La comprensión del cuerpo humano, sus formas y su composición ha experimentado profundas transformaciones a lo largo de la historia, influenciada por factores culturales, sociales y científicos. Esta evolución puede rastrearse a través del lenguaje y de las representaciones visuales, según destaca el escritor y filósofo francés Jean Paul Sartre, quien ya en 1964, al rechazar el Premio Nobel de Literatura, señaló la falta de reconocimiento a poetas como Neruda. Años más tarde, la academia sueca galardonó al poeta chileno, salvando así una omisión histórica.
En el contexto de la historia del cuerpo, el historiador Georges Vigarello, relativamente conocido en lengua española, con obras traducidas como Corregir el cuerpo e Historia de la belleza, profundiza en la cambiante percepción de la obesidad. Vigarello sostiene que para escribir una historia de la obesidad es fundamental prestar atención a las palabras y a su evolución.
El Lenguaje como Reflejo de la Percepción Corporal
El cuerpo se describe por medio de las palabras, y los cambios en los términos son a veces muy reveladores sobre los cambios en la representación e incluso en una manera de vivir el cuerpo. Cuando se advierte que hay nuevas palabras para designar la obesidad, se constata que esas palabras corresponden a una época, que enriquecen la mirada sobre la obesidad e incluso la transforman.
Por ejemplo, la palabra “obesidad” comienza a utilizarse en Francia a comienzos del siglo XVIII y se la equipara a un concepto ligado a una representación patológica. A partir de allí se multiplican los vocablos que atañen a la obesidad -como grueso, rollizo, regordete, corpulento, orondo, robusto-. Este enriquecimiento del vocabulario se asocia a un enriquecimiento en los matices del significado que adquiere la palabra, acercándose a un concepto más diversificado.
Las palabras son muy importantes para comprender estos cambios. Por ejemplo, en el derecho antiguo no se mencionaba la palabra “violación” sino “rapto”. El rapto, que significa retener a alguien, era por lo general considerado un delito. En la jurisdicción francesa, había dos niveles de gravedad: el rapto de seducción, que consistía en cautivar a una joven, apartarla de su hogar y convencerla de tener relaciones íntimas para forzar el matrimonio, sustrayéndola así de sus autoridades legítimas (el padre o la familia). Por otro lado, estaba el rapto de violencia, que fundamentalmente era apropiarse de la mujer con malos tratos, aunque en los expedientes nunca se menciona la palabra “violación”. Esto sugiere un matiz importante: la frase "rapto de violencia" implica que la mujer dependía de alguien, y se la "quitaba" a otra persona. Es solo a partir de la Revolución Francesa que la palabra “violación” aparece en el código penal, significando que ya no se considera que se sustrae la mujer a alguien, sino que ella toma sus propias decisiones y actúa como un individuo independiente. Este ejemplo ilustra cómo los cambios en el lenguaje reflejan cambios en la percepción de la autonomía corporal y social.

La Obesidad en la Edad Media: Entre Estigma y Privilegio
Durante la época medieval, la palabra “gordo” no era necesariamente estigmatizante. Existía una distinción entre gordo y muy gordo. En las crónicas latinas se utilizaban las palabras “pingue” (gordo) y “prépingue” (muy gordo). En el caso de la persona muy gorda, el término era en efecto negativo, designando a una especie de inválido, por ejemplo, un hombre con dificultad para montar a caballo o una mujer que había perdido su forma corporal, siendo objeto de rechazo, venganza o crítica.
Sin embargo, la palabra "gordo" no era necesariamente peyorativa, una aparente contradicción que se explica por el contexto histórico. En el período central de la Edad Media, sobre todo entre los siglos XI y XII, gran parte de la población enfrentaba una dificultad real para acceder a los alimentos. Solo los privilegiados lograban alimentarse de acuerdo con sus necesidades. Esta élite procuraba destacar el grosor de sus carnes para demostrar su dominación y, de paso, valorizarse ante la gente. En las novelas medievales hay una admiración manifiesta hacia los caballeros capaces de comerse varios pollos o tomar muchas botellas de vino en una sola sentada. Esta es una característica de un período que puede calificarse como “del hambre” en la sociedad occidental, el único gran período en el que el gordo goza de una valoración explícita que tiene relación con un poder a la vez social y físico. Se suponía que el gordo era alguien necesariamente fuerte.
