Por qué comemos palomitas de maíz en el cine: una tradición con historia

Ir al cine y no comer palomitas es para muchos como ir a la piscina sin bañador. Asociamos al séptimo arte el aroma a mantequilla y maíz, y no concebimos otro snack para una tarde de butaca y película. Pero, ¿a qué se debe esta costumbre que se ha convertido en todo un ritual?

Esquema de la explosión de un grano de maíz

El fascinante origen de las palomitas de maíz

La historia de las palomitas de maíz empieza hace aproximadamente 10.000 años en Mesoamérica, actual México, donde el cultivo del maíz se domesticó por primera vez. Los orígenes de las palomitas de maíz se remontan a tiempos ancestrales, donde los nativos americanos de Centro y Sudamérica encontraron en este pequeño grano una fuente esencial de alimento.

Las mazorcas de palomitas de maíz más antiguas jamás encontradas se descubrieron en la Cueva de los Murciélagos en el centro oeste de Nuevo México en 1948 y 1950, y tienen unos 5.600 años de edad. En tumbas de la costa este de Perú, se han hallado granos de palomitas de cerca de 1.000 años de antigüedad, tan bien conservados que aún hoy reventarían. Hace más de 6 mil años, en las cuevas de México y Perú, estas rosetas ya formaban parte vital de la dieta de antiguas civilizaciones, quienes descubrieron cómo hacerlas explotar mediante el calentamiento de los granos en una vasija con agua sobre el fuego.

Concretamente, los arqueólogos han encontrado en México restos de palomitas de maíz que datan de alrededor de 3600 a.C. Algunos historiadores incluso se han atrevido a asegurar que las palomitas es el primer tipo de maíz que los seres humanos conocieron. Las palomitas más antiguas que fueron encontradas en excavaciones se hallaron en la Cueva del Murciélago, en Nuevo México, hoy territorio estadounidense.

Mitos y ciencia detrás del estallido del grano

El folclore de algunas tribus nativas americanas cuenta historias acerca de los espíritus que habitan el corazón de los granos de maíz. Estos seres bonachones viven felices y contentos en soledad, pero se enojan terriblemente al sentir calor. Cuanto más sube la temperatura en sus hogares, más se enfadan, y pueden llegar a cabrearse hasta el punto de montar en cólera, sacudir con violencia las paredes de los granos de cereal en el que moran, a modo de protesta, y hacer estallar sus propias casas por los aires. Así es como se hacen las palomitas de maíz.

Mucho menos interesante es la versión de los hechos que define un grano de maíz como un 4% de agua encerrado en un armario forrado de almohadones de almidón y sellado herméticamente por fuera por una coraza dura. Cuando esta agua se calienta, se expande y ejerce presión contra las paredes del armario, hasta que la cubierta exterior no lo puede soportar y estalla, volviendo el grano de maíz del revés como un calcetín, y dejando al descubierto una masa esponjosa de almidón hinchado con apariencia de pequeña paloma blanca.

La popularización de las palomitas

Fue Hernán Cortés quien, en 1519, documentó por primera vez su consumo, mientras se gestaba la conquista de las civilizaciones precolombinas. Este encuentro entre América y Europa marcó un intercambio cultural que llevó a que la popularidad de las palomitas "explotara" en el viejo continente.

La revolución en la preparación de las palomitas llegó de la mano del inventor estadounidense Charles Cretors en 1885, cuando desarrolló la primera máquina comercial para fabricarlas. Utilizando aire caliente para calentar los granos, esta invención produjo una explosión más uniforme y eficiente, lo que llevó a una rápida popularización de las palomitas en las calles de Estados Unidos. El 2 de diciembre de 1885, Charles Cretors compró una licencia para venderlas afuera de su negocio con la máquina que inventó.

