El caso de Alberto Hipómenes Caldera García, conocido como "El Tucho Caldera", es uno de los episodios más notorios y brutales en la historia criminal de Chile, marcado por una compleja trama de engaño, un asesinato macabro y una investigación policial intensa.
Los Protagonistas y el Engaño Inicial
Demetrio Amar Abedrapo era un próspero comerciante árabe de San Felipe, dueño de uno de los locales de telas más exitosos de la ciudad, ubicado a una cuadra de la plaza. A sus 65 años, Amar era un hombre mayor que, según los registros, no sabía leer ni escribir en español.
En 1947, Alberto Hipómenes Caldera García, "El Tucho", un hombre con antecedentes criminales, inició una elaborada estafa. Convenció a Amar de comprar unos terrenos a muy buen precio en Putaendo, presentándole documentos para firmar. Con la complacencia del notario suplente Rafael González Prats, quien aceptó la firma de los documentos sin la presencia del comerciante, Caldera logró obtener un poder amplio para la administración de todos los bienes de Amar y, además, otro para casar a la hija adoptiva de "El Tucho", María Rosa Caldera (24), con el comerciante.
Las continuas felicitaciones de los clientes por su "matrimonio" comenzaron a generar dudas en Amar. Al enterarse de que era un secreto a voces, Demetrio decidió confrontar a su amigo. El 11 de mayo de 1947, Amar se presentó en casa de "El Tucho" y, al no encontrarlo, se retiró logrando ubicarlo en la plaza. Después de una discusión, optaron por continuar la conversación en el local de Amar.

El Cruel Asesinato y Desmembramiento
Una vez en el local, y en un momento de descuido de Amar, Caldera le asestó sendos martillazos en el cráneo, quitándole la vida. Este golpe provocó una explosión de sangre que salpicó paredes, el piso y los muebles de la tienda. Con una frialdad notable, Caldera se retiró a su domicilio para almorzar. Por la noche, regresó al local y, con sus conocimientos previos de carnicero, procedió a descuartizar el cuerpo de Amar utilizando una sierra, un hacha y un serrucho. El cadáver fue seccionado en 19 partes: la cabeza, seis para el tronco y tres para cada extremidad. Incluso quemó las manos y la cabeza para impedir su identificación.
Al día siguiente, con total parsimonia, Caldera fue sacando las partes del cadáver envueltas en cajas, realizando varios viajes. Luego, se contactó con Aníbal Chaparro, un inquilino de 45 años, con quien trasladó los restos internándose en el campo. Cavaron un foso de tres metros al pie de una muralla en un terreno propiedad de Caldera en el sector de El Almendral y allí enterraron los restos. Por la noche, después de lanzar las vísceras a las aguas de una acequia, "El Tucho" continuó su cabalgata por el Valle del Aconcagua, ocultando el cráneo de su víctima envuelto en un saco entre los árboles. Posteriormente, se dirigió a Putaendo para pernoctar allí.

Las Primeras Investigaciones y la Acumulación de Pruebas
Las primeras investigaciones aportaron datos cruciales. Frente al negocio de Amar, existía una farmacia atendida por una sobrina del fallecido, quien testificó haber visto a Caldera sacar varios bultos del local mientras este permanecía cerrado. Además, el notario Rafael González Prats confesó que fue sobornado para aceptar la firma de los documentos sin la presencia de Demetrio Amar.
Para la opinión pública, "El Tucho" era el culpable indiscutible, y la prensa de todo el país se estremeció con el caso, revelando detalles escabrosos de la vida del detenido. A pesar de las sospechas, el delito no podía consumarse legalmente sin la aparición del cuerpo. Los esfuerzos del abogado Molina y la campaña mediática que inició para aclarar la desaparición de Demetrio Amar Abedrapo resultaron en que la Corte de Apelaciones de Valparaíso nombrara un Ministro en Visita para el caso.
La cárcel no era un lugar ajeno para "El Tucho Caldera", quien ya había cumplido una breve condena por dos homicidios anteriores. Su situación económica le permitía un buen pasar dentro de la prisión, mientras familiares lo mantenían informado sobre las investigaciones del caso Amar Abedrapo. Caldera se sentía confiado de tener todo bajo control.
La Evidencia Forense y la Confesión
El fin para "El Tucho" comenzó cuando los detectives descubrieron rastros de sangre en el local de Amar, a pesar de los cuidadosos intentos de limpieza tras el crimen. Los oficiales de la policía civil, bajo la supervisión del Ministro en Visita, obtuvieron una orden para interrogar a Caldera, llevándolo a la tienda de telas que él administraba.
En el primer interrogatorio, Caldera, astuto, solicitó que se le constataran lesiones antes de asistir. Al ser tratado con respeto y regresar a tiempo a su celda, su confianza aumentó. Sin embargo, en un segundo interrogatorio al día siguiente, Caldera no solicitó la constatación de lesiones, lo cual fue aprovechado por la policía. Una vez de regreso en el local, Caldera fue amarrado y sometido a apremios ilegítimos, prácticas comunes en aquellos tiempos. Le sumergieron la cabeza en un recipiente con agua, casi hasta dejarlo exhausto, y le mostraron cables de electricidad. Después de varias ocasiones, lograron que confesara el crimen. Inicialmente culpó a otros, luego al hermano del difunto, pero finalmente, Hipómenes Caldera García confesó la verdad, asegurando haber actuado en compañía de otros cuatro sujetos, aunque los sabuesos no le creyeron.
Condena y Ejecución
El 22 de marzo de 1949, Alberto Hipómenes Caldera García fue condenado a muerte. La Corte Suprema ratificó la sentencia en octubre de 1950. "El Tucho Caldera" se convirtió en una figura mediática, y surgieron rumores sobre su pasado como matón del Partido Radical y su educación dentro de una banda criminal liderada por su madre, además de su afición por arrojar perros callejeros al fuego.
El amanecer del 6 de octubre de 1950 (o 1951, según distintas fuentes del borrador, aunque "el año siguiente" a 1949 apunta a 1950), en el Patio Siberia de la Penitenciaría de Santiago, todo estaba preparado para la ejecución. Alberto Hipómenes Caldera García, más calvo que al inicio del proceso, apareció vestido con un terno negro y una camisa blanca, con grilletes y esposas que le hacían dar pasos cortos. Fue acompañado por un pastor evangélico y un sacerdote católico hasta el cadalso. Los gendarmes le quitaron las esposas, lo amarraron al asiento y le vendaron la vista.
Justo antes de la detonación, "El Tucho" pronunció sus últimas palabras: "¡Aquí verán morir a un valiente!". El oficial al mando descendió el sable, y se escucharon diez disparos secos y seguidos. La cabeza de Caldera se dobló hacia adelante. El médico se acercó y corroboró que su corazón había dejado de latir. El cadáver, examinado y limpiado, fue entregado a la familia Caldera cerca del mediodía, quienes reaccionaron con violencia ante la presencia de periodistas y fotógrafos.