Visión Medieval del Tejido Adiposo: Humores y Fluidos
En la Edad Media, el tejido adiposo se asimilaba a la acumulación de agua, dentro de una consideración singular sobre la materia. Durante mucho tiempo, los autores decían que eran los humores -la sangre, la bilis negra, la bilis amarilla y la flema- los que otorgaban al cuerpo sus cualidades. Había humores diferentes; el humor más noble era la sangre, asociado al hombre y a la fuerza. En contraste, los líquidos que hacían referencia a la grasa, como la flema, se asociaban a las mujeres. Se pensaba que un líquido acuoso, frío -como la flema- y a la vez portador de materias relativamente opacas y densas, no podía tener una gran fluidez.
La mística alemana del siglo XII, Hildegarda de Bingen, predecía a los glotones más irascibles una “flema peligrosa y venenosa”, atribuyendo a la grasa la responsabilidad de crear un cuerpo “lento y pesado”, “una lengua blanda” y “ojos densos y somnolientos”. La grasa se asociaba con la manteca, algo que se derrite con el calor. Los autores de la época daban como explicación de la obesidad la imagen del agua que se congela un poco, que pasa por el frío adquiriendo más densidad. Las consecuencias en la práctica fueron restringir a los gordos la absorción de agua y, al mismo tiempo, aconsejarles la evacuación de aquello que se consideraba agua, de ahí la práctica de recurrir a purgas, sangrados y aspiraciones.
Es importante aclarar que en esa época los textos médicos también hacían referencia a los beneficios de la grasa: modulaba los volúmenes corporales, evitaba el resecamiento de la piel, facilitaba la digestión, protegía del frío, etc. Es decir, la grasa era considerada, al mismo tiempo, una materia necesaria y una materia corrupta; era la “sangre no digerida”, según escribió el sacerdote franciscano y enciclopedista inglés del siglo XIII Bartholomeus Anglicus.
Teoria de los Humores y Personalidad
La Época Clásica (Siglos XVI-XVII): Mecánica Corporal y Moldeado
Entre los siglos XVI y XVII, lo que Vigarello llama el periodo clásico, se comienza a dar importancia a la mecánica del cuerpo. El funcionamiento del cuerpo se equipara a las máquinas de la época: las ruedas, el molino, la carreta. Por eso, en este período se recomienda el uso de aparatos mecánicos como el corsé, el cinturón de hierro o la lámina de acero que impedía el crecimiento excesivo de los senos para moldear el cuerpo. Esto era relativamente nuevo respecto a la época medieval. La idea de obtener una reacción física, en el sentido mecánico del término, fue importante en el siglo XVII, aunque no hubo un verdadero cambio en la representación de la obesidad. Se trataba más bien de técnicas con un doble objetivo: limitar la gordura y fortalecer la creencia en una coacción mecánica.
La Ilustración y el "Vientre Burgués": Prestigio Ambiguo
Muchas personalidades de la Ilustración supieron transformar en prestigio el llamado “vientre burgués”. Negociantes, financistas o notables del Siglo de las Luces supieron dar un valor social a la prominencia de sus barrigas, aunque mantuvieran una exigencia de estricta delgadez para sus mujeres. Era una valoración ambigua, porque entre el vulgo se les consideraba unos viles explotadores.
Lo mismo sucedió en la época de la Restauración y en el régimen que siguió, la Monarquía de Julio. Brillat-Savarin, en su libro La fisiología del gusto (1825), aconsejaba no engordar para no perder las formas del cuerpo y recomendaba cuidar el vientre. Pero al mismo tiempo afirmaba: “Yo siempre he vigilado mi vientre y lo he mantenido en un estado majestuoso”. Esto indica que tener una poderosa barriga no era para nada un defecto, sino algo deseable, algo que valorizaba ante los demás. Todo indicaría que en estos burgueses barrigones -como Sir Walter Murph, personaje de la novela Los misterios de París (1843) de Eugène Sue- existía una adiposidad vigilada, una presencia robusta, una gordura controlada que mostraba a una persona combativa y batalladora. Es posible que de ahí proviniera la clasificación de un vientre según diversos grados y categorías. Esta gordura aceptable convertía a quien la poseía en un personaje importante y respetable.

