En la mitología griega, Gea (también conocida como Gaya o Gaia), o simplemente Tierra, es la diosa y personificación de la «Tierra». Se trata de una deidad primordial considerada el arquetipo de la «madre tierra» en la cultura clásica. Es la progenitora fecunda y antepasada común de todos los dioses, hombres y seres vivos. No solo tiene un sentido religioso, sino también filosófico y cultural. Pertenece al grupo de divinidades primordiales, seres que surgieron al inicio del cosmos, tras el caos primigenio. Gea representa la materia sólida, el suelo fértil, el mundo físico, siendo eterna, autosuficiente y generadora de vida.
Para los griegos antiguos, «la tierra» y Gea eran inseparables como concepto físico, biológico y cósmico, sin la separación moderna entre geología, ecología o filosofía cosmológica. La tierra era a la vez el suelo que pisa el hombre, la matriz que engendra la vida (principio generador) y el soporte de todo lo existente (mundo habitable, ecúmene). El uso contemporáneo de «Tierra» con mayúscula se asocia con nuestro planeta, mientras que en la concepción griega clásica, Gea no representaba un planeta ni un concepto abstracto separado, sino la tierra en su sentido amplio y unificado. Su versión romana, Terra, dio nombre, en el Renacimiento, a nuestro planeta, mientras que el continente único de la era Paleozoica fue nombrado Pan-Gea en honor a la diosa.

El Nacimiento de Gea y las Primeras Cosmogonías
La narración de Hesíodo en la Teogonía comienza contando que, al principio de los tiempos, existió el Caos y después, surgió Gea «de amplio pecho», la sede eterna de los dioses del Olimpo. Gea era considerada como una de las deidades primordiales, brotada espontáneamente sin intervención sexual. Cuando Gea nace, el Caos, el espacio puro o la extensión sin ningún contenido y el vacío, desaparece, por tratarse en cierta forma de fases contrarias entre sí. Esto designa que estos nacimientos no son fruto de relaciones sexuales, en gran parte porque el Amor (Eros) emergió como ente primordial al mismo tiempo que Gea. No obstante, existen dos concepciones de Eros: como ente primordial o como hijo de Afrodita y Ares, una dualidad no resuelta por los mitólogos.
Sin unirse con nadie («sin mediar el grato comercio»), Gea alumbró a Urano -el «cielo» estrellado-, con sus mismas proporciones. Después alumbró a los Oreos -las «montañas»-, morada de las ninfas de los montes, y a Ponto (el Mar).
Hay en Hesíodo referencias a varios sistemas cosmogónicos, aunque él los organiza de una determinada manera. Dentro del terreno griego encontramos las cosmogonías órficas, si bien estos textos están vinculados a cultos secretos, lo que ha favorecido su pérdida casi completa. Según estos textos, atribuidos a Orfeo, el principio de todo era la «Noche», que daba origen al Cielo (Urano); este era el primer rey, al que seguían Cronos y Zeus.
Existe aun otra versión de Ferécides de Siro, donde el tercer principio es Khthoníe (cf. khthon = «tierra»). Otros dicen que Ctonia, junto con Zas y el Tiempo, siempre habían existido. A continuación, Zas fecunda a Ctonia, uniéndose en matrimonio y, desde entonces, pasaría a llamarse Gea.
La Progenie de Gea y la Primera Revolución Cósmica
Gea, después de alumbrar a Urano, Ponto y los Oreos, se unió a su hijo Urano. «Acostada con Urano, alumbró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe de áurea corona y a la amable Tetis. Después de estos doce hijos, Gea alumbró para Urano a los soberbios Cíclopes, semejantes a los demás dioses pero con un solo ojo redondo en medio de la frente. La fuerza, el vigor y la habilidad presidían todos sus actos. Finalmente, de Gea y Urano nacieron sus hijos más jóvenes, los Hecatonquiros, monstruosos engendros de «cien manos» y cincuenta cabezas.
Todos los Uránidas (hijos de Urano) estaban irritados con su padre. Cada vez que alguno estaba a punto de nacer, Urano los retenía ocultos en el vientre de Gea, sin permitirles ver la luz, y se complacía cínicamente con su cruel acción. Había encadenado a los Cíclopes y Hecatonquiros en el Tártaro. Gea, casi al borde de estallar por el dolor que le causaban sus hijos en sus entrañas, y considerando injusto que se les privara de la luz, se lamentaba en su interior y urdió un plan astuto. Forjó una enorme hoz de acero brillante (un pedernal o adamanto) y explicó su estrategia a sus hijos. Un temor se apoderó de todos, y ninguno se atrevió a responder. Sin embargo, el osado Cronos, de mente retorcida y armado de valor, fue el único que contestó: «Madre, yo prometo llevar a cabo esta empresa, pues no siento piedad por nuestro abominable padre».
