Todos los que son llamados por Dios al ministerio del evangelio se comprometen solemnemente a una vida de obediencia alegre y de servicio altruista, un compromiso que glorifica a Dios y enriquece a su pueblo. En la Biblia, los términos pastor, obispo o anciano designan el mismo oficio sagrado. La labor del pastor es fundamentalmente espiritual; por ello, la iglesia tiene la responsabilidad de elegir hombres piadosos, capaces y capacitados por el Espíritu Santo, evitando los errores de quienes buscan el cargo por ambición o dinero.

El llamado al ministerio: Interno y externo
Nadie debe tomar para sí esta honra sino aquel que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. El llamado incluye una inclinación interna -el deseo sincero de servir- y una capacidad otorgada por el Señor para la enseñanza. No obstante, el llamado interno no es suficiente; requiere la confirmación y el consentimiento de la congregación local. Así como Cristo emplea su cuerpo, la Iglesia, para poner pastores, la comunidad cristiana debe evaluar las credenciales y el carácter del candidato mediante un sufragio o consenso, asegurándose de que el aspirante cumpla con las normas apostólicas.
Cualidades morales y espirituales (1 Timoteo 3, Tito 1)
La Escritura es clara en cuanto a las características de quien aspira al pastorado. La fortaleza espiritual de una congregación nunca estará por encima de la de sus líderes. Las cualidades exigidas son mayoritariamente de carácter ético y moral:
- Irreprensible: Debe tener un testimonio intachable, tanto dentro como fuera de la iglesia.
- Marido de una sola mujer: Fiel en su vida matrimonial y sexual; un ejemplo de pureza y compromiso.
- Sobrio y prudente: Con dominio propio, mente clara y un comportamiento ordenado, alejado del caos.
- Apto para enseñar: Posee el don de instruir en la sana doctrina y retener la palabra fiel para exhortar y refutar a los que contradicen.
- Hospitalario y amable: Debe ser generoso con los necesitados, paciente, gentil y buscador de la paz.
- No dado al vino ni pendenciero: Debe controlar su carácter, evitando actitudes explosivas, violentas o irascibles.
- No codicioso de ganancias deshonestas: Un pastor debe amar el ministerio, no el dinero, rechazando la avaricia.
- Buen administrador de su hogar: Debe gobernar bien su casa y tener hijos creyentes o sujetos con dignidad, pues quien no sabe dirigir su familia no podrá cuidar de la iglesia de Dios.
- Madurez espiritual: No debe ser un recién convertido, para evitar que caiga en la soberbia y la condenación del diablo.

El pastor como siervo y ejemplo del rebaño
El pastor debe cuidar el rebaño de Dios no por obligación ni por ambición, sino con afán de servir. Como bien enseña 1 Pedro 5:1-4, los líderes no deben ejercer señorío como tiranos, sino ser ejemplos para el rebaño. Un verdadero pastor protege a las ovejas, las alimenta con la Palabra y está alerta ante los falsos maestros que, con apariencia de piedad, buscan explotar a los feligreses.
Responsabilidades prácticas del pastorado
El ministerio exige integridad en cada área:
- Integridad doctrinal: Predicar y enseñar con esmero, evitando inventos humanos.
- Transparencia y honestidad: Ser prudente con los recursos personales y del ministerio, promoviendo prácticas de rendición de cuentas.
- Confidencialidad: Guardar con cuidado las confidencias de los hermanos.
- Cuidado de la congregación: Desarrollar una conciencia de las vulnerabilidades propias y ajenas, rechazando la manipulación o la explotación.
- Cooperación ministerial: Edificar el Reino de Dios en cooperación con otras iglesias, no en competición.
La advertencia contra los falsos pastores
La Biblia advierte que el pueblo es destruido por falta de conocimiento. Es deber del creyente distinguir entre un siervo de Dios y un "mercenario". Aquellos que engañan a la congregación para llenarse los bolsillos no son pastores, sino mercaderes del evangelio. El creyente debe estudiar la Palabra de Dios diariamente para no ser engañado, pues ella es la lámpara y luz para el camino.