Vivir Arrastrados por los Deseos de la Carne: Una Explicación Profunda

En el ámbito de la tradición cristiana, la expresión "vivir arrastrados por los deseos de la carne" se refiere a la tendencia humana a ceder a anhelos y placeres corporales que representan una naturaleza inferior y pueden desviar a las personas de su camino espiritual. Estos deseos son apetitos asociados al pecado, que se oponen a una vida guiada por los principios divinos.

La "carne" en este contexto, como se menciona en Romanos 13:14, alude a los aspectos físicos y corporales de una persona, contrastando con el alma inmaterial o el espíritu. En esencia, los deseos de la carne engloban todo aquello que apela al apetito carnal o físico del ser humano.

Representación artística del conflicto interno entre el espíritu y la carne

La Batalla Entre el Espíritu y la Carne

El apóstol Pablo describió esta profunda batalla que puede librarse entre los deseos de nuestro cuerpo mortal e imperfecto y el Espíritu de Dios, que nos impulsa a hacer el bien. En su epístola a los Gálatas, Pablo delineó dos fuerzas opuestas que tienen el poder de arrastrarnos en diferentes direcciones.

Origen del Conflicto

Como hijos de Dios, heredamos aptitudes divinas; sin embargo, vivimos en un mundo caído. Los elementos que componen nuestro cuerpo son, por naturaleza, caídos y están constantemente sujetos a la influencia del pecado, la corrupción y la muerte. Dada la trascendencia de nuestro cuerpo físico en el plan de felicidad del Padre y en nuestro crecimiento espiritual, Lucifer busca frustrar nuestro progreso tentándonos a usar el cuerpo de manera indebida.

Una de las grandes ironías de la eternidad es que el adversario, quien es miserable precisamente por carecer de un cuerpo, nos tienta a compartir su miseria mediante el uso incorrecto del nuestro. La naturaleza pecaminosa anhela el mal, lo cual es diametralmente opuesto a lo que el Espíritu desea. A su vez, el Espíritu nos infunde deseos que se contraponen a lo que la naturaleza pecaminosa anhela (Gálatas 5:17).

Mientras habitamos este cuerpo humano, la lucha es constante; nos enfrentaremos diariamente a una batalla campal, pues nuestra carne buscará satisfacer sus propios deseos. Es una guerra de dos naturalezas: la nueva naturaleza contra la antigua.

Incluso el apóstol Pablo experimentó momentos en su vida donde exclamó: «Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Romanos 7:15). Habrá momentos en que los deseos de nuestra carne querrán dominarnos y llevarnos cautivos para satisfacer las lujurias y codicias de nuestros corazones.

En Romanos 7:18-19 (RVR60), se reafirma esta lucha: «Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo».

¿Qué Significa Romanos 7? | La Lucha Entre la Carne y el Espíritu

Manifestaciones de los Deseos Carnales

En el cristianismo, los deseos de la carne se refieren a anhelos corporales que se oponen a la vida espiritual, siendo apetitos asociados al pecado que pueden desviar a las personas. En el cristianismo primitivo, estos se veían como obstáculos para la comprensión espiritual que debían ser eliminados. La castidad, por ejemplo, busca eliminar gradualmente la inclinación sexual, ya que estos deseos, considerados contrarios a la voluntad de Dios, deben ser destruidos. Se les describe como aquello que causa la muerte y debe ser cortado por el espíritu.

El apóstol Juan advirtió sobre los peligros del campo de batalla espiritual -el mundo- y las formas en que el maligno opera. Los deseos de la carne se manifiestan en diversas formas, categorizadas a menudo como:

1. Los Deseos de la Carne (Apetitos Físicos)

Esta categoría abarca todo aquello que apela al apetito carnal o físico. Aunque los deseos naturales del cuerpo, como la necesidad de comida, bebida y satisfacción sexual, no son inherentemente malos, el diablo puede usar estas cosas lícitas, dentro de sus límites, para esclavizar al hombre (cf. 1 Corintios 6:12). En esta forma de tentación, el maligno utiliza deseos internos legítimos para generar pasiones carnales ilícitas, como la glotonería o la fornicación.

  • Los israelitas sucumbieron a este tipo de tentación cuando «se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar» (1 Corintios 10:7; cf. Éxodo 32:6).
  • El diablo intentó tentar a Jesús por medio de los deseos de la carne cuando le propuso que convirtiera las piedras en pan (Mateo 4:3).

2. Los Deseos de los Ojos (Codicia y Ambición Material)

Se refiere a todo lo que apela a las demandas insaciables de la vista (Eclesiastés 1:8). Aquí, el maligno utiliza la atracción externa, ya sea inherente buena (como el deseo de una casa o un automóvil) o mala (como el deseo de la mujer del prójimo), para generar codicia.

  • Eva (Génesis 3:6) y Acán (Josué 7:21) cayeron en este tipo de tentación al codiciar lo prohibido.
  • El diablo trató de tentar a Jesús por medio de los deseos de los ojos cuando «le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares» (Mateo 4:8-9).

3. La Vanagloria de la Vida (Orgullo y Arrogancia)

Esta manifestación apela a la jactancia, arrogancia, orgullo o soberbia. En esta forma de tentación, el maligno explota la contemplación del logro personal, como la popularidad o el éxito académico, para fomentar una actitud anárquica y autosuficiente. Cuando una persona cae presa de la vanagloria de la vida, la lucha contra la carne disminuye, pues el maligno ha ganado la batalla sensual e intelectual.

