La siembra del maíz es un factor clave en la productividad del cultivo, ya que el 50% del rendimiento final obtenido está relacionado con cómo nazca la planta. Por lo tanto, el proceso de labranza condiciona claramente el resultado final de la cosecha. Para que la producción sea homogénea, el nacimiento de la planta también ha de ser homogéneo, lo que está relacionado con que tenga lugar una emergencia rápida y uniforme en toda la parcela.
El hecho de trabajar mediante la subcontrata de las tareas de sembrado, bien a través de una cooperativa, una empresa de servicios o una CUMA, lo que permite ahorrar en maquinaria propia a las explotaciones, condiciona sin embargo muchas veces no poder escoger el momento óptimo para labrar, al concentrarse la demanda en pocos días obligando a que las campañas de siembra se alarguen o comiencen antes de tiempo.
Tanto la siembra como la cosecha y el ensilado del maíz representan también la mayor inversión que realizan año tras año las explotaciones de ganado vacuno de leche. Conseguir el mayor rendimiento posible por hectárea cultivada supone optimizar las inversiones y mejorar su nivel de eficiencia.
El maíz se cultiva en Galicia desde hace más de 5 siglos y hoy es el principal cultivo forrajero que realizan las explotaciones lecheras gallegas, por lo que se trata de un cultivo de gran importancia en esta comunidad.

La calidad de la siembra: un factor determinante
Albert Porte Laborde, un ingeniero agrónomo francés y uno de los mayores expertos europeos en el cultivo del maíz, prefiere definirse como un «enamorado» de esta planta más que como un especialista. Él enfatiza que «hacer las cosas rápido sin reflexionar es peligroso» y habla de la «calidad de la siembra» como factor determinante a la hora de conseguir buenos rendimientos de cosecha.
El objetivo es simple: «se trata de lograr nacimientos homogéneos y regulares, no puede existir el éxito en el cultivo del maíz sin homogeneidad». La labor del agricultor es «organizar la competencia entre plantas para que todas sean iguales». Por eso, asegura, «cuando el tractor sale de la finca al acabar de labrar el rendimiento está hecho, bien o mal hecho pero está hecho. Ya no se pueden añadir toneladas, a partir de ese momento se pueden preservar hasta la cosecha final las toneladas que hemos labrado, pero añadir más no. El éxito de la plantación comienza antes de que la sembradora entre en la parcela».
Conociendo la tierra: la importancia del análisis de suelo
«Lo primero es conocer la tierra que tienes. Hay que hacer una analítica de suelo por lo menos cada 4 años porque cambian las características», explica Albert. Una de las cosas a vigilar es el pH del suelo.
«El pH es el indicador más antiguo de la fertilidad del suelo, con un pH bajo la disponibilidad de abono no es buena, así que si se sube el pH del suelo se puede disminuir la cantidad de abono para igual resultado y ahorrar», señala. Con un pH entre 5 y 5,5 solo se aprovecha entre el 50 y el 75% del nitrógeno existente y solo la mitad del fósforo disponible, pero subiendo solo un punto o punto y medio el pH la utilización pasa a ser del 90 y 95%.
«Los suelos en Galicia son entre ácidos y muy ácidos y eso significa que hay que encalar para aumentar el rendimiento», indica. Sin embargo, el pH hay que medirlo justo antes de echar el maíz, advierte, porque «varía a lo largo del año y si lo medimos en febrero y nos da 5 cuando realmente vayamos a echar el maíz en el mes de mayo tendremos un punto menos y estaremos en 4».

Elección del híbrido y estrategias de siembra
A la hora de echar el maíz, el primer factor que determina el resultado final es la elección de un híbrido adaptado a las condiciones de la finca. «No se trata de escoger el más productivo, sino el que vale para esa tierra o lo que se puede hacer en esa zona», afirma Albert.
Para hacer la elección, se recomienda no fiarse solo de los ciclos FAO y mirar el díptico que cada año saca el CIAM con el valor agronómico actualizado de las variedades de maíz forrajero en Galicia. Este análisis comparativo anual se realiza desde 1999 con el objetivo de evaluar el rendimiento y calidad de las variedades comerciales más utilizadas por los ganaderos gallegos.
