La piña, una fruta tropical hoy accesible y de costo moderado, ostentó en el pasado un valor extraordinario, llegando a equivaler a miles de euros. Entre los siglos XVI y XIX, su dulzura, apariencia llamativa y escasez la catapultaron a ser un artículo de moda, un emblema de opulencia y prestigio que cautivó a las familias aristocráticas europeas, convirtiéndose en una suerte de obsesión.
Originaria de la región donde los ríos Paraná y Paraguay confluyen en América Latina, la planta del ananás era ya conocida por las poblaciones indígenas. Los registros históricos indican que la primera piña fue introducida en Europa en 1496 por Cristóbal Colón, quien la había probado en Guadalupe tres años antes, durante su segundo viaje al Caribe.
En Europa, las piñas despertaron gran interés por ser una novedad, poseer un sabor sumamente dulce y su aspecto exótico. Colón mismo señaló su similitud con el fruto del pino, de donde deriva el nombre en español e inglés ('pineapple'), mientras que en otros idiomas se la conoce como 'ananas'.
En una época donde el azúcar era un bien escaso y costoso, y el consumo de frutas se limitaba a la temporada, las piñas ofrecían una experiencia sensorial única. El botánico inglés John Parkinson, en 1640, describió su sabor como una combinación de "vino, agua de rosas y azúcar". La necesidad de importarlas desde América hacía que solo las personas más adineradas pudieran permitírselas, consolidando así su estatus como objeto de exhibición y símbolo de riqueza y clase social, más que como un alimento para consumo.

Durante los siglos XVII y XVIII, las piñas, tanto frescas como confitadas, se presentaban como curiosidades exóticas en los banquetes de las familias aristocráticas y reales europeas, dispuestas en vajillas especialmente elaboradas. Incluso se documenta el caso de personas que, sin poder adquirirlas, las alquilaban por unas horas para exhibirlas en eventos sociales.
La popularidad de la piña se acentuó en el Reino Unido con la llegada al trono en 1688 del rey holandés Guillermo III de Orange y su esposa María II Estuardo, ambos entusiastas de la horticultura. Hacia finales de siglo, familias adineradas emprendieron costosos proyectos para cultivar piñas en invernaderos especializados, tanto en Inglaterra como en los Países Bajos.
El carácter de la piña como símbolo de opulencia se refleja también en la arquitectura. Un ejemplo destacado es la decoración en forma de piña que corona una torre de Dunmore Park, una residencia escocesa construida alrededor de 1760. Esculturas de piñas adornan también las dos torres de la Catedral de San Pablo en Londres y los obeliscos del puente de Lambeth.

Las cortes europeas, como la de Luis XV en Francia o Catalina de Rusia en el siglo XVIII, también exhibieron y valoraron la piña. La investigadora Lauren O'Hagan de la Universidad de Cardiff señaló que su alto costo y deseabilidad las convertían en objetos de alta seguridad, y quienes las transportaban a banquetes corrían el riesgo de ser asaltados.
La "obsesión europea por la piña", como la describió el sitio de gastronomía Eater, comenzó a declinar alrededor de 1820. El aumento de las importaciones, la consecuente reducción de precios y la mejora en las técnicas de conservación de alimentos hicieron que la fruta se volviera más accesible.
El protagonista de la novela "David Copperfield" de Charles Dickens (1850) menciona la piña como un manjar exclusivo, resaltando las cualidades que conquistaron a las élites aristocráticas entre los siglos XVI y XIX. Antes de ser una fruta común, su sabor, color y forma la convirtieron en un símbolo de estatus, tan codiciado que incluso se alquilaba por horas.
El explorador, militar y botánico español Gonzalo Fernández de Oviedo, en su obra "Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano" (1547), dedicó cinco páginas a la descripción de la piña, destacando su superioridad sobre otras frutas. Este interés por la piña no fue exclusivo de Oviedo; muchos exploradores europeos contribuyeron a su publicidad en el Viejo Continente.
La exclusividad de la piña, derivada de las dificultades y riesgos del transporte marítimo de larga duración, que comprometían su calidad y elevaban su precio, fue un factor clave en su adopción por las clases altas europeas. La fruta, originaria de América del Sur y el Caribe, ofrecía un sabor dulce en una época en que el azúcar era un bien de lujo.
Richard Ligon, autor de "Historia verdadera y exacta de la isla de Barbados" (1657), describió el aroma de la piña como superior al de las frutas europeas más selectas. El comercio intercontinental, a diferencia del consumo de frutas estacional en Europa, proporcionó un flujo más constante de ciertos alimentos, y la piña, cultivada en regiones con climas estables, mantenía un sabor y aroma consistentes.
El exotismo de la piña también sedujo a la alta sociedad europea. Se dice que Cristóbal Colón la nombró así por su parecido con el fruto del pino, aunque al observarla detenidamente, esta similitud no era tan evidente. Frente a la "vieja y seria manzana", cargada de simbolismo religioso en la época, la piña representaba la novedad, la aventura y el interés por lo desconocido.

El elevado costo de las piñas, que algunas fuentes estiman en el equivalente a 7.000 euros actuales, llevó a que muchas fueran adquiridas no para su consumo, sino para exhibición, funcionando como un símbolo de estatus comparable a un automóvil de lujo, un teléfono de última generación o una prenda de alta costura en la actualidad. Por ello, se convirtió también en un objeto de regalo apreciado.
Una vez que la aristocracia europea desarrolló métodos para cultivar la piña en invernaderos y jardines botánicos, esta pasó de ser un obsequio a un alimento más accesible. El jardinero del rey, John Rose, obsequió una piña a Carlos II en el siglo XVII, evidenciando su valor como regalo.
En el Reino Unido, el furor por la piña se manifestó en la colocación de estatuas de esta fruta en las fachadas de numerosos edificios, como la Catedral de San Pablo en Londres y la Dunmore House en Falkirk (Escocia), consolidándola como un símbolo de opulencia y poder.
Aquellos que no podían permitirse una piña o su representación tenían la opción de alquilarla, pagando por horas para exhibirla en eventos sociales o simplemente para ostentarla. Esta práctica, aunque pueda parecer curiosa, subraya la importancia social que adquirió la fruta.
En tiempos recientes, se ha observado una peculiar moda en España: asistir a supermercados entre las 7 y las 8 de la tarde con una piña en el carrito de la compra como una estrategia para conocer gente y ligar. Esta tendencia, aunque sorprendente, evoca la idea de la piña como un elemento que trasciende su función como fruta, recordándonos su histórico papel como catalizador social y objeto de deseo.