Desde temprana edad, muchas personas son criadas con historias y supersticiones mágicas. En particular, en algunas culturas, el amor se enseña bajo la premisa de “si no eres mío por las buenas, lo serás por las malas”. Esta concepción a menudo lleva a recurrir a prácticas mágicas, como buscar una bruja que realice un amarre o prepare algún menjurje con toloache para “dominar al ser amado”.

El Fenómeno de los Amarres: Definición y Propósito
La mayoría de los relatos sobre estas prácticas giran en torno a una dinámica específica: una mujer que se siente engañada o abandonada busca dominar a su pareja o hacer que regrese a ella. Desesperada, recurre a estos fetiches mágicos conocidos como amarres. Estas prácticas consisten en obligar a una persona a permanecer al lado de otra, no por amor genuino, sino por una imposición que genera obsesión y posesión.
Historias Reales: El Caso de Doña Marina
Un ejemplo ilustrativo es la historia de Doña Marina y su esposo. Cuenta una madre que, de joven, Doña Marina se enamoró de Javier, un hombre que mantenía relaciones con muchas chicas a la vez, sin compromiso, y a menudo las engañaba y manipulaba para lograr sus objetivos. Doña Marina fue una de sus víctimas.
Después de ser engañada por Javier, Doña Marina buscó una bruja para que le preparara un té de toloache. El objetivo era amansar el carácter de Javier y lograr que se casara con ella. El relato concluye con una frase que resume la carga cultural de estas decisiones: “Y por querer amarrarlo, terminó cargando con él de por vida, pero cuidar a su hombre es algo que una esposa hace”.
Sin embargo, la mayoría de estos relatos suelen tener un final complicado o infeliz. De hecho, se llegó a preguntar a Doña Marina si se arrepentía de haber usado el toloache.

Más Allá del Amarre: De la Víctima al Agresor
Esta narrativa cultural plantea una pregunta fundamental: ¿por qué se nos enseña que el amor es una propiedad y no un sentimiento libre? A menudo, se responsabiliza a las víctimas de los engaños, empujándolas a responder con formas de violencia. Esto puede manifestarse en celos exacerbados o en el uso de prácticas como el agua de calzón (popularmente conocido como caldo de calzón) para intentar obsesionar a la otra persona, perpetuando un ciclo de control y posesión en lugar de fomentar relaciones basadas en el respeto y el afecto mutuo.