«El mejor maíz es el que florece más rápido, cuanto antes florezca mejor. En cada zona hay que aplicar las estrategias y escoger las mejores variedades para lograr que una vez sembrado el maíz florezca lo antes posible porque es la manera de conseguir siempre los mejores rendimientos», asegura Albert.
El proceso de germinación del maíz
«Cuando el maíz nace mal el agricultor o el ganadero siempre le echa la culpa a la semilla, diciendo que la semilla era mala, pero ella no tiene la culpa», comenta Albert. El proceso de nacimiento del maíz pasa por varias fases: el grano hincha con la humedad, sale la radícula, el germen punza y rompe la piel del grano, el maíz germina y al llegar a la superficie sale la primera hoja.
Cuando se echa, la semilla en contacto con el suelo absorbe agua. Esta hidratación, que es más rápida cuanto mayor es la temperatura del suelo en contacto con el grano de maíz, siendo la óptima entre los 8 y los 10ºC, es la que permite que nazca la planta.
«La integral térmica del maíz se mide a partir de los 8 grados, pero en Galicia cuando mejores resultados se obtienen y cuando la temperatura media está por encima de los 10 grados de manera sostenida, no sirve que sea un día solo y luego baje. A partir de ese momento es cuando hay que comenzar a sembrar el maíz, no antes. Los 10º son medidos en el suelo, lo que equivale más o menos a un par de grados más en el ambiente», explica Juan.

Preparación del terreno y profundidad de siembra
«La preparación del terreno debe hacerse en función del cultivo anterior. Si viene de un cultivo de invierno, a poder ser que tenga leguminosas porque enriquece el terreno, hay que laborear a 20-25 centímetros de profundidad mediante volteo», explica Juan.
Pero que el arado no sea muy profundo no quiere decir que la tierra no tenga que estar bien trabajada, ya que el suelo debe estar bien removido y triturado para que las raíces del cultivo previo (por ejemplo de raigrás, el más frecuente en Galicia) no entorpezcan la expansión de las raíces del maíz. A veces es mejor esperar un día más para preparar la tierra porque el trabajo es el mismo y el rendimiento final muy diferente. Ese es un error que vale dinero.
«Hay que vigilar bien la preparación del suelo para que la tierra esté en excelentes condiciones para recibir ese grano que le vamos a aportar. El maíz debe nacer en una tierra sin pisar y la calidad del trabajo de labranza influye en el resultado obtenido. En una hectárea el maíz va a crear hasta la floración entre 8.000 y 10.000 kilómetros de raíces y con el manejo que hagamos del suelo podemos ayudarle en ese proceso o dificultárselo. Cada vez que una rueda pasa sobre la tierra pisa el suelo y si pisa, compacta. A partir de las 5 hojas vienen las raíces definitivas y donde está el suelo pisado entran con mucha más dificultad, lo que provoca un rendimiento de entre un 10 y un 15% menos donde el suelo está pisado», asegura Albert, por lo que recomienda hacer la preparación de la tierra con tractores no muy pesados y cuando la tierra no esté muy mojada.
El maíz se siembra habitualmente a una profundidad de entre 4 y 5 centímetros. Una siembra más superficial provoca mayores ataques por parte de los pájaros e incluso de los jabalíes y también un menor desarrollo de las raíces nodales de la planta, lo que favorece posteriormente un mayor riesgo de encamado. Además, a menos de 2 centímetros de profundidad las plantas jóvenes son más vulnerables a los tratamientos fitosanitarios (herbicidas) y a factores de estrés climático (calor extremo y sequía hídrica).
Juan propone decidir la profundidad de la siembra en función de la parcela y también en función de cómo venga el tiempo. «Puede sembrarse entre 3 y 5 centímetros si se esperan lluvias en los días siguientes e ir hasta 6-7 si va a haber tiempo seco».
La velocidad de siembra: un factor a menudo subestimado
Para garantizar que la profundidad de siembra sea regular, es imprescindible que la tierra esté uniforme y bien trabajada y que la maquinaria que hace el trabajo de labranza no tenga defectos o fallos de mantenimiento. También es necesario labrar lentamente, a una velocidad idónea.
