La Metáfora de un Mundo Complejo y las Clases Sociales
La literatura, como el arte en general, a menudo crea una distancia entre el artista y su entorno, incluso cuando busca representarlo. “Basta que un artista sea capaz de escribir de su entorno, para que de alguna manera se aleje de él”, escribe Fuguet. Esta distancia implica que, aunque se pueda ingresar a través de sus páginas en esos pueblos abandonados donde Dios parece estar presente en cada esquina con una iglesia, ese mundo es ficción.
No hace mucho, cuando la paranoia y el terror de la administración Trump opacaba todo posible discurso y conversación, fui invitado a una cena donde se discutía si era posible entender a los votantes de Trump leyendo los libros de autores como Raymond Carver o Tobias Wolff, porque se supone que retratan la cultura white trash. El autor de este ensayo dice que no. Todos estaban de acuerdo en la inutilidad de intentar comprender esa realidad a través de la literatura.
En aquella cena, la conversación sobre Trump y la venganza del "white trash" - esa gente que votó por un millonario que se hace pasar por un hombre de pueblo - se daba entre platos de poke, ajíes rellenos, empanadas fritas de queso de cabra y sopas ramen, acompañados de un variado maridaje. Se idealizaba un EE.UU. particular, sin cruzar nunca el Hudson hacia Nueva Jersey ni conocer a artistas como Springsteen o Tom Petty, a pesar de tener libros de Patti Smith. Había una clara superioridad que se intentaba disimular con humor e ironía.
Sin embargo, gran parte de lo mejor de la literatura norteamericana y de la creación mundial, viene desde abajo, de lo que algunos denominan trash (black o white, y ahora latino) o lumpen o proletario. Esto es más que obvio y ha sido así siempre. Scott Fitzgerald, por ejemplo, es la excepción, no la regla.
Muchos autores que han escrito acerca de personajes que perfectamente podrían votar por Trump (o por Bush o por Reagan) no dudaron en votar por Clinton o Bernie Sanders, pero sus personajes son otra cosa. Son parte de esa vasta población por donde los aviones pasan encima y que las élites evitan. Algunos de los autores indispensables norteamericanos vienen de esos territorios y escriben con la autoridad que da conocer ese mundo de cerca.
Lo fascinante y lamentable del elemento de las clases sociales o del origen es que el arte que sale del mundo obrero (y acá me voy a restringir al arte white trash) no es consumido por sus pares. Películas como Winter’s Bone o Frozen River, cintas estupendas acerca de mujeres con todo en su contra, ambientadas en sitios olvidados de Missouri y Nueva Inglaterra, no triunfan o funcionan en sus lugares de origen. Existe la idea de que todo arte pasa por un cedazo estético que termina distanciando a aquellos que deberían sentirse identificados e interpelados.

Richard Ford y el "Realismo Sucio": Un Retrato de Vidas que No Son Mínimas
A pesar de que en los primeros libros de Raymond Carver aparecían obreros en sus portadas, fue cooptado y transformado en un dirty realist. Realismo sucio. ¿Por qué sucio? ¿Prosa sucia, gente sucia, un mundo sucio? Hay poca suciedad en los cuentos de Carver y mucha soledad y alcoholismo, compras en Walmart y trabajos que hunden y socavan a sus personajes. Los primeros libros de Richard Ford (Rock Springs, Incendios) captan el Oeste y esas “vidas mínimas”. Sin embargo, se cuestiona el porqué esas vidas son "mínimas".
Quizás donde mejor aparece el llamado white trash profundo, ese segmento ignorante y resentido, adicto a la comida rápida y al crack, racista y aterrorizado, xenofóbico y básico, es viendo realitys que poseen cero filtro. Lo cierto es que tanto en los libros de Carver y Ford como en los de Wolff y Denis Johnson, las vidas que captan son cualquier cosa menos mínimas. Una teoría sugiere que con la literatura norteamericana traducida, esta clase obrera temida y ridiculizada, que provoca espanto porque votó por Trump, no parece una amenaza, porque los que se sienten amenazados y aterrados son ellos mismos.
Un fragmento de “El hermano rico”, un cuento clave de Tobias Wolff, muestra esta dinámica: “-Sé por qué lo haces. Es porque no tienes ningún objetivo en la vida. -Eres básicamente un individuo asustado -dijo Donald-. Muy amenazado. Siempre has sido así.” Otro trozo del cuento “Comunista”, de Richard Ford, ilustra a Glen Baxter como un hombre asustado de algo que nunca había visto antes: “algo blando en su interior, o el que su vida tomara un rumbo que no le gustaba…”. Al leer a los realistas sucios se entiende que es el miedo, el abandono y la desolación lo que los mueve, y por eso cuesta tildarlos simplemente de white trash o de votantes de Trump.
Los miedos y fisuras en la realidad, muy al contrario de generar arte, suelen ser el combustible para encender la pira del odio. Para eso, claro, están los libros, esa es su función.
