La confrontación entre Jesús y Satanás en el desierto, específicamente la tercera tentación, es un relato crucial que subraya la naturaleza del poder, la adoración y la soberanía divina. Esta narrativa, detallada en los evangelios, revela la astucia del enemigo y la inquebrantable obediencia de Jesús a la voluntad de Dios.
El Contexto de la Tentación Final
El Escenario y la Oferta de Satanás
Para la tercera tentación de Jesús, Satanás se llevó a Cristo hasta la cima de un monte alto. Este acto tenía el propósito de añadir drama a la escena en sí, aunque no existe ninguna montaña desde donde se pueda ver literalmente el mundo entero. En esta cima, Satanás le mostró a Jesús todos los reinos del mundo en su gloria, lo que seguramente tuvo que involucrar visiones sobrenaturales de diferentes lugares de la Tierra. Esta última tentación se centró simple y llanamente en el poder.
Satanás le ofreció a Jesús ser el dueño y el gobernador del mundo entero a cambio de Su adoración. El diablo le dijo: "mira la gloria y esplendor de Roma, China, India, Teotihuacán, Persia y el resto de las civilizaciones que entonces existían, son mías, y pueden ser tuyas con solo adorarme."

La Naturaleza del Poder de Satanás en la Tierra
De hecho, algo importante sobre esta tentación es el hecho de que Satanás gobierna la Tierra en estos momentos. Pablo considera que el Diablo es el "dios de este siglo" (2 Corintios 4:4) y Jesús mismo más tarde se referirá a Satanás como el "príncipe de este mundo" (Juan 12:31). Satanás podría haberle entregado el gobierno de todo el mundo solamente si Jesús, el Hijo de Dios, lo hubiera adorado.
Aunque la Biblia deja claro que "Del Señor es la tierra y su plenitud, y los que en ella habitan", y que legalmente nadie puede ofrecer lo que no le pertenece, Jesús no objetó esta parte de la oferta. Esto implica que la oferta no hubiera tenido valor ni efecto como tentación si no fuera cierto que podía darle ese poder y esa gloria. Dios había dado a Adán el privilegio de administrar la tierra, de enseñorearse de ella; sin embargo, con su caída se hizo esclavo del pecado, por lo que perdió su derecho sobre sus posesiones para ser de quien lo tomó por siervo. Por ello, Satanás podía llamarse señor de la tierra.
¿Cómo opera el reino de Satanás? Descubre su estructura oculta - Los enemigos que enfrentamos Pt 1
La Promesa de Prosperidad y el "Evangelio de la Prosperidad"
Los lectores deben tener en cuenta que este es el único lugar en las Escrituras en el que a un individuo se le ofrece prosperidad a cambio de adoración. Asimismo, los lectores deben darse cuenta de que esa oferta vino del propio Satanás. El llamado "evangelio de la prosperidad", el cual supone que la fe es en realidad un camino que nos lleva hacia la riqueza o el éxito mundano, es una perversión despreciable de la verdad de Dios (1 Timoteo 6:5; 2 Pedro 2:1-3).
En realidad, no se nos dice si esta tentación fue algo que Jesús hubiera considerado antes de este momento, tal y como lo habría hecho con respecto a la comida (Mateo 4:1-4). Aún así, la mayoría de las personas entienden lo atractivo que nos suena el hecho de poder recibir tal cantidad de poder y soberanía sobre el mundo. La oferta de Satanás era permitir que Jesús se saltara tanto el sufrimiento como la espera, y tomara el control del mundo inmediatamente. Jesús, sin embargo, sabía que Él se iba a convertir en el rey de toda la tierra, pero eso iba a suceder cuando Dios así lo quisiera. Él se contentó con esperar para tomar el trono en el momento en el que Dios quiso que así lo hiciera.
La Respuesta Inquebrantable de Jesús
La Adoración Exclusiva a Dios
Jesús reconoció a Dios como el único digno de adoración. Entonces Jesús le dijo: "Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás" (San Mateo 4:10 RVR1960). Él contestó con la Palabra: "A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás, y por su nombre jurarás" (Deuteronomio). La adoración implica el reconocimiento de la deidad, por eso ésta solo se rinde al Señor. También se refiere a la exclusividad que nuestro Dios reclama para sí. "Mi nombre es celoso" (Éxodo 34:14). Él no comparte su gloria con nadie, de ahí la invalidez del argumento de que todas las religiones son buenas, pues todas llevan a Dios.

La Victoria de Jesús y la Derrota del Enemigo
El Señor usó un solo libro de la Biblia contra el enemigo: Deuteronomio. Al igual que David, de las cinco piedras que tomó (el Pentateuco) usó una sola para vencer al gigante. Los ángeles se admiraron ante la perfección del Salvador y cómo venció en la tentación a aquel que engañó a miles de ángeles al principio. Jesús no cedió ante el enemigo, ni en la tentación, ni en el resto de su vida, pero le dio su golpe mortal en la cruz. Juan citó a Cristo diciendo: "ahora es el juicio de este mundo; ahora será expulsado el príncipe de este mundo Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo" (Juan 12:31-32).
Lecciones para el Creyente
El Engaño del Mundo y la Importancia de la Palabra
Nada de lo que hay en el mundo se puede comparar con Cristo; todo el brillo de esta creación se desvanece con la gloria del Creador. Pero el mundo es una de las herramientas favoritas del enemigo para tentar, y la usó con el Señor también. Nosotros caemos en la tentación cuando apenas se nos muestra una pequeña parte de este mundo, pero el diablo le mostró al Señor "todos los reinos del mundo y la gloria de ellos". Lucas nos da el detalle de que lo hizo en "un momento".
Satanás quería que el Señor se saliera de la voluntad del Padre, ofreciéndole hacerlo rey y evitar la cruz, lo que habría sido mucho más fácil que una vida de sufrimiento. Sin embargo, el Señor les enseñaría más adelante a sus discípulos que "en el mundo tendréis aflicción" (Juan 16:33). El mundo aparenta, muestra el lado bueno y nos hace caer. Asaf, en el salmo 73, relata cómo casi se desliza al ver la prosperidad y la ‘buena vida’ del impío y pensó en seguir el mismo camino hasta que se dio cuenta del fin de ellos. "El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Juan 2:17). ¡Cuántas veces hemos cedido a esta tentación que Satanás nos pone delante! El mundo es atractivo, pero el que ama al mundo el amor del Padre no está en él (1 Juan 2:15).
La Exclusividad de la Adoración y la Deidad de Dios
Por siempre, el hombre ha sucumbido ante el efecto del poder. Se dice: "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente"; incluso, muchas veces vemos cómo a personas oscuras se les da una insignificancia de poder y se vuelven déspotas. Este no fue el caso de Jesús. Él, en su perfección, reconoció la soberanía divina y la exclusividad que nuestro Dios reclama para sí. La adoración solo se rinde al Señor, el único digno.