«La velocidad de siembra no puede ser muy alta para que toda la semilla quede a la misma altura y a la misma distancia. «La velocidad de la siembra es lo más complicado de hacer entender al agricultor y de concienciarlo. Porque el tiempo vale dinero y piensa que el resultado es el mismo pero no es cierto. Cuando la sembradora abandona la parcela el trabajo está hecho, pero puede estar mal hecho. El argumento de venta de la maquinaria moderna muchas veces es que se puede sembrar a 10, 11 ó 12 kilómetros por hora. Sí, también se puede sembrar a 30 kilómetros por hora si quieres pero haciendo un mal trabajo. La mayoría de las explotaciones gallegas hacen la siembra a través de empresas de servicios que acumulan una importante carga de trabajo en poco tiempo, por lo que es necesario apurar los trabajos para poder atender, con el menor número de máquinas y empleados, al mayor número de clientes. También el ganadero que contrata paga por tiempo.
«Si de cinco granos consecutivos hay tres con más de un 30% de diferencia en la altura de siembra eso quiere decir que esa siembra fue mal hecha», opina. «Todas las sembradoras son buenas, pero una sembradora que siembre bien y muy rápido no existe», dice. El rendimiento final baja cuando se aumenta la velocidad de siembra, asegura.

Densidad de siembra y rendimiento
La relación existente entre una semilla=una planta=una mazorca hace que la densidad de pies de maíz marque también el rendimiento de la parcela. La densidad viene determinada también por la variedad labrada y por el potencial que tenga la parcela para la retención del agua o de los nutrientes disponibles.
La densidad debe adaptarse en función de factores propios de la variedad que escojamos pero también en función de las condiciones propias de cada parcela o de la época de siembra. «La densidad variará en función del híbrido que echemos pero también de la tierra en la que lo echemos, la densidad hay que escogerla en función del potencial de la parcela y en las parcelas que dan rendimientos altos se puede echar un poco más de grano», dice Albert.
«Si se riega el rendimiento también es más alto, por lo tanto, siempre más plantas. Hay que jugar con la densidad en función de lo productiva que sea la finca y sólo debe haber una mazorca por pie, por lo que si vemos plantas con dos mazorcas hay que aumentar la densidad al año siguiente hasta que haya sólo una mazorca por planta, eso es lo ideal», añade. Por eso, dice, la densidad que hay que mirar no es la densidad de siembra, sino la densidad final de las mazorcas que ha dado la finca.
Del número de granos labrados al número final de plantas cosechadas se estima una pérdida de entre el 5 y el 8% entre semillas no germinadas, plagas, etc. El nivel de las pérdidas varía en función de las parcelas y se incrementa en las siembras tempranas, por las bajas temperaturas o por una mayor exposición a los ataques de las plagas.
Nutrición del maíz: fertilización y agua
«El maíz es la única planta que se puede labrar año tras año en las mismas parcelas con buenos rendimientos, sin que estos desciendan por el hecho de labrar en los mismos lugares», afirma Albert. Pero eso pasa por «alimentar» adecuadamente a las plantas. «Hay dos alimentaciones, una va en la fertilización, en los nutrientes del suelo y los abonos que añadimos, y la otra en el agua.
Juan insiste en que «es bueno que el ganadero sepa qué elementos nutritivos tiene que aportar y en qué momento y eso se lo dice el análisis de la tierra», asegura. Destaca que la práctica más habitual en Galicia, la de fertilizar mediante abono orgánico esparciendo estiércol o purín de vaca o de porcino en las parcelas antes de su laboreo es algo «muy interesante» y que permite ahorrar dinero.