Cuando Urano llegó durante la noche y se echó sobre Gea, ansioso de amor, Cronos, saliendo de su escondite, logró alcanzarlo con la mano izquierda, mientras con la derecha empuñaba la enorme hoz. Con rapidez, segó los genitales de su padre y los arrojó detrás de él. Urano, herido, empezó a sangrar abundantemente. De la sangre que brotó de esa herida nacieron las Erinias (diosas de la venganza, también conocidas como Furias), los brutales Gigantes y las Melias (ninfas de los bosques). Los genitales de Urano cayeron al Ponto, y de la espuma blanquecina que surgió alrededor nació Afrodita. Gea también se unió a su hijo Ponto, de donde nació el benévolo, justo y sabio Nereo, conocido como el ‘Anciano de mar’.

La Venganza de Gea: De Cronos a Tifón
Tras la caída de Urano, Gea propició el regreso de sus hijos, los Titanes, desde el Tártaro, y ellos confiaron el poder a Cronos como nuevo soberano divino. No obstante, Cronos resultó ser tan cruel como Urano. Rea, embarazada de Cronos, sufría al ver cómo su esposo engullía a sus hijos nada más nacer, pues Urano y Gea le habían revelado a Cronos que era su destino sucumbir a manos de su propio hijo. Cronos devoraba a sus hijos (entre ellos Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Tea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis) para evitar este oráculo. Cuando Rea estaba a punto de dar a luz a su último hijo, Zeus, suplicó a sus padres que la ayudaran a urdir un plan para ocultar su alumbramiento. Gea y Urano la pusieron al corriente de cuanto estaba decretado que ocurriera. Rea, siguiendo el consejo de Gea, envolvió una piedra en pañales y se la entregó a Cronos, quien la devoró pensando que era Zeus. Gea llevó a Zeus al monte Ida, en Creta, donde fue amamantado por la cabra Amaltea (vocablo griego que significa «cabra»), cuyo cuerno roto se convirtió en la Cornucopia, que proporcionaba todos los alimentos que deseara.
Más tarde, Zeus, guiado por Gea, hizo vomitar a la prole que había devorado Cronos. La piedra que Cronos había tragado en lugar de Zeus fue devuelta. También Zeus liberó de sus cadenas a los Cíclopes, y estos le regalaron el trueno, el rayo y el relámpago que Gea antes tenía ocultos en sus entrañas. Estalló entonces la Titanomaquia, una guerra sin cuartel por el dominio del universo entre los hijos de Cronos (Olímpicos) y los Titanes. La guerra concluyó con la victoria de los Olímpicos, quienes contaron con la decisiva ayuda de los Cíclopes y los Hecatonquiros.
Mas, de nuevo, Gea no quedó satisfecha. La derrota de los Titanes le había dolido. Luego que Zeus expulsó del cielo a los Titanes, Gea concibió a su hijo más joven, el monstruoso Tifón, unida al Tártaro. Tifón era tan alto que su cabeza alcanzaba las estrellas, aunque lo más espantoso eran las serpientes que brotaban de todo su cuerpo, las cabezas de dragón que remataban sus dedos o el fuego que expedían su boca y sus ojos. No sin trabajo, Zeus consiguió vencerle y enterrarlo bajo el volcán Etna.
Gea, indignada por el destino impuesto a los titanes, instigó a los Gigantes, nacidos de su unión con Urano, a rebelarse contra los nuevos soberanos del cosmos, provocando así la Gigantomaquia. Se había vaticinado que los dioses no podrían aniquilar a ningún gigante a menos que un mortal combatiera a su lado. Conociendo esto, Gea buscó una droga para que no pudieran ser vencidos ni por un mortal, pero Zeus, adelantándose, destruyó la sustancia. Finalmente, Zeus venció a los gigantes y los enterró bajo enormes montañas.

Roles y Atributos de Gea: Madre, Profetisa y Fuerza Primordial
Gea es una divinidad primordial, la personificación de la tierra, considerada la Gran Madre de todo lo creado, pues es el origen de todo ser o ente viviente y la que proporciona su manutención. Es la progenitora fecunda y antepasada común de todos los dioses, hombres y seres vivos.
