En este trabajo se analiza el documental La hora de los hornos (1966-1968), realizado por el grupo Cine Liberación, con dirección de Fernando “Pino” Solanas y guion de Octavio Getino. Esta película es probablemente el documental político argentino más reconocido en nuestro país y en el exterior, sobre el que se ha escrito la mayor cantidad de material crítico y teórico. Se puede considerar a La hora de los hornos como un film emblema, no solo por ser una película fundacional del cine político nacional, sino también por su carácter monumental, ya que contiene centenares de documentos, imágenes, fotografías, citas y testimonios en sus más de cuatro horas de duración.
La película fue filmada y exhibida de manera clandestina, dado que el clima político y social era cada vez más represivo en Argentina. Los realizadores, Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino, se lanzaron a la más hermosa y difícil de sus "aventuras", concibiendo y realizando esta obra, la cual, a pesar de las innumerables crisis creativas, técnicas, políticas, personales o grupales, se convirtió en una utopía proyectada a sus espectadores naturales.
Contexto Histórico y Político: Una Argentina en Ebullición
Para comprender La hora de los hornos, es fundamental recordar los años épicos y violentos de la década de 1960, un periodo lleno de rupturas, sueños y utopías. La película se comienza a rodar en 1966, momento en el cual asume Juan Carlos Onganía como presidente de facto de la autotitulada Revolución Argentina. Este contexto estuvo marcado por una violencia institucionalizada y un desánimo imperante, producto de más de una década de dictaduras o gobiernos surgidos sobre la proscripción de las mayorías nacionales.
La violencia "gorila", con el bombardeo a la población civil en 1955, los fusilamientos de 1956, las torturas del Plan Conintes y la movilización militar de trabajadores en huelga, generó miles de proscritos y presos políticos. Se disolvió el Congreso y se proscribió al Peronismo, buscando borrar diez años de historia de la memoria del pueblo. La oligarquía porteña, que había usado sistemáticamente la violencia para imponer su proyecto desde grandes genocidios (la guerra contra el gaucho, la guerra contra el Paraguay y la guerra contra el indio), había derrocado con golpes de Estado a cuanto gobierno constitucional y popular se opuso a sus designios en este siglo. En este escenario, La hora de los hornos se erige como la gran épica del Peronismo revolucionario, donde los personajes y héroes del documental son colectivos: el pueblo y las masas trabajadoras.

El Peronismo como Movimiento de Liberación
El film analiza el Peronismo desde 1945 hasta 1966, resaltando que en 1945 era un movimiento nacional de avanzada, un hecho precursor de las grandes luchas de liberación anticolonial en Asia y África. En lugar de banderas rojas, flameaba la bandera argentina, desafiando los modelos revolucionarios europeos y marxistas de la época. Para los cineastas, Perón fue un gran improvisador e intérprete de la voluntad de su pueblo, un caudillo popular que encabezó el proceso de liberación y permitió que el pueblo peronista viviera diez años de democracia nacional, nacionalizando servicios públicos y el crédito bancario. Los trabajadores se convirtieron en la columna vertebral de su Movimiento. A pesar de las limitaciones y la crisis de 1950 que debilitó al movimiento, el Peronismo mantuvo una gran organización y fuerza política, y la película busca revalorizar la relación del líder con las masas.
Sin embargo, el documental también aborda la caída de Perón en 1955, cuando, en un contexto de golpe militar con apoyo de la Iglesia y la burguesuesía, el líder se va del poder sin dar lucha. La película documenta la masacre de cientos de personas a mediodía, un evento que también aparece dentro de la misma película. El film critica a los burócratas del partido y señala que el Peronismo, al carecer de una dirección revolucionaria, resultó un blanco fácil para el enemigo. La irrupción del ejército "gorila" en la ciudad desencadenó una "fiesta de los gorilas" y la celebración de la "Revolución Libertadora" por parte de la Iglesia y los comunistas, mientras se desataba la violencia contra el pueblo y se proscribía al Peronismo, proclamándose como la "única solución" a los males del país.
El Grupo Cine Liberación y el Tercer Cine
Fernando "Pino" Solanas y Octavio Getino conformaron el grupo Cine Liberación, cineastas revolucionarios que buscaron transformar el cine en la década del sesenta. Getino fue coguionista y productor, mientras que Gerardo Vallejo fue asistente de dirección. Sus ideas sobre el Tercer Cine resultaron novedosas y revolucionarias, oponiéndose al cine de Hollywood y al cine independiente pequeño burgués europeo. Este nuevo cine se inspiraba en las luchas de los pueblos colonizados y neocolonizados que estaban luchando por su liberación.
