Históricamente, es común decir que el trabajo doméstico no es “productivo” porque no genera mercancías, en contraposición al trabajo realizado fuera del hogar. Esta es una suposición injusta: el trabajo doméstico es el que permite que todos los demás trabajos sean posibles, garantizando la supervivencia y el bienestar. Sin embargo, estas labores siguen estando desvalorizadas en la estructura social actual.

La naturalización de la división sexual del trabajo
La jerarquía que subordina las labores domésticas no es natural. Se denomina división sexual del trabajo a la asignación de las tareas reproductivas a las mujeres y las “productivas” a los hombres. Esta construcción se aprende desde la infancia en las familias, escuelas e instituciones. Las expectativas de género se refuerzan mediante la violencia interpersonal y estructural, discriminando a quienes no se ajustan a estos roles tradicionales.
Es importante notar que el género se cruza con otras relaciones de poder, como la clase, la raza y la etnia. En Latinoamérica, el trabajo doméstico remunerado está profundamente vinculado a la historia de colonización, donde el racismo sitúa a mujeres indígenas y no blancas en los escalones más bajos de la pirámide social, perpetuando una discriminación específica que limita el acceso a la educación y a trabajos dignos.
Impacto económico: ¿Cuánto aportamos?
Aunque se categorice como “inactividad” en las estadísticas oficiales, el trabajo doméstico es un motor crítico de la economía. Un estudio de ComunidadMujer estimó que, en Chile, el trabajo no remunerado aporta 44 billones de pesos al año, equivalentes al 22% del PIB ampliado, superando sectores como la minería o el comercio. La invisibilización de esta labor surge de sistemas de medición económica creados bajo una visión masculina tradicional, que ignora que, sin estas tareas, el sistema social y económico colapsaría.

La doble jornada y el síndrome de burnout
Muchas mujeres enfrentan lo que la socióloga Laura Balbo definió como "doble presencia": la exigencia de cumplir roles laborales y domésticos simultáneamente. Esta doble responsabilidad genera una carga mental constante -la planificación invisible de las necesidades familiares- que deriva en graves consecuencias para la salud mental y física, como el síndrome de burnout o agotamiento extremo.
Consecuencias de la sobrecarga:
- Salud física: Dolores de cabeza, insomnio y problemas digestivos derivados del estrés constante.
- Impacto profesional: Las mujeres tienen más probabilidades de reducir sus jornadas laborales o renunciar a ascensos debido a la presión de los cuidados.
- Salud psicológica: Ansiedad, depresión y sentimientos de culpa al no lograr cumplir con las expectativas sociales de ser una "mujer perfecta" en ambos ámbitos.
Entrevista | Ansiedad, burnout y carga mental.
Hacia una revalorización del cuidado
El reconocimiento del trabajo doméstico como un trabajo productivo es una demanda central de los movimientos feministas. No se trata solo de la remuneración económica, sino de integrar la protección social y el derecho al desarrollo personal de quienes sostienen la vida.
La lucha es diversa: mientras las trabajadoras del hogar remuneradas luchan por derechos laborales y contra el clasismo, las amas de casa buscan desnaturalizar la idea de que estas labores son una “aptitud femenina” por amor. La corresponsabilidad, apoyada por políticas públicas como permisos de paternidad intransferibles, es esencial para avanzar hacia una sociedad donde el cuidado sea una responsabilidad compartida y no un sacrificio individual.