199 recetas para ser feliz

199 recetas para ser feliz es una película chileno-española estrenada en 2008, la segunda del director Andrés Waissbluth (Los debutantes, 2003). La cinta, filmada en Barcelona, está inspirada en el cuento Noticias de Milo, que forma parte del libro Mujer desnuda fumando en la ventana, de Marcelo Leonart. Protagonizan la película, que se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Róterdam, Pablo Macaya (Tomás), Tamara Garea (Helena) y Andrea García-Huidobro (Sandra).

Contexto y premisa

La premisa de la segunda película de Andrés Waissbluth es en el papel sencilla: tras la muerte de su novio en un lago de Chile, Sandra (Andrea García Huidobro) visita en Barcelona a Helena (Tamy Garea), la hermana del fallecido, que vive con su novio Tomás (Pablo Macaya). Esta aparición viene a remover la desarraigada existencia de la pareja en tierras europeas y a despertar a Helena de un denso sueño que bien podría ser una pesadilla (en el comienzo ella siempre está durmiendo). Tomás, en tanto, trabaja en una editorial de libros de autoayuda y, desganado, busca trabajo en editoriales de ciencia ficción.

Tomás Barrera vive en Barcelona junto a su mujer, Helena, desde hace 3 años. Trabaja en una editorial de autoayuda y se apresta a lanzar el libro de su cliente y amigo Enric, titulado 199 Recetas para Ser Feliz. Helena se encuentra deprimida ya que su hermano, Milo, murió en un viaje que realizó junto a su novia, Sandra, a una laguna al sur de Chile. Al recibir una postal que Milo envió antes de morir, diciendo que tenía los pasajes comprados para visitarlos junto a su novia, Helena se entristece más. Esto cambia radicalmente cuando, un par de meses después, Sandra aparece en la puerta del departamento.

Andrés Waissbluth vuelve a la dirección luego de su auspicioso debut el año 2003 con Los Debutantes. Ahora llega con este film rodado en Barcelona y que trata de una pareja de chilenos, Tomás y Helena, quienes viven en un pequeño departamento de la ciudad española. Ambos jóvenes están pasando por un mal momento en su relación y todo esto empeora cuando llega a visitarlos la ex polola del hermano muerto de Helena, Sandra. Esta silenciosa y extraña muchacha se va transformando en el objeto del deseo de Tomás, quien comienza a seguirla a donde sea que la chica vaya.

Temáticas y desarrollo

La función de Sandra en la película va más allá del mero personaje de chica rebelde que viene a revolucionar la fría relación de la pareja chilena en Barcelona: su presencia física es la materialización del recuerdo latente de Helena y Tomás hacia el hermano muerto. En este sentido, la dirección de arte de Sebastián Muñoz en el interior del departamento se asemeja al fondo del lago, donde además de un acuario, resaltan las paredes azules, las lámparas y los móviles flotantes como si fueran algas y burbujas. En otras palabras: la muerte del joven no sólo no ha sido superada, sino que conforma el hábitat de los protagonistas.

El cine siempre ha sentido una fascinación particular por las historias en que elementos ajenos al orden establecido hacen su irrupción y rompen la armonía existente. Siempre es un planteamiento interesante y sirve para realizar un viaje a problemas profundos y buscar salidas a éstos. En el caso de 199 recetas para ser feliz, esta pareja está en uno de esos períodos de los que se sale fortalecido o de los que, simplemente, no se sale.

Esquema de las relaciones interpersonales en la película

Lenguaje cinematográfico y simbolismo

Los simbolismos del lenguaje cinematográfico actúan sutilmente en 199 recetas para ser feliz. Grabada en alta definición, la cámara de Inti Briones no se limita a registrar las acciones de los protagonistas, sino también a acentuar sus estados de ánimo y la no veracidad de sus relaciones. Así, en una escena del comienzo, cuando Tomás encuentra a Helena dormida en el sofá, la cámara rueda hacia su cabeza encerrando sus pensamientos y a la vez dejando espacio en el encuadre para que entre Sandra. Como cuerpo y como presencia en la mente de Tomás. Resalta también la escena de sexo reflejada en los espejos de la pieza, delatora de lo falso e insustanciable de esa unión. En este mismo sentido, el montaje también aporta lo suyo, dejando en un comienzo a cada personaje en su propio encuadre, solitario, para luego unirlos en un largo plano secuencia de reconciliación ambientado en el living y al son de la canción (diegética) principal de la película.

Actuaciones y estilo

Las actuaciones, por su parte, se enmarcan en el mismo estilo que imprime la película. Los gestos y entonaciones son medidos, casi restringidos. A ratos se asemejan al teatro, pero no porque los actores vengan de las tablas, como sucede en otras películas, sino más bien porque es parte de su juego, de sus personajes y de lo que éstos producen a nivel narrativo.

Pablo Macaya siempre ha sido de esos actores que no importando el papel que le den, sabe sacar provecho del material y caer de pie en los proyectos en los que participa. 199 recetas para ser feliz no es la excepción y en su rol de Tomás es el que mejor está en este universo deprimido y caluroso. El caso de las actrices es distinto y sus personajes resultan de un desagrado inmenso. Está muy bien que ninguna de las dos cumpla el canon de belleza clásica. Sandra, especialmente si esta no se presenta atractiva, ni simpática, ni graciosa o algo que encienda la llama. Es mucho más entendible el hecho de que la relación de Tomás y Helena esté mal. Nunca hay una muestra de cariño entre ambos y todo lo que Helena le dice a Tomás es con tono de burla y desagrado hacia su persona.