«Con purín o estiércol el fósforo y el potasio no son un problema, pero hay que tener cuidado con los aportes de nitrógeno para no provocar quemaduras en la planta, lo que merma el rendimiento», argumenta Albert. A su juicio, «lo más complicado es la fertilización en fósforo, que es vital para el maíz al principio, al inicio de la crescencia. El maíz toma el fósforo por difusión, es decir, las raíces lo aprovechan si está a un milímetro de la raíz, sino no lo absorbe, por eso yo recomiendo siempre usar abono starter localizado, porque los grandes rendimientos se logran siempre con aportes de fósforo localizado al pie del grano de maíz, suministrado mediante microgranulado en el momento de la siembra. Es más importante eso que el tipo de abono, con pequeñas diferencias todos son buenos y en los suelos de Galicia además hay mucho ácido fosfórico, por lo que el fósforo es poco problemático y sólo hay que hacer un pequeño aporte al principio.
«Los fertilizantes químicos es una de las cosas que más se está trabajando ahora. Antes se empleaba el abonado de fondo y el de cobertura, pero ahora ya hay abonos de liberación lenta, que permiten meter todos los componentes en la tierra y que se vayan liberando lentamente», describe por su parte Juan.
El maíz precisa el nitrógeno, el fósforo, el zinc, el magnesio, el manganeso o el potasio en cantidades distintas en función de la fase de crecimiento en el que se encuentre.

Tratamientos fitosanitarios y control de plagas
Junto al abono starter, Albert recomienda usar también en el momento de sembrar un insecticida contra plagas como la del gusano de alambre. Hay abonos microgranulados que ya incluyen este plaguicida.
También los herbicidas deben ser aplicados en el momento justo y en las dosis idóneas. «Cuando las fincas están paradas en invierno muchas veces no queda más remedio que emplear un herbicida de presiembra. En este caso hay que mover bien la tierra después para que se distribuya por el terreno. Los distintos productos usados para los tratamientos incluyen muchas veces advertencias de toxicidad a respecto de dosis o fases de aplicación en función del desarrollo que tenga la planta de maíz.
«La primera hoja del maíz tiene la punta redonda y es la única hoja del maíz con esa forma, a partir de ahí son todas puntiagudas. Para él esa primera hoja es muy importante, porque «es un indicativo del estado de la planta». «Si esa primera hoja con forma redondeada llega verde a la floración de la planta significa que ese maíz no ha pasado ningún episodio de estrés desde que nació y durante todo su crecimiento, porque sino estaría ya seca.
El choclo y su digestibilidad: la celulosa y la fibra
El maíz es un alimento muy versátil, que se puede incluir a través de diversas comidas. Ahora bien, es probable que las personas que más consumen este producto hayan notado que los granos de choclo, cuando se consumen enteros, no se digieren. Entonces, ¿es bueno comer choclo? La respuesta es sí, el choclo es un alimento con muchos nutrientes y que se aconseja consumir, a menos que haya algún tipo de contraindicación específica.
Si bien la capa exterior del grano está hecha de celulosa y no se puede digerir, esa parte constituye solo el 10% del grano. Es importante destacar que el mismo proceso atraviesan otros alimentos ricos en fibra, que es sana para el organismo, pero que no se digiere en su totalidad como sucede con otros componentes de las comidas.
Si bien la parte exterior de los granos de choclo está compuesta por esta sustancia imposible de digerir, hay formas de que el choclo tenga un pasaje más sencillo por el organismo. Los expertos señalan que para transformar los granos de choclo en un alimento más digerible simplemente hay que procesarlos de alguna forma.
Este vegetal contiene grandes cantidades de fibra, principalmente del tipo insoluble. Para que se entienda, cada 112 gramos de granos de maíz tiene 16 gramos de esta sustancia.
Composición nutricional del maíz
El maíz es uno de los tres principales cereales producidos en el mundo junto con el trigo y el arroz, además es un cultivo cosmopolita, lo cual le ha permitido desarrollarse en una infinidad de condiciones climáticas, edáficas, sociales y ecológicas.
Los granos de maíz están mayormente compuestos por carbohidratos, al igual que el resto de los cereales. Cuando se ingieren a través de este tipo de alimentos, el cuerpo convierte en glucosa, que se transforma en azúcar en la sangre.
En un alimento como el choclo se pueden encontrar carotenoides, luteína y zeaxantina.
Este mineral sirve para potenciar la conservación y la reparación de células y tejidos del cuerpo.