La Crítica a la Eficiencia en el Siglo XVII
El siglo XVII es un momento clave en la historia de la obesidad, pues en él aparece la idea de la eficacia. En el discurso de la época, circulaban al menos tres preguntas principales sobre la obesidad: ¿de qué está hecho un gordo?, ¿de qué son acusados los gordos?, ¿de qué están hechos los cuerpos bien hechos? A fines del Medioevo se acentuaban tres tipos de señalamientos:
- La crítica religiosa: el gordo es aquel que se deja llevar por la pasión, que no sabe controlar su comportamiento y cae en el pecado, sobre todo en el pecado de la gula.
- La crítica médica: la supuesta pérdida de eficacia y bienestar corporal del gordo, advirtiéndole del riesgo de contraer diversas enfermedades.
- La crítica estética: proveniente sobre todo de la corte y la élite, el gordo sería alguien demasiado rústico para integrarse al mundo social.
Lo que inventa el siglo XVII es una crítica que está un poco presente entre los médicos actuales: el gordo es aquel que no logra inscribirse en el universo de la eficiencia. Es aquel que se cae del caballo, que no puede moverse con velocidad. En el siglo XVII era común oír: “No contrate gordos porque no podrán participar en la construcción de una fortaleza”. Esta era una idea absolutamente nueva, no ligada únicamente al trabajo físico, sino a la noción de que la persona gorda retarda, le cuesta adaptarse, no tiene los reflejos para responder.
Rubens y la Exaltación del Cuerpo Voluminoso
En el siglo XVI, el pintor Rubens magnificó, a través de sus obras, a hombres y mujeres gordos. Para él, la persona gorda era símbolo de sensualidad y generosidad. El elogio del cuerpo voluminoso era una forma de hacer referencia al mundo sensible. Rubens se interrogaba, investigaba y jugaba con las descripciones, situando al gordo en el centro de su búsqueda iconográfica. Veía en la persona obesa la imagen de una profusión extrema de la vida, una fascinación por la embriaguez, la libertad y el abandono. La originalidad de Rubens residía en su gusto por la exuberancia de la carne y su minuciosa exploración anatómica, aunque se trataba más bien de un gusto personal del pintor y no de una característica general de la época.

La Ilustración y el Músculo: Fibra y Reactividad
El período de la Ilustración difiere un poco y puede, en ciertos aspectos, parecerse a nuestro mundo. Es una época que destaca la excitación y la reactividad corporal y, al mismo tiempo, se teme que la pesadez borre estas características. Se reordena la visión del cuerpo, haciendo referencia a la fibra más que a los humores; a los nervios más que a los vapores. Se interroga sobre la originalidad de la vida, dando un lugar nuevo a las tensiones y a las causas que podrían reblandecer las fibras. Lo que más se teme en este período es la pérdida de la facultad genésica y de la facultad reactiva.
De ahí la observación del escritor francés Charles de Peyssonnel, quien a finales del siglo XVIII evocaba las "pesadeces holandesas", estigmatizando “la humedad horrible de un país que ablanda las fibras; los quesos y los productos lácteos que multiplican las serosidades; el uso de la cerveza que ataca los nervios”. El gordo es, a la vez, aquel que carece de excitación y aquel cuya fragilidad de excitación aumenta con la gordura hasta conducirlo al letargo. El médico inglés George Cheyne, alrededor de 1730, confiesa tener la impresión de volverse “cada día más y más gordo” y manifiesta su temor a perder toda reactividad, al punto de ver su ser transformarse solo en “letargo y apatía”. Lo que difiere de nuestra época es la visión del músculo, que para nosotros tiene mucha importancia. Durante el siglo XVIII, la estructura del cuerpo era vista de una manera mucho más tónica y mecánica, mientras que en la época actual lo decisivo es la información y la funcionalidad muscular.