras se proyectaban imágenes de una familia del cantón del Tesino recolectando espaguetis en una plantación doméstica, Dimbleby iba comentando las ventajas de la labranza tradicional del árbol del espagueti en comparación con su cultivo a nivel industrial: «La cosecha de espagueti aquí en Suiza no tiene nada que ver con la que se realiza a gran escala en Italia. Muchos de ustedes habrán visto fotos de las vastas plantaciones de espagueti en el Valle del Po». Su tono era serio y profesional, y el tema era tratado con el rigor periodístico habitual del programa.
Dimbleby continuaba explicando las imágenes aportando interesantes datos sobre la cosecha: «Otra razón por la que este año podría ser extraordinario está relacionada con la desaparición del gorgojo del espagueti, la diminuta criatura cuyas tropelías han causado tantas preocupaciones en el pasado». El famoso presentador incluso incidió en la frágil situación en la que se encontraban los granjeros a finales de marzo, ya que las heladas tardías podían arruinar sus cosechas o, como mínimo, perjudicar el sabor del espagueti, dificultando su venta a un buen precio en los mercados mundiales.
Reacciones y la Verdad Detrás del Engaño
Al finalizar el reportaje, el presentador dio por cerrado el programa y se despidió diciendo: «Es tiempo de decir buenas noches y despedir este primer día de abril», haciendo especial hincapié en «este-primer-día-de-abril». Casi de inmediato, los teléfonos de la BBC empezaron a arder recibiendo decenas de llamadas. Si actualmente para muchas personas (sobre todo mayores) lo que se emite por televisión es una verdad casi incuestionable, en la década de los 50 la credibilidad de todo lo que aparecía en pantalla estaba fuera de toda duda. Indudablemente, ayudó el hecho de que, en ese momento, los espaguetis no eran un producto muy consumido en Gran Bretaña. De hecho, era un plato «extranjero», casi exótico. Las llamadas telefónicas al programa comenzaron a sucederse esa misma noche y arreciaron durante todo el día siguiente. Por aquel entonces la pasta no era un alimento habitual en la dieta de los británicos, y fueron cientos los espectadores -de los ocho millones que vieron el programa- que quisieron asegurarse de que los espaguetis, en efecto, crecían en los árboles.
Ante el revuelo generado, Richard Dimbleby apareció de nuevo en las pantallas de los británicos al día siguiente para aclarar que se había tratado de una broma con motivo del April Fool’s Day. Charles de Jaeger, el cámara del programa, le había comentado unas semanas antes a su director, Michael Peacock, que uno de los profesores que había tenido de niño en Viena solía meterse con sus alumnos acusándolos de ser lo bastante tontos como para creer que los espaguetis crecían en los árboles.
La verdad era que los espaguetis, lejos de ser recolectados directamente de los árboles en bonitas plantaciones alpinas, no eran más que masa de cereal estirada y cortada en tiras. No muy distinta, en realidad, de su porridge o cualquier otro mejunje de trigo o avena. La decepción del pueblo inglés al descubrir que el ingrediente principal de un plato tan exótico podía fabricarse ahí al lado, en cualquier nave industrial del condado de Warwickshire, como si fuese vulgar comida británica, fue notable.
Otras Famosas Bromas y Engaños
La historia de la cosecha de espaguetis es solo un ejemplo de cómo la creatividad y el ingenio pueden ser utilizados para crear bromas memorables que desafían nuestra percepción de la realidad.
La Hamburguesa para Zurdos de Burger King
En 1998, miles de personas acudieron a los restaurantes de la cadena Burger King para solicitar la nueva hamburguesa especialmente diseñada para zurdos que habían visto anunciada el día anterior a toda página en USA Today. Se trataba de la Left-Handed Whopper, una farsa del tamaño del lago Míchigan. El anuncio de Burger King estaba dirigido a los treinta y dos millones de zurdos que vivían en Estados Unidos en aquel entonces. La Whopper original, con lechuga, tomate, cebolla, pepinillo y carne, tenía la particularidad de que su interior había sido rotado 180 grados, «con lo que se redistribuye el peso del sándwich de modo que la mayor parte de los ingredientes se desvía hacia la izquierda, reduciendo así el riesgo de que la lechuga y otras coberturas se derramen por el lado derecho de la hamburguesa». El anuncio especificaba que incluso las semillas de sésamo habían sido meticulosamente dispuestas para garantizar la distribución de pesos de tal forma que la hamburguesa no se desequilibrase mientras uno se la estaba comiendo. Miles de clientes pidieron aquel día «la hamburguesa normal para diestros», al enterarse del engaño.

El Intruso en el Maratón Olímpico de Múnich de 1972
En los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, un joven alemán llamado Norbert Sudhaus se incorporó a la maratón poco antes de que Frank Shorter, el estadounidense que corría en primer lugar, finalizase la prueba. En pantalones cortos y con un dorsal falso colocado en la espalda, Sudhaus entró victorioso en el estadio, siendo jaleado al instante por el público asistente. Estaba a punto de ganar una maratón olímpica recorriendo apenas trescientos metros al trote, sin sudar. Los jueces lo interceptaron poco antes de que lograse cruzar la línea de meta. Unos metros más atrás aparecía entonces Shorter, el auténtico campeón, que observaba atónito cómo se llevaban de la pista a un corredor que nadie sabía de dónde había salido. La sorpresa del atleta estadounidense fue aún mayor cuando el público, que había comprendido lo que sucedía, comenzó de repente a aplaudir a Sudhaus y a abuchearle a él, cuyo único pecado había sido recorrer los cuarenta y dos larguísimos kilómetros de la maratón en lugar de saltar a la carrera en las cercanías del estadio.