  • Los israelitas sucumbieron a esta tentación cuando «fueron soberbios, y endurecieron su cerviz, y no escucharon [los] mandamientos» de Dios (Nehemías 9:16).
Ilustración de las tres principales fuentes de tentación: deseos de la carne, deseos de los ojos y la vanagloria de la vida

Venciendo los Deseos de la Carne Mediante el Espíritu

La Biblia nos muestra claramente que el camino para experimentar la victoria sobre los deseos e inclinaciones hacia lo malo y pecaminoso es andar en el Espíritu. Es solo cuando nos rendimos y nos auxiliamos en la persona del Espíritu Santo que logramos ser libres del dominio de los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa.

El Papel del Espíritu Santo

El apóstol Pablo instruye: «Por eso les digo: dejen que el Espíritu Santo los guíe en la vida. Entonces no se dejarán llevar por los impulsos de la naturaleza pecaminosa» (Gálatas 5:16-17). Andar en el Espíritu, según W. McDonald, «es dejar que Él tenga Su vía. Es permanecer en comunión con Él. Es tomar decisiones a la luz de Su santidad.»

El Espíritu Santo cumple múltiples funciones, pero uno de sus propósitos principales es glorificar a Cristo en la vida de los creyentes, guiándolos en el camino de la transformación para parecerse cada día más a Jesús. La Biblia enseña que el único que se opone y pone resistencia a los deseos de la carne es el Espíritu de Dios.

Muchos cristianos se lamentan por ser derrotados fácilmente, pecando y cediendo a sus deseos. La respuesta reside en reconocer la debilidad y buscar ayuda en Cristo. Con el socorro y la ayuda del Espíritu Santo, logramos vencer la carne. No hay nada imposible si buscamos la presencia de Dios sosegadamente en oración y devoción. El Espíritu Santo tiene el poder para capacitarnos y fortalecernos.

Disciplina y Estudio

Según el protestantismo, estos deseos entran en conflicto con enseñanzas morales. La Iglesia Católica también los considera tentaciones físicas que deben ser superadas a través de la disciplina y el estudio, destacando que el ayuno puede ayudar a controlar estos apetitos. En el protestantismo, se asocian a la satisfacción física, a menudo en conflicto con la moral.

El Control de la Mente

Para no proveer para la carne, debemos apartar de nuestra mente los pensamientos carnales. Las Escrituras explican que la batalla contra el pecado se libra en la mente (Romanos 7:21-25). Los pensamientos pecaminosos influyen en nuestro comportamiento hasta el punto de satisfacer los deseos de nuestra carne (Efesios 2:3). Las Escrituras enfatizan el increíble poder de la vida del pensamiento.

No hacer ninguna provisión para la carne requiere llevar «cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Corintios 10:5). ¿Cómo lo logramos? Colosenses 3:1-2 sugiere no hacer provisión para la carne de la siguiente manera: «Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.»

La Mente de Cristo

Como nuevas criaturas en Cristo (2 Corintios 5:17), «tenemos la mente de Cristo», como dijo Pablo en 1 Corintios 2:16. En Filipenses 2:5, enseñó a los cristianos a tener el mismo «sentir que hubo también en Cristo Jesús». La mente de Cristo es dada a conocer a los creyentes por el Espíritu Santo que mora en ellos (Juan 14:26; 16:12-15; Romanos 8:9; 1 Corintios 2:11-13).

No hacemos ninguna provisión para la carne cuando vivimos en obediencia a Dios y a Su Palabra y «nos mantenemos en armonía con el Espíritu» crucificando «la carne con sus pasiones y deseos» (Gálatas 5:24-25).

Imagen de una persona en oración o meditación, simbolizando la búsqueda del Espíritu

El Ejemplo de Jesucristo y la Advertencia Apostólica

Jesucristo, quien siempre hizo la voluntad del Padre Celestial (véase 3 Nefi 27:13), es el ejemplo perfecto de cómo vivir para vencer la tentación de pecar. Los creyentes deben vivir y comportarse como lo hizo Jesucristo.

El apóstol Pablo, en Romanos 13:11-14, animó a los cristianos, dirigiendo su atención al final de los tiempos: «es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos» (versículo 11). Con el fin de los tiempos en mente, Pablo concluyó con este resumen: «vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne» (Romanos 13:14).

La palabra "proveáis" en el idioma original implica "pensar en lo que haréis en caso de que ocurra algo". Si pensamos en complacer a nuestra carne, suministramos el combustible para que suceda. Es como si nuestros pensamientos reunieran las provisiones necesarias para avanzar y actuar según nuestros deseos lujuriosos. Hacer provisión para la carne es, en esencia, esperar fracasar.

Este concepto se ilustra con el ejemplo de un alcohólico que intenta mantenerse sobrio, pero guarda un poco de licor en un escondite secreto "por si acaso". Esa persona está haciendo provisiones para la carne y, probablemente, fracasará en su intento de mantenerse sobria.

El apóstol Pedro instó a los primeros discípulos: «que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma» (1 Pedro 2:11). Vivimos en un mundo plagado de pecado; «el mundo entero está bajo el maligno» (1 Juan 5:19). El maligno usa todos los medios disponibles para que sus «dardos candentes» de pecado (Efesios 6:16) inflamen la mente del cristiano.

El presidente Boyd K. Packer señaló que los jóvenes de hoy están creciendo en un «territorio enemigo con normas morales en decadencia». No se espera que las personas pasen por la vida sin cometer errores, pero no cometerán un error grave sin recibir primero una advertencia a través de los susurros del Espíritu. Si se empieza a participar en cosas indebidas o a relacionarse con personas que llevan por un rumbo equivocado, ese es el momento de reafirmar la independencia y el albedrío.

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