Los ajíes picantes, conocidos también como chiles, jalapeños o pimientas, han sido durante miles de años un componente del placer culinario humano. Únicos mamíferos en consumirlos, dividimos a la población entre quienes disfrutan de su sabor y quienes no. Sin embargo, más allá de su gusto, la ciencia moderna ha comenzado a revelar importantes razones médicas que apuntan a que el picante puede ser un aliado para nuestra salud.
La intensidad del picante se mide en la escala de Scoville, que indica cuántas veces una muestra de ají seco debe ser diluida en agua azucarada para que su calor sea imperceptible. Un pimentón verde registra cero en esta escala, mientras que un ají habanero puede oscilar entre 100.000 y 350.000 unidades.

Orígenes Históricos y Evolutivos del Consumo de Ají
La relación de la humanidad con el ají picante se remonta a civilizaciones antiguas. Los mayas, por ejemplo, utilizaban hileras de esta planta para crear cortinas de humo irritantes, y códices aztecas muestran prácticas donde se usaba el ají en contextos punitivos, como obligar a un niño a acercarse a un hoyo con chiles encendidos.
Curiosamente, el códice azteca también documenta el uso del ají para calmar el dolor de dientes, una función analgésica que persiste hasta nuestros días. Joshua Tewksbury, historiador de la Universidad de Washington, sugiere que la sensación de irritación que provoca la capsaicina es un mecanismo evolutivo. Según él, el cerebro interpreta la señal como una quemadura, similar a la de una hornilla encendida, aunque no sea una quemadura térmica real. Este fenómeno es exclusivo de los mamíferos; las aves, por ejemplo, pueden consumir pimientos sin sentir el ardor.
Tewksbury postula que la planta evolucionó para repeler a animales que pudieran triturar sus semillas con los dientes, al tiempo que se volvía inofensiva para aquellos que pudieran dispersarlas. Además, el ají picante evolucionó para combatir microbios, una adaptación de gran relevancia en épocas pre-médicas y de refrigeración, especialmente en zonas tropicales donde la vulnerabilidad a bacterias en alimentos y personas era mayor. Se estima que el chile picante destruye o inhibe hasta el 75% de estos patógenos.
La rápida expansión del ají por el mundo tras su introducción por Cristóbal Colón en 1493, y su posterior diseminación por mercaderes portugueses hacia Asia, transformó las cocinas locales. Inicialmente, se creía que el consumo de picante en climas calurosos ayudaba a refrescar la piel a través de la sudoración.

Beneficios para la Salud del Ají y el Merkén
Investigaciones recientes, como las realizadas en 1988 por la Universidad de Cornell en países como India, Tailandia y China, han confirmado que el uso de especias picantes estaba fuertemente ligado a sus propiedades antibacterianas. Se observó una mayor prevalencia de su uso en naciones cercanas al ecuador, así como en áreas de valles húmedos y altiplanos. La relación entre el clima, el riesgo de enfermedades infecciosas y el consumo de picante sugiere que los humanos en climas "peligrosos" desarrollaron un gusto por el ají que probablemente "salvó muchas vidas".
Propiedades Nutricionales
El ají picante es una fuente valiosa de antioxidantes. Por ejemplo, una porción de 42 gramos puede cubrir la dosis diaria recomendada de vitamina C, aunque en cantidades que podrían intensificar significativamente el sabor de un plato. Además, son ricos en vitamina A y minerales esenciales como el hierro y el potasio.
Potencial Terapéutico
La capsaicina, el compuesto activo que otorga el picante al ají, ha sido vinculada con la pérdida de peso. Se postula que su efecto irritante puede ser capaz de eliminar células y, en consecuencia, combatir procesos inflamatorios crónicos.
El merkén, un condimento tradicional chileno elaborado a base de ají seco y ahumado, cilantro tostado y sal, aprovecha estas propiedades. Compuesto en su mayoría por ajíes, destaca por su alto contenido de ácido ascórbico y vitamina A, además de la capsicina. El ají es un buen analgésico, aumenta la producción de colagenasa y prostaglandinas, que ayudan a reducir el dolor y la inflamación. El consumo de picante también estimula la liberación de endorfinas en el cuerpo, generando una sensación de bienestar.
En aplicaciones tópicas, el merkén se utiliza como antirreumático debido a sus propiedades irrigadoras: al aplicarse en la piel, aumenta el flujo sanguíneo local, lo que puede aliviar el dolor. Ocasionalmente, se emplea como expectorante y descongestionante, ayudando a dilatar las vías respiratorias.