Foto histórica de la máquina de palomitas de Charles Cretors

De hecho, desde 1848, la palabra "popcorn" ya se incluía en el Dictionary of Americanisms como un snack predilecto por la gente. Este refrigerio se podría encontrar popularmente en ferias y circos. El auge por preparar esta botana se acrecentó porque no se necesitaban ni muchos ingredientes ni mucha maquinaria para poderla disfrutar. Además, ver los granos de maíz estallar y transformarse en un alimento nuevo y apetitoso era un espectáculo por sí mismo.

Palomitas y cine: una historia de amor en tiempos de crisis

Pero, ¿de dónde viene el matrimonio entre palomitas y espectáculo? El cine y las palomitas, una historia de amor que dura casi 90 años.

El cine antes de las palomitas

El cine, en sus primeros días, era un lujo exclusivo para las clases altas debido a sus altos costos. Nuestra pasión por las palomitas en el cine tiene su origen en una crisis: la Gran Depresión americana de 1929. Según cuenta un reportaje de la revista americana Smithsonian, hasta aquel momento el cine era un espectáculo de culto que se proyectaba en lujosos teatros, imitando el estilo de la ópera. Los cines estaban reservados a las clases pudientes y aún mantenían un estilo decorativo parecido a una ópera o un teatro. Eran locales que por fuera eran espectacularmente lujosos. Además, con un factor fundamental que distinguía a la gente pobre de la rica: si sabían leer o no. En ese momento, con el cine mudo, se necesitaba saber leer para entender algunas partes de la película.

En un principio, los propietarios de las salas no permitían el acceso de comida al recinto: se ensuciaban las moquetas y se alejaba al público de clase alta de la sala. El inicio del séptimo arte como espectáculo, compartía similitudes con el teatro y, este último, era un pasatiempo elegante, no uno donde se buscara llenarse las manos con grasa ni el ruido del crujir en la boca. Los cines inicialmente prohibían las palomitas para mantener la elegancia y limpieza de las salas.

Foto de una sala de cine antigua, lujosa y vacía

Según el historiador culinario Andrew Smith, autor de “Popped Culture: A Social History of Popcorn”, las salas de cine rechazaban las palomitas, buscando emular la distinción de los teatros tradicionales. A pesar de estas restricciones, algunos espectadores lograban introducir clandestinamente palomitas a las funciones, molestando a otros asistentes al levantarse constantemente para reabastecerse.

La Gran Depresión y el punto de inflexión

La Gran Depresión fue el detonante de la unión entre cine y palomitas. En 1927, con la invención del cine sonoro, el cine se abrió a todo tipo de público. La llegada del sonido convirtió al séptimo arte en una opción de ocio para el público general: ya no era necesario saber leer para ver una película. Y la clase trabajadora podía ir a disfrutar de una película. El cine se convirtió en una opción de entretenimiento de masas asequible para todos los públicos. La clase media-baja también buscaba el entretenimiento en las películas.

Llegada la crisis del 29, con millones de estadounidenses en el paro, ir al cine era uno de los pocos entretenimientos que la población se podía permitir. Los boletos costaban apenas 25 centavos de dólar. Y hacía falta llenarse el buche con algo para aprovechar la tarde sin gastar demasiado. América atravesaba una brutal crisis económica y el maíz era de los pocos alimentos baratos que había. Precisamente por ser tan barato, los vendedores ambulantes de comida empezaron a vender palomitas en la calle y, la gente que quería ver una película, pasaba por allí y se compraba unas palomitas antes de entrar al cine. Rápidamente, los empresarios de las salas de cine entendieron que posicionarse en contra de las palomitas era una batalla perdida.

El crack del 29 - La Gran Depresión

Julia Braden: la pionera

Fue durante la Gran Depresión, en la década de 1930, cuando Julia Braden vislumbró una oportunidad única. Ella propuso la idea de montar su propio puesto de palomitas dentro del cine. A cambio, ofrecía al dueño del cine un porcentaje de las ganancias por la venta de palomitas. En cuanto el propietario del cine escuchó la palabra dinero, le cambió la cara y aceptó encantado sin pensárselo dos veces. Este acuerdo fue un éxito rotundo y sentó las bases para la relación inseparable entre el cine y las palomitas de maíz.