Munich 1972 | Marathon | Frank Shorter | Athletics | Olympic games 1
La Estrategia de los Huevos "Sucios" Holandeses
En otros casos, la mentira es tan razonable y sólida que, en realidad, es una verdad indiscutible. Algo así debieron de pensar los responsables de la industria del huevo en Holanda en el año 1973, cuando, ante una evidente caída en las ventas, llegaron a la conclusión de que la causa residía en la excesiva pulcritud con la que se presentaba el producto. Aquel aspecto impoluto, casi cerámico, proyectaba una imagen tan artificial que desmotivaba al comprador. La solución no podía ser ignorar los procedimientos de higienización del huevo, ya que se pondría en peligro la salud de la población, pero sí podía simularse que todos provenían directamente del gallinero. Bastaba con presentarlos como si así fuese. Se añadió, por tanto, una nueva fase al proceso de fabricación que consistía en pegar a la cáscara algo similar al estiércol y el barro una vez se había llevado a cabo su obligatoria limpieza, de tal forma que el producto final parecía completamente natural, ajeno al tratamiento industrial. Era el único modo de que aquellos huevos aparentasen ser tan reales como eran, a pesar de su aspecto artificial. Toda aquella porquería de mentira los convertía en los huevos caseros que más escrupulosamente cumplían con la normativa sanitaria industrial.
La Falsa Venta de la Torre Eiffel
En 1925, la realidad era que París no podía afrontar los gastos de mantenimiento de la Torre Eiffel, un monumento temporal que se había levantado a propósito de la Exposición Universal de 1889 y que las autoridades llevaban desde 1909 queriendo trasladar a otra parte. El estafador Victor Lustig encontró su oportunidad hojeando las páginas del periódico, donde se relataba el problema que comenzaba a suponer para París la torre del Campo de Marte. Al enterarse de que el Gobierno francés pensaba deshacerse de ella, pensó que tampoco hacía daño a nadie si él obtenía algún beneficio en la operación. Así que se hizo pasar por el subdirector general del Ministerio de Correos y Telégrafos y citó en el Hotel de Crillon a seis conocidos comerciantes de la industria metalúrgica, negocio muy provechoso por aquel entonces.

En la calle les esperaba una limusina que les conduciría a la Torre Eiffel, donde se cerraría el acuerdo. Lustig aprovechó el viaje para comprobar cuál de los seis era el más ingenuo y decidió que su presa sería André Poisson, el menos experimentado de todo el grupo de empresarios y el que más deseaba apuntarse un tanto en el competitivo mundo de los negocios parisinos. Organizó otra reunión con Poisson y le explicó que su posición en aquella operación era la de un funcionario mal pagado al que le había correspondido la responsabilidad de adjudicar la adquisición de la torre, no teniendo inconveniente en que su decisión se viese incentivada de alguna forma. A las pocas horas, Victor Lustig y la persona que en todo momento se había hecho pasar por su secretario, el estafador estadounidense Robert Arthur Tourbillon, se estaban subiendo a un tren con dirección a Viena y efectivo suficiente para varios años. Poisson, timado y humillado, jamás acudió a la policía.
La Última Broma de Graham Chapman
Otra gran mentira que su autor mantuvo hasta el final fue la que se le ocurrió a Graham Chapman, célebre miembro de los Monty Python -para que se ubiquen: interpretó a Brian en La vida de Brian-, y que su compañero John Cleese rememoró entre risas durante su funeral. Como cuentan el propio Cleese y Terry Gilliam en Monty Python: casi la verdad, durante sus últimos años de vida, el aspecto físico de Chapman era cada vez peor. Parecía más cansado, más viejo, definitivamente enfermo. Poco tiempo después, cuando ya no pudo ocultarlo más, terminó reconociendo públicamente que sufría un cáncer terminal, pero decidió gastar su última broma. El perfecto ejercicio de humor negro. Se puso en contacto con uno de los principales periódicos del Reino Unido y les explicó que había logrado curarse y que estaría dispuesto a revelar cómo lo había hecho a cambio de una cuantiosa suma de dinero. En el periódico aceptaron, colocaron a Chapman en portada, le dedicaron una entrevista a doble página e ingresaron un buen pellizco en su cuenta bancaria. «Murió un mes después», dijo Cleese al terminar de contar la historia.
La Naturaleza de la Mentira
A veces la sinceridad es una forma de traición. Uno vive feliz contemplando un mundo falso y perfecto a través de un cristal amañado y de repente alguien aparece y lo rompe de una pedrada. Como si, de antemano, todos prefiriésemos saber la verdad en lugar de vivir equivocados. Hay engaños que son mucho más admirables que la verdad. Visto así, no le faltaba razón al premio Nobel islandés de literatura Halldór Laxness cuando escribía en su novela Bajo el glaciar que una buena mentira es a menudo mucho más significativa que cualquier verdad dicha con toda sinceridad. Aunque esta máxima sea, en esencia, una trola muy gorda, que es de lo que se trata. De ahí que unos huevos ensuciados a propósito resulten más convincentes que unos huevos impecables: porque una buena mentira tiene más consistencia y disposición que cualquier verdad mustia, por muy cierta que sea. Poisson ignoraba que hay mentiras tan elaboradas, tan redondas y perfectas que, en el fondo, no son mentira. Como que los holandeses prefieren huevos sucios o que Francia, en 1925, quería vender la Torre Eiffel. Otras mentiras, sin embargo, se alejan mucho más de la verdad, pero vale la pena sostenerlas en el tiempo, aunque sea por puro placer. Como la de los niños pequeños y los Reyes Magos, la de Ricky Martin y la mermelada o la de aquel italiano que decía vender ralladura de queso parmesano pero en realidad eran mangos de paraguas triturados.