Gea era considerada una deidad precursora en el arte de la profecía. Al parecer, era Gea quien presidía el oráculo más antiguo y célebre del mundo griego, el Oráculo de Delfos, el cual posteriormente traspasó sus poderes a sus hijas Temis y Pitón. Es muy posible que Gea se adorase, en un primer momento, en terrenos agrietados, al borde de los acantilados o quizás al borde de volcanes inactivos; los vapores que desprenden pudieron haber sido considerados como las emanaciones de donde surge la inspiración divina. Quizás la concavidad volcánica pudo haber sido emulada por los calderos que sostenía el trípode sagrado, de donde la sacerdotisa obtenía el oráculo. También se piensa que los oráculos eran transmitidos por incubación, es decir, revelaciones dadas por medio de sueños durante un ritual que consistía en permanecer toda una noche acostado sobre la tierra tras invocar las fuerzas telúricas.
Como diosa ctónica, Gea debió ser invocada en bosques, lagos, montes y grutas, lugares mencionados con frecuencia por los poetas. En el Himno homérico, se le da un tratamiento homogéneo como Madre de la Naturaleza, como «Madre de todo cuanto existe». Este aspecto de la Diosa Madre posee características abonadas desde tiempos prehistóricos, desde figurillas del Paleolítico hasta civilizaciones metalúrgicas. Numerosas culturas adoraron a una diosa única como la «esencia universal de la naturaleza», comprendiendo fertilidad, virginidad, abundancia, cosecha, bosques, lagos sagrados, estaciones, ciclos lunares, y todo principio femenino. Mientras diosas como Afrodita, Hera y Rea se asimilan a la fertilidad, maternidad y nacimiento, otras como Artemisa, Hécate y Atenea reflejan lo virginal, lo primitivo, el dominio de lo salvaje y la justicia. No obstante, estas mismas diosas también protegen el parto y son fuente de las artes y trabajos mujeriles. Un epíteto en un himno órfico, «polipikoilos», que significa ‘multiforme’, podría referirse a los «cambios» que sufre la tierra. Ambos himnos (homérico y órfico) resaltan su capacidad de dar frutos y su naturaleza destructora, mostrando sus dos aspectos.
En el arte clásico, Gea era representada de dos formas: en vasijas pintadas atenienses, como una mujer entrada en años, medio levantada del suelo. En la tradición épica, Gea aparece en genealogías heroicas, como madre de Erecteo, futuro rey de Atenas, subrayando la conexión sagrada entre la tierra ática y su linaje real. Como gran madre nutricia, Gea desempeñó también el papel de nodriza y protectora de héroes y reyes. En algunos mitos, Gea actúa como principio de transformación y refugio, integrando en su seno a figuras que pasan del estado humano o divino al vegetal, como Dafne convertida en laurel o Pitis en pino.

Paralelismos y Legado Cultural
Se han descubierto relaciones entre las cosmogonías griegas y las de Oriente Próximo, evidenciadas por el desciframiento de tablillas cuneiformes, especialmente hititas. En estas, la sucesión de reyes divinos se divide en tres etapas cronológicas: Urano, Cronos y Zeus, similar a la sucesión en la que Anu es sucedido por Kumarbi, y este por el Dios de la Tormenta (equivalente a Zeus), quien lucha contra una figura monstruosa similar a Tifón. Las cosmogonías orientales, como la babilónica, donde Tiamat (el agua salada) era el agua primordial, y luego se produce la separación cielo-tierra, tienen paralelismos con la griega, aunque con diferencias, como la ausencia de la idea del padre destronado por el hijo en algunas de ellas.
Los órficos concebían como principio de todo al «huevo cosmogónico», idea encontrada en mitos como el de Pan-ku de la antigua China, o el Hiranyagarbha o «útero de oro» de los hinduistas, lo que muestra la influencia de cosmogonías orientales. Aunque en las cosmogonías órficas son pocas las referencias de Gea como Protogenoi, otras introducen a Gea como un Protogenoi, pero siempre precedida por otros que la constituyen, ya sea originada a partir de agua y su propia sustancia, o de una de las mitades del huevo primordial. Estas similitudes sugieren posibles influjos culturales en el segundo o primer milenio a.C. en la región del Egeo y Asia Menor.