El Queso Roquefort: Tradición y la Revolución del Color
Los sibaritas conocen bien las numerosas variedades de queso azul, que se caracteriza por las vetas azul-verdosas que lo recorren. Sus distintos tipos poseen perfiles de sabor distintivos: suaves o fuertes, dulces o salados. Sin embargo, pronto podríamos comprar quesos azules que contradigan su nombre y presenten vetas de distintos colores: quizá verde amarillento, marrón rojizo rosado o tonos más claros u oscuros de azul, según un artículo publicado recientemente en la revista Science of Food.
“Llevamos más de 10 años interesados en los hongos del queso, y tradicionalmente, cuando se desarrollan quesos curados con moho, se obtienen quesos azules como el Stilton, el Roquefort y el Gorgonzola, que llevan cepas fijas de hongos de color azul verdoso”, explica Paul Dyer, de la Universidad de Nottingham y coautor de esta última investigación. Su equipo quería comprobar si era posible desarrollar nuevas cepas con nuevos sabores y apariencias.
El queso azul existe desde hace mucho tiempo. Cuenta la leyenda que un joven dejó su pan y su queso de cabra en una cueva cercana y, meses después, regresó y descubrió que se había convertido en Roquefort. Los estudiosos creen que la gente solía guardar los quesos en cuevas porque sus niveles de temperatura y humedad eran particularmente favorables para los mohos inofensivos.

Desvelando la Genética del Color y la Percepción del Sabor
El proceso de fabricación del queso azul es básicamente el mismo que el de cualquier queso, con algunos pasos adicionales cruciales. Requiere el cultivo de Penicillium roqueforti, un moho que prospera con la exposición al oxígeno. Se añade al queso, a veces antes de que se forme la cuajada y otras ocasiones mezclado con esta después de que se haya producido. Después, el queso se madura en un entorno de temperatura controlada. Las bacterias lácticas desencadenan la fermentación inicial, pero acaban muriendo y el P. roqueforti toma el relevo como fermentador secundario. La perforación de la cuajada forma canales de aire en el queso, y el moho crece a lo largo de esas superficies para generar la característica veta del queso azul.
Una vez que los científicos publicaron el genoma completo del P. roqueforti, se abrieron oportunidades para estudiar este hongo del queso azul. Las distintas cepas “tienen cultivos de colonias y texturas diferentes, y las cepas comerciales se venden parcialmente en función del desarrollo del color”, escribieron Dyer y sus colegas. Esta coloración procede de los pigmentos de los revestimientos de las esporas que se forman a medida que crece la colonia.
El equipo identificó una vía bioquímica específica, que comienza con un color blanco que gradualmente pasa de amarillo-verde, rojo-marrón-rosa, marrón oscuro, azul claro y, finalmente, ese icónico azul verdoso oscuro. Emplearon la eliminación selectiva de genes para bloquear los de la biosíntesis de pigmentos en varios puntos de esta vía. Esto modificó el color de las esporas, brindando una prueba de concepto sin afectar negativamente la producción de compuestos volátiles del sabor ni los niveles de metabolitos secundarios llamados micotoxinas. Estas últimas están presentes en concentraciones lo bastante bajas en el queso azul como para no suponer un riesgo para la salud humana, y el equipo quería asegurarse de que siguieran siendo mínimas.

Sin embargo, la normativa de la industria alimentaria prohíbe las cepas de hongos creadas mediante la eliminación de genes para la producción comercial de queso. Así que Dyer y sus colaboradores recurrieron a la mutagénesis con luz ultravioleta, que consiste básicamente en “inducir la reproducción sexual del hongo”, para producir cepas mutadas no modificadas genéticamente y crear quesos “azules” de distintos colores, sin aumentar los niveles de micotoxinas ni afectar a los compuestos volátiles responsables del sabor.
“Lo interesante fue que, una vez que fabricamos el queso, hicimos algunas pruebas de sabor con voluntarios de toda la universidad, y descubrimos que, cuando la gente probaba las cepas de color más claro, pensaban que su sabor era más suave”, explica Dyer. “Mientras que opinaban que la cepa más oscura tenía un sabor más intenso. Del mismo modo, con la de color marrón más rojizo y la verde claro, la gente consideraba que poseían un elemento afrutado y ácido, mientras que, de acuerdo con los instrumentos de laboratorio, el sabor era muy similar. Esto demuestra que las personas perciben el sabor no solo por lo que comen, también por lo que ven”. El equipo de Dyer espera trabajar con los fabricantes locales de queso y comercializar las cepas mutadas, ofreciendo a los productores la posibilidad de configurar características deseables como color, velocidad de crecimiento o acidez.
La Construcción de una Voz Propia: Maestros y Herencias Literarias
La escritura es una pelea continua contra la procrastinación, el pánico a que se agote la fuente de donde todo viene, y el temor a ya no ser nunca mejor de lo que uno ha sido. En este oficio, los maestros y héroes, aquellos que con su forma de ver el mundo construyen la nuestra, son fundamentales. La infancia del autor estuvo marcada por una mezcla de influencias culturales.