Para el grupo, el cine quiere ser espejo de la existencia, buscando el autodescubrimiento para la humanización y la libertad propia. Su objetivo era concientizar al público sobre su opresión para inducirlo a la acción revolucionaria. Getino y Solanas concebían el film como un cine militante que "se asume integralmente como instrumento, complemento o apoyo de una determinada política", buscando contrainformar, desarrollar niveles de conciencia, agitar y formar cuadros. De esta manera, el cine dejaba de ser un fin en sí mismo para convertirse en un medio efectivo y potente para la transmisión y difusión de contenidos ideológicos y políticos. Los cineastas tenían la convicción de que la liberación del hombre, deshumanizado por la sociedad colonial, era una cuestión existencial de primer orden, por lo tanto, luchar para liberarse era indispensable. El cine militante era anti-individualista, atacando el mito del autor burgués, pues "no hay gran director, hay equipo de trabajo", y el fin último de la película era liberar al hombre.
Charla Pino Solanas 1991
"La Hora de los Hornos" como Film-Ensayo y Cine Militante
La película es abordada desde la noción de film-ensayo, un concepto que permite analizar tanto sus aspectos ideológico-políticos como los cinematográficos. El ensayo, como género literario, desarrolla un tema a partir de la exposición de tesis con una notable subjetividad por parte del autor. El film-ensayo, según Catalá Doménech, es una reflexión cinematográfica y política a través de imágenes y sonidos que se ejecuta sobre la realidad, lo que le confiere una fuerte impronta documental.
La hora de los hornos presenta todas las características del film-ensayo: la presentación y desarrollo de un tema a partir de la explicitación de determinadas tesis, la creación de un relato libre que construye su propia forma, y la utilización de diferentes materialidades y recursos. Fernando Solanas afirmaba: "Aprovechamos todo aquello que [era] necesario o útil a los fines del conocimiento que se plantea[ba] la obra. Desde secuencias directas o de reportajes a otras cuyo origen formal se situa[ba] en relatos, cuentos, canciones o montajes de imágenes-conceptos". El cine-ensayo permite transitar rápidamente entre lo íntimo y lo dramático, mezclando comentarios, diálogos y dramatizaciones.
Esta película no fue concebida únicamente como un ensayo cinematográfico, sino fundamentalmente como un ensayo político y el primer film de intervención política en la historia del cine argentino. Los realizadores imprimieron una intencionalidad política clara, priorizando la institución política sobre la cinematográfica. Getino y Solanas priorizaron el aspecto didáctico y persuasivo que permitía la estructura, o la falta de estructura, propia del ensayo. La creación de un lenguaje nuevo, libre de formas establecidas (unidades dramáticas, duración estándar, etc.), les permitió apelar a una mayor cantidad de recursos para desarrollar sus tesis políticas. La obra fue concebida como parte de un proyecto político más amplio: el peronismo de izquierda revolucionario.
Elementos Cinematográficos y Narrativos
La hora de los hornos destaca por su estructura narrativa original y no lineal, un collage de imágenes, sonidos y testimonios. Solanas se encargó de la cámara, y la película se basó en una recopilación intensiva de materiales de archivo, principalmente noticieros y entrevistas. Su narrativa es discontinua, a saltos, buscando la interpretación activa del público. La fuerza dialógica del cine sedujo a los cineastas, quienes, con esta película, se consagraron como comunicadores sociales. La composición de imágenes de gran fuerza y belleza, junto con una búsqueda de equilibrio de las formas, hacen de la perspectiva estética una parte esencial de su estilo cinematográfico.
El film se abre y cierra con la misma imagen: una llama proyectada en la noche hacia el espectador. A lo largo de la película, se intercalan imágenes que forman un collage, como soldados que patean a civiles o un general que se cuadra. Consignas pintadas y textos como "La patria grande. Latina: la gran nación inacabada" o la cita de Aimé Césaire ("Mi apellido: ofendido. Mi nombre: humillado. Mi condición: rebelde. Mi edad: la de la rebeldía") guían la narrativa. La película se estructura en trece secciones, con un relator que habla en "off" al público. Este formato invita al espectador a dar sus puntos de vista, abriendo el debate en momentos clave del film.