Riesgos Asociados al Consumo de Merkén y Ocratoxina A
A pesar de sus beneficios, el consumo de ají y productos derivados como el merkén no está exento de riesgos, especialmente cuando se detectan contaminantes. Recientemente, el Ministerio de Salud de Chile ordenó el retiro de lotes de merkén de la marca Gourmet debido a la presencia de Ocratoxina A, una micotoxina potencialmente peligrosa.
¿Qué es la Ocratoxina A?
La Ocratoxina A es una micotoxina producida por hongos de los géneros *Aspergillus* y *Penicillium*. Se encuentra comúnmente en alimentos como cereales, café, cacao, frutos secos, vinos, cervezas y carne de cerdo. Su presencia es más habitual en productos de regiones geográficas húmedas. Esta toxina es relativamente estable y puede persistir en los alimentos a pesar de procesos de producción como secado, liofilización o cocción, requiriendo temperaturas superiores a los 250 °C para su eliminación significativa.
Efectos en la Salud
La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica la Ocratoxina A en la categoría 2B como una sustancia "posiblemente carcinogénica para humanos". Estudios en animales han demostrado que esta micotoxina puede causar:
- Daño renal (nefrotóxico): Es el principal órgano afectado. La exposición a Ocratoxina A se ha asociado con la nefropatía endémica de los Balcanes, una enfermedad renal crónica mortal, y tumores del tracto urinario.
- Daño hepático (hepatotóxico).
- Efectos en el sistema nervioso (neurotóxico).
- Efectos en el sistema inmunológico (inmunotóxico).
- Efectos embriotóxicos y teratogénicos (daños en el desarrollo fetal).
- Potencial carcinogénico, con evidencia de tumores en riñón e hígado en exposiciones a largo plazo y dosis elevadas.
Aunque una intoxicación aguda por Ocratoxina A no es inmediata, su consumo prolongado puede derivar en problemas de salud crónicos. El Ministerio de Salud chileno ha emitido alertas destacando que esta toxina puede afectar el hígado, los riñones y el sistema nervioso, siendo también perjudicial para personas embarazadas.
En Chile, el Reglamento Sanitario de los Alimentos establece límites máximos permitidos de Ocratoxina A en diversos productos, incluyendo cereales, café y jugos de uva. Los límites varían, por ejemplo, 5 ng/g (o ppb) en cereales y 10 ng/g en café instantáneo. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) establece un nivel máximo semanal de exposición humana de 120 ng/kg de peso corporal.

Uso Culinario del Merkén
El merkén es un condimento versátil que puede enriquecer una gran variedad de platos. Algunas formas de utilizarlo incluyen:
- Mezclado con aceite de oliva extra virgen para acompañar pan tostado o marinar carnes.
- Combinado con mantequilla para usos similares.
- Espolvoreado directamente sobre carnes a la parrilla.
- Incorporado en salsas para añadir un toque picante.
- Añadido al chocolate caliente para una experiencia de sabor única.
Para mejorar las vías respiratorias, se puede preparar un vapor de merkén o freírlo e inhalar su aroma.
Consideraciones sobre el Consumo y la Calidad
El consumo excesivo de merkén puede generar inflamación de las mucosas del estómago, provocando vómitos, diarrea y gastritis. Sin embargo, un consumo normal no suele acarrear problemas mayores. La presencia de micotoxinas como la Ocratoxina A subraya la importancia de los sistemas de aseguramiento de calidad en la industria alimentaria, así como análisis rigurosos de materias primas para garantizar la seguridad del consumidor.
Las empresas productoras deben implementar controles para detectar la presencia de hongos y aplicar fungicidas antes de que los productos lleguen al consumidor. La trazabilidad y la transparencia en la cadena de producción son fundamentales para identificar y retirar lotes contaminados, protegiendo así la salud pública.