La tradición mitológica respecto a la diosa Gea continuó, diferenciándola del resto, e incluso siguió su veneración, sus cultos y sus rituales. Su figura individual como diosa pasó como legado a Roma como la diosa Tellus. Además, estaba relacionada con Cibeles, ya que esta diosa presidía las cosechas de cereales y granos, al igual que Deméter. En Anatolia (actual Turquía), Cibeles era venerada como Magna Mater (‘Gran Madre’) o Mater Nostri (‘Nuestra Madre’) en Roma, e identificada con Ceres. En el siglo XII, la irrupción del cristianismo comenzó la desmitificación de la tierra, imponiendo la imagen de la Virgen María en su lugar, aunque la esencia de la «Reina del Mundo» o «Reina del Cielo» comparte atributos con Gea, pero se distancia de su fertilidad.
Aun hoy día, entre los pueblos tribales, como los aborígenes de Perú, Ecuador, Bolivia, Chile y otros países sudamericanos, se le rinde culto como la Pachamama, la Madre Tierra, cumpliendo la misma función de antaño de ser la proveedora de alimentos. En estas sociedades, se la comprende como un ente vivo y sagrado.
El nombre mitológico de Gea fue rescatado en 1979 por James Lovelock para su Hipótesis Gaia, que propone que los organismos vivos y las materias inorgánicas forman parte de un sistema dinámico que da forma a la biosfera de la Tierra.
La Hipótesis Gaia (Gaia) HD - La Noche: El Mundo por Montera (TVE 1990)
Las Entrañas de Gea: Recursos y Conflictos en la Historia y el Presente
En las entrañas de Gea anidan los volcanes, los ríos, la vegetación, los océanos y todos los recursos naturales que permiten la vida y el desarrollo de la civilización. Estos recursos naturales han sido a lo largo de la historia una fuente recurrente de conflictos debido a su valor estratégico, económico y político. El control de las tierras fértiles, los minerales, el agua o las fuentes de energía, ha generado eternas disputas.
En las primeras civilizaciones, el acceso a recursos esenciales condujo a la expansión y a la guerra en Mesopotamia y Egipto por el control del agua de los ríos Tigris, Éufrates y Nilo. Otros conflictos se generaron por el control de las rutas fluviales, por los metales y recursos minerales para la fabricación de armas y herramientas, así como objetos de prestigio. Los imperios como los hititas lucharon por controlar regiones ricas en metales en Anatolia; las expediciones militares micénicas buscaban acceso a minas y rutas comerciales. Atenas y Esparta se enzarzaron en guerras continuas por el dominio de los recursos del mar Egeo. El Imperio Romano se expandió en busca de cereales, metales y esclavos.
En los siglos XV al XIX, la búsqueda de oro, plata, especias, caucho y azúcar impulsó las conquistas en América, África y Asia, provocando violencia y trabajos forzados, así como conflictos armados. En los últimos siglos, el petróleo ha sido el detonante de graves conflictos en el Medio Oriente; las guerras civiles en Sierra Leona y Angola estuvieron ligadas al control de los diamantes. Ahora, en el siglo actual, los llamados recursos de conflicto, representados por el agua, el litio y las tierras raras, se perfilan como las nuevas fuentes naturales causantes de tensiones entre naciones.
Las tierras raras son un conjunto de hasta diecisiete elementos químicos clave en el siglo XXI por su importancia en las nuevas tecnologías: móviles, pantallas, discos duros, radares, misiles, imanes, tecnología militar, aviación, catalizadores y baterías, entre otros. Su extracción y procesamiento son complejos y costosos, generando problemas medioambientales y dilemas éticos por los residuos tóxicos que afectan a suelos y agua, externalizando la producción a países menos restrictivos. El control de su cadena de suministro redefine el mapa geopolítico y las relaciones de poder, influyendo en la energía, la defensa y la competitividad global.
Gea, la diosa Tierra, aboga por el orden natural, es madre y sustento de la vida, y propugna el respeto al equilibrio natural. Su esencia no es la guerra ni un dominio feroz de los recursos que atesora en sus entrañas, sino la relación profunda entre el ser humano y la propia tierra. Hoy, el reto es conseguir un equilibrio entre los cambios climáticos, las energías no contaminantes, la protección del medio ambiente y la seguridad para todos, de forma que estos materiales tan necesarios no se conviertan en herramientas de presión ante la gran dependencia que el mundo tiene de ellas.