El éxito fue tan grande, que en 1931 Julia ya tenía en cuatro cines montados sus "chiringuitos" de palomitas. El negocio marchaba de maravilla. Los dueños de otros muchos cines empezaron a ver el éxito de esta mujer, ellos se sumaron también y montaron sus propios puestos de palomitas. En aquellos años de crisis, se trataba de una inversión que costaba muy poco y resultaba verdaderamente rentable. Fue la salvación en plena Gran Depresión, el desahogo económico que necesitaban.

Ilustración de Julia Braden con una máquina de palomitas en un cine antiguo

Consolidación de una tradición

A medida que el sonido se establecía en el cine, la prohibición de alimentos en las salas se flexibilizaba, ya que el ruido quedaba eclipsado por los diálogos y la música de las películas. Esto allanó el camino para que las palomitas se convirtieran en el snack por excelencia de los cines.

Con la Segunda Guerra Mundial, el azúcar, un producto que se importaba desde otros países, comenzó a escasear. Así que los snacks dulces se convirtieron en un bien escaso, en beneficio de las palomitas de maíz, que se consolidaron como la merienda universal de los espectadores de películas. Fue en la II Guerra Mundial cuando ya definitivamente el ir al cine quedó unido irremediablemente al consumo de palomitas en la sala. La escasez de azúcar en esta época hizo que los vendedores de caramelos fueran desapareciendo al ser racionados, y las palomitas, fabricadas con un producto abundante como era el maíz, ganaron posiciones.

Para 1945, la mitad de las palomitas que se vendían en Estados Unidos eran consumidas en salas de cine. En ese momento, los cines ya habían decidido aprovechar el amor por las palomitas y comenzaron a venderlas sin necesidad de un intermediario. Es así como nació lo que ahora conocemos como fuente de sodas en el lobby de los cines. Cuando acabó la guerra, más de la mitad de las palomitas que se consumían en Estados Unidos se tomaban en el cine, constituyendo el 85% de sus ganancias.

Las palomitas en la actualidad

En la década de los 80, este vínculo se fortaleció aún más con el surgimiento del boom en la venta de palomitas para microondas. Con la comodidad de unas simples pulsaciones y el zumbido familiar del microondas, el ritual de disfrutar palomitas se trasladó del oscuro recinto del cine a la acogedora intimidad del hogar. Ya no era necesario salir de casa para saborear este icónico snack mientras se disfrutaba de una película; bastaba con encender el servicio de streaming preferido y dejarse envolver por las maravillas del cine desde el sofá.

Palomitas de maíz en un bol con un mando a distancia y un televisor de fondo

Sin embargo, a pesar de la comodidad que ofrecen las noches de cine en casa, las salas de cine comerciales supieron mantener viva la tradición de las palomitas. Aunque históricamente ligadas a las salas de cine, las palomitas han experimentado una sorprendente evolución. Han pasado de ser un simple acompañamiento a ofrecer versiones gourmet con sabores como caramelo, chocolate y queso, e incluso combinaciones innovadoras como trufa y especias. Esta capacidad de reinventarse y adaptarse a cualquier ocasión asegura que las palomitas sigan siendo un favorito perdurable, reafirmando su estatus como un clásico atemporal. Es tan importante que incluso tiene su propio día mundial de las palomitas de maíz, celebrado cada 19 de enero.

No solamente eliges qué peli vas a ver, sino también qué manjar te vas a comer. ¿Que no quieres palomitas? Entonces tienes nachos con queso, perrito caliente o incluso unas chocolatinas, entre tantas otras ideas que hace unos años hubieran sido impensables. Pero ver una película y no hacerlo con unas buenas palomitas... podría resultarte tan extraño que sentirías que te falta algo, ¿verdad? Porque comer palomitas mientras ves una película son dos conceptos que van de la mano y que forman parte de nuestra cultura.

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