Infancia Lectora y Héroes de Papel
Desde la infancia, con apenas cuatro años, una calcomanía a medias rota en la cocina de un departamento alquilado, una casita de tejados rojos, ofrecía solaz y refugio, imaginando infinitas posibilidades de vida. La lectura en voz alta de historietas como las de Larguirucho, el pato Donald, y la pequeña Lulú por parte del padre, fue crucial. Más tarde, la "sordera" (o quizás una temprana abstracción e inmersión en mundos de fantasía) marcaba la experiencia. Esta etapa inicial sentó las bases para el oficio de escribir, buscando qué cosas hubo que leer, escuchar y ver para desarrollar una voz y mirada propias.
Por entonces, algunos héroes eran personajes de historieta: Jackaroe, un hombre hermoso y rubio, criado por indios de América del Norte, nómade y con puntería escalofriante; Nippur, un guerrero sumerio exiliado con sed de venganza y errancia impenitente. A ellos se sumó el héroe magno: el Corto Maltés de Hugo Pratt, quien, al haber nacido sin línea de la fortuna, se la había hecho él mismo con una navaja, afirmando: “El destino soy yo: yo me lo hago”. Con los años, la autora se pregunta si no ha terminado siendo una mezcla de todas esas cosas: un cowboy que necesita poco, un errante con hogar establecido, alguien que anda con la navaja en el bolsillo dispuesto a hacer destino por mano propia.
Mario Vargas Llosa: "Nunca me he sentido un extranjero gracias a los libros" | EL PAÍS
En esos años, una chica de ocho, nueve, diez años leía historietas y libros que su padre le daba: Horacio Quiroga, Ray Bradbury, la colección amarilla de Robin Hood, Juan José Manauta, pero también Ian Fleming, Arthur Hailey, Wilbur Smith o René Barjavel, incluyendo las páginas "prohibidas" de sexo. Esta mezcla cultural se complementaba con cine seis veces por semana (películas de la Hammer, westerns, films de Leonardo Favio), una abuela alemana "tozuda y libertaria", y padres con gustos muy distintos: un ingeniero químico aventurero y melancólico lector de Cavallería Rusticana, y una madre con vocación de ama de casa que adoraba a Joan Manuel Serrat, María Elena Walsh, Julio Sosa y detestaba a Marilyn Monroe.
La Furia Sagrada y la Escritura como Fuego
El momento exacto en que la escritura comenzó es difuso, probablemente cuando fue capaz de hacerlo de corrido. Eran poemas de amor y cuentos de ciencia ficción que imitaban el estilo de Ray Bradbury, escritos en un cuaderno Gloria en un escritorio rebatible. Este espacio era respetado por sus padres, quienes fomentaban la idea de que la escritura era su mundo privado. Sin embargo, otras lecturas tuvieron un impacto más profundo. El poema "Hombres necios que acusáis" de Sor Juana Inés de la Cruz, descubierto en libros de colegio secundario, parecía escrito para ella. Este texto encendió -y aún alimenta- una "furia sagrada" y una "sublevación satánica" contra la hipocresía y el prejuicio de un pueblo donde el prestigio femenino fluctuaba por actos superficiales. Esta voluntad casi maníaca de ir contra el lugar común y demoler preconceptos puede tener sus raíces en haberse criado en un pueblo donde el pasado condenaba a todo el mundo.
Poco después, la lectura de Rimbaud, Arcipreste de Hita en español antiguo y T. S. Eliot sin saber inglés, con versos como “A Cartago llegué entonces. Ardiendo, ardiendo, ardiendo, ardiendo. Oh, Señor, tú que me arrancas. Oh, Señor, tú que arrancas ardiendo”, elevaba una inspiración voraz. No se sabe cómo se pasó de aquellos primeros poemas y cuentos a vivir en estado de escritura, pero de pronto todo -películas, ruidos de chicharras, jazmines de la madre, poemas de Lorca, sábanas que chorreaban agua- empezó a producirle unas ganas casi sexuales de escribir. A los trece, catorce años, la escritura caminaba dentro de la autora como un fuego violento, una pasión solitaria y a veces triste.
El encuentro con el "Señor Equis", un maestro que no fue héroe pero sí fundamental, marcó un hito. A los quince años, en su taller literario, se leía y opinaba sobre textos, desarrollando un estilo de no ficción. Este mentor la recibió con una lista de libros esenciales como Cándido de Voltaire o Adolfo de Benjamin Constant. Estas dos lecturas tempranas, junto con otras, inyectaron la "lucidez atroz del paso del tiempo y de las oportunidades perdidas", la "pérdida total de la esperanza" y la evidencia de que la voluntad no sirve para casi nada cuando hay que avanzar por el desfiladero del destino, construyendo una forma de ver el mundo en la que la candidez o la inocencia ya no serían posibles.