Los realizadores, con la convicción de vivir en una sociedad prerrevolucionaria, aspiraban a que la película contribuyera a la revolución social liberadora. Las ideas de ideólogos que respaldan su punto de vista son citadas profusamente, dando tiempo suficiente para su lectura. Solanas y Getino integran el marxismo y el revisionismo histórico en su análisis. El valor artístico reside en los personajes colectivos, donde la subjetividad individual pasa a segundo plano, y las normas morales y el "deber ser" guían al hombre como parte de una gesta social colectiva.
El Mensaje Político y Social del Film
El documental es un profundo análisis de la política latinoamericana desde una perspectiva nacional y socialista. Busca develar la situación de explotación que sufre el pueblo argentino, negándole la posibilidad de cambiar sus destinos por la vía democrático-burguesa. Se denuncia que al pueblo se le considera "subhombres", que la explotación es discriminatoria y racista, y que la oligarquía siempre lo despreció. Se recuerda cómo, con el pretexto de "civilización o barbarie", se atacó a los gauchos y rebeldes montoneros, buscando restarles categoría humana. El film muestra imágenes de indios matacos que se quejan del racismo, preguntando: "¿Por qué la tierra que es mía no es mía?".
La película critica la dependencia que el imperialismo ejerce contra la población local, identificando a la clase media, el "medio pelo", como una clase protegida de la oligarquía, y a la pequeña burguesía como la "eterna llorona de un mundo perturbado". La clase alta es definida como "los dueños del país" y de la tierra, vinculados a intereses foráneos y al capital financiero americano. También se critica a las élites cultas en un ambiente superficial, y a los oligarcas argentinos que "no entienden nada del país". El imperialismo, se señala, utiliza el aparato intelectual internacional para someter al propio pueblo, ofreciendo becas y subsidios a intelectuales, y las embajadas, afirman, buscan "corromper la conciencia nacional".
Getino y Solanas presentan a Manuel Mujica Lainez como un ejemplo del artista colonizado, mostrándolo en la presentación de su libro, totalmente desencantado con Argentina y deseando vivir en Europa. Ante la pregunta de qué hacen los intelectuales colonizados, el film responde que la cultura oficial es falsa y obscena, instando a "inventar", a "descubrir nuestros mitos", en contraposición al artista neocolonizado que se conforma con ser traductor o espectador. Para los ensayistas, la única opción de los intelectuales es luchar, y el film se dirige con detenimiento a la platea, afirmando que "un pueblo sin odio no puede triunfar".
En última instancia, La hora de los hornos es un contundente llamado a la acción. No es una mera exhibición cinematográfica, sino un proceso en el que es necesario participar como "protagonistas" del proceso que testimonia, generando discusión y debate político entre los asistentes. No hay espectadores inocentes, todos deben "ensuciarse las manos", pues un espectador pasivo es, en el fondo, un cobarde o un traidor. Los cineastas creen que los países neocolonizados y colonizados terminarán derrotando al imperialismo y a sus aliados locales, y que el nacionalismo conducirá al socialismo, llevando al enfrentamiento de clases con el objetivo final de una sociedad socialista.
Impacto y Legado de una Obra Fundacional
La película fue un acto de resistencia contra la dictadura y un instrumento para la movilización, el debate y la discusión política. El grupo se vio obligado a trabajar en la ilegalidad más absoluta, con el Congreso clausurado, las actividades políticas y estudiantiles prohibidas, la censura implantada y la universidad intervenida, y sin perspectiva de cambiar la violencia del sistema por vías constitucionales. En este contexto, la experiencia de la lucha del Tercer Mundo alimentaba y enseñaba el camino de la violencia popular como alternativa de liberación.
Finalmente, en 1973, con la apertura democrática y la vuelta de Perón a la presidencia, la película se exhibió en el circuito comercial. En pocos meses, La hora de los hornos pasó de ser un "film maldito" a un mito, una leyenda, ejerciendo una profunda influencia no solo en América Latina, sino también en Europa y Estados Unidos. Cientos de proyecciones en Argentina, en casas de familia, parroquias, sindicatos, escuelas o facultades, a pesar de la represión, se convirtieron en verdaderos "actos de liberación", generando emociones y aprendizajes. Han pasado más de veinte años desde su realización, y los problemas denunciados en el film siguen vigentes, incluso agravados, reflejo de una Argentina ajena y sometida que aún espera realizar su proyecto "para la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación". Por todas estas razones, La hora de los hornos se revaloriza, ofreciendo conocimiento sobre aquellos épicos años 60 y su lucha por la soberanía popular y la democracia.