Fotograma de la película, destacando la ambientación

Críticas y recepción

Waissbluth se muestra como un narrador hábil en el área de la forma, pero se muestre débil en el fondo. Posee una inventiva visual fresca y con ella es capaz de lograr buenos momentos, como aquella muralla que se abre frente a los ojos de Tomás o la aparición del guitarrista en el living del departamento. Su problema es que nunca logra crear un punto de interés y fascinación con el universo planteado. Su relato se vuelve repetitivo y a ratos desagradable. Cuántas veces tenemos que contemplar que Tomás sigue a Sandra por las calles de Barcelona, cuántos son los comentarios desagradables que Helena debe decirle a Tomás para que nos quede clara la idea. Si a esto le sumamos el poco erotismo en general -no sólo en las escenas de sexo- el relato termina por agotarnos y disgustarnos. Y ojo, la falta de erotismo no es algo menor. Si tenemos en cuenta que las pulsiones que comienzan a aparecer en los personajes se encaminan por la vereda del deseo, no es perdonable que la pantalla no se inflame con el mismo. No basta con ver a una mujer con poca ropa y siempre sudada o fisgonear a una pareja teniendo sexo para que la temperatura suba. Si nunca se ha logrado instalar, de verdad, seres deseables en pantalla, cómo se pretende que se comprenda a carta cabal que existe deseo. Recuerdo el filme Body Heat, de Lawrence Kasdan y al personaje de Matty Walker como la encarnación misma del objeto ambicionado. Era comprensible que Ned Racine la deseara si nosotros, como espectadores, también lo hacíamos. Es una pena que una película como 199 recetas para ser feliz, que tenía potencial para armarse como un drama lleno de deseo y pulsiones, haya quedado tan lejos de su objetivo y terminara convirtiéndose en una película equivocada y perdida, ajena a los personajes y a los espectadores.

Video Análisis - Las Alas del Deseo

Generación de emociones en el cine chileno

Emocionar al espectador es sin duda alguna la máxima del cine y de las artes. Aunque muchos no lo entiendan solamente así, este ha sido uno de los tópicos más perseguido en las películas chilenas de los últimos años. Hasta hace muy poco, este cine ahondaba en los estados de ánimo de sus personajes de manera algo efectista, desde el lugar común, aquel muy arraigado en ciertas formas comunes y colectivas que tiene el espectador para emocionarse. A mi modo de ver, muchos directores generan emoción en sus películas más desde la experiencia de haber sido espectadores, que desde una propia y única intención como directores. En lugar de generar emociones en sus películas, se repiten, quizá inconscientemente, las formas como ellos fueron emocionados como espectadores. Si nos emocionamos con Se arrienda (Fuguet, 2005), Lo bueno de llorar (Bize, 2007), o La buena vida (Wood, 2008), es porque estamos acostumbrados a hacerlo cuando en pantalla vemos figuras solitarias, desadaptadas o sufriendo por una ruptura amorosa con música no diegética de fondo. Así, en los espectadores ejerce el efecto de la repetición de emociones que hemos visto en otras películas, y así suma y sigue. Por otra parte, podríamos asegurar que las emociones generadas por una película en el espectador siempre serán las mismas. Lo que cambia es el cómo son producidas esas emociones. Y hasta el momento, en las películas chilenas éstas eran generadas más o menos de manera convencional, sin riesgos, masticada para que no haga falta la digestión. Esto no tiene nada de malo, sucede todo el tiempo en Chile y en el mundo.

Sentimientos encontrados

Sin embargo, y pese a que todos estos elementos funcionan entre sí coherentemente, 199 recetas para ser feliz genera cierta sensación de extrañamiento. Esto pues a ratos pareciera que la propia película intentara ser más explícita de lo que se presenta, explicando detalles (el verdadero origen de la postal, la muerte del hermano) que no alcanzan a ser un aporte a la historia ni a delinear a los personajes. Las tan apetecidas emociones quedan a medio camino, surgen a ratos como revelándose contra el intento del recambio. Pareciera ser que desde su gestación como guión hasta su montaje final, 199 recetas para ser feliz fue mutando, madurando los temas que se encontraban entre líneas en la idea original. Pasó de ser una película hecha de emociones experimentadas como espectador a ser una más de sello personal de autor. En un primer visionado (que por lo general es el único), seguramente los elementos recién nombrados no podrán ser fácilmente percibidos por el espectador.

Ayer fui a ver 199 recetas para ser feliz, la película de Andrés Waissbluth, que se estrena el próximo jueves y me gustó. Quizás porque cada vez me acerco cada vez más a esa crisis de los 30. Todo lo que se dio por sentado se quiebra, el aburrimiento de tener a la misma persona a tu lado y el estar en un trabajo que no es lo que se quiso hacer en la vida, son los detonantes de un extraño y open mind desenlace. La película retrata esta situación a través de muchos momentos muertos, que a veces se hacen un poco tediosos, pero quizás porque describen esa constante tensión. Los personajes son interesantes y puede ser fácil identificarse con cada uno. De lo que más se ha hablado de esta película es de las escenas de sexo y tríos, pero es sólo un ingrediente dentro de esta bomba que estalla.

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