Sergio Livingstone Caldillo Vega: Un Testimonio Itinerante por la Historia de Chile

Hernán Millas, un testigo itinerante de cuerpo y alma, se dedicaba a la escritura de sus "Semiserios" con una particularidad: coincidía casi con el minuto mismo en el cual debería estarlos despachando. En ese momento, Millas recorría la revista con sus típicos trancos de onda larga, portando en la mano un diminuto papel donde podía o no haber garabateado algún apunte. Era el momento de la invocación a la idea, y se hacía preguntas en voz alta.

Se preguntaba: "¿Bueno, qué ha pasado esta semana?". No demoraba en empezar a contestarse mientras iba de uno a otro de los escritorios: "Estaría lo del dólar, hum. Pero al dólar siempre le pasa lo mismo". Rechazaba la poco seductora tentación de meterse en la rutina monetaria y continuaba su paseo. De repente, exclamaba: "Podría ser el caso de las obispas".

Ante la pregunta "¿Obispas?" de algún colega, Millas explicaba: "Las señoras esas que les enmiendan la plana a los obispos". La referencia era clara para todos. Eran los años de la dictadura, y días atrás, el episcopado había emitido una declaración, quizás en defensa de los derechos humanos, un tema siempre relevante en aquella época. El hecho es que unas damas de edad avanzada y mentalidad retrocedida descubrieron que, además del fervor que a ellas les inspiraban los derechos inhumanos, disponían de un repentino poder financiero para defenderlos. Con fe en el corazón y billetes en la cartera, costearon una campaña de rectificación episcopal. En el más prime de los prime times de la televisión pusieron las cosas en su lugar, o al menos, en el lugar que ellas consideraban correcto. Por eso fue que Hernán las bautizó "obispas", y, si la memoria no falla, en el mismo artículo deslizó un paralelo con las avispas, reconociendo la benéfica acción de ambas especies.

Ilustración de mujeres en una manifestación pacífica con pancartas, representando la defensa de los derechos humanos.

El ánimo itinerante de Hernán Millas no se detenía ahí, por supuesto. Ni su papel de testigo se limitaba a lo inmediato. Sabía cuánto tiene la historia de periodismo en pretérito, y cuánto el periodismo de historia en presente, y saltaba de una a otra con esa clásica soltura suya. Hacía contemporáneos nuestros a personajes tan remotos como don Mateo de Toro y Zambrano, quien a manos de Hernán no sonaba tan solemne como su nombre. "Don Pancho Encina", recordaba, "discrepa de su talento y expresa que no era de ideas muy firmes". Luego, añadía: "En los cinco meses que alcanzó a durar como Presidente de la Junta de Gobierno, él fue sólo un elemento decorativo". Misia Nicolasa, la esposa de don Mateo, no salía mejor parada: "En cuanto a doña Nico (para sus amistades), lo único que de ella se sabe es que era muy buena para los postres, que rezaba de corrido todas las novenas -que en aquella época eran muchas-, y que le fascinaban las flores. Para qué decir que el matrimonio no tuvo hijos", concluía Hernán semiseriamente.

Bernardo O’Higgins, según Millas, "fue 'huacho' por completo". Su padre, don Ambrosio, "llevó a la cama -como lo haría con otras más- a la que se describe como 'frívola y ardiente' Isabel Riquelme", quien hoy día cuenta con calle propia. La historia oficial, señala Millas, elimina a Rosario Puga, "la mujer de Bernardo O’Higgins. Tal vez la admitiría si las clases de historia también pudieran darse después de las diez de la noche, como en el horario permisivo de la televisión". Mal que mal, desde el primer gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, pasando por otro gobernador, Ambrosio O’Higgins, y por su hijo Bernardo, padre de la patria y primer director supremo, "vivieron amancebados". "El 'papito', además, tuvo pasajeros amores clandestinos". "También don Bernardo tuvo con su amante su propio 'huacho', Demetrio, a quien nunca reconoció, repitiendo la tradición paterna".

A estas alturas, la historia parece remedar de nuevo a los semiserios: "Tres años más tarde la sociedad santiaguina es remecida por el escándalo. La inconstante Rosario termina aburriéndose de Bernardo. Y puede largarlo porque ha conseguido un amante de repuesto. Lo que más hiere a O’Higgins es que su reemplazante en el lecho de Charito sea un connotado carrerino: José Antonio Pérez Cotapos, primo hermano de Ana María Pérez Cotapos, la viuda del general José Miguel Carrera, a quien él había hecho fusilar en Mendoza. Con José Antonio, Rosario tendrá aún dos hijos más".

Otro semiserio auténticamente histórico cuenta el peligro que representó en una época pasar frente al Palacio de Gobierno. En cierta coyuntura, el Presidente Errázuriz Zañartu iba a nombrar ministro de Hacienda; "tenía su candidato, y liberales y conservadores el suyo. En un momento de la discusión, Errázuriz abrió uno de los ventanales que daban a la calle Moneda, mientras les decía: 'Si me colocan tantas dificultades, no me queda otra que nombrar ministro de Hacienda al primero que pase por la calle'". El que pasó en el instante justo fue don Ramón Barros Luco, y la coincidencia forma parte de su larga y feliz carrera política. Don Ramón fue protagonista de un citadísimo telegrama, a la vez que de una de las mejores anécdotas entre tantas que la pequeña historia le recuerda o atribuye. El gobierno se disponía a destituir al prefecto de Iquique, presunto amparador de apostadores, garitos y prostíbulos. El prefecto organizó un mitin en la plaza y telegrafió al Presidente: "Pueblo de Iquique exige mi permanencia en el cargo". Replicó Barros Luco: "No le haga caso".

Retrato de Ramón Barros Luco, político chileno.

Fray Andresito: Un Santo Potencial en la Historia Chilena

Fray Andresito merecería capítulo aparte. "Bernardino Piñera", evoca Hernán, "me decía en 1997 que faltaba un solo milagro para canonizarlo". Se había reunido un grupo de personeros de la Iglesia para efectuar el relanzamiento de la candidatura. Ya en la primera década del siglo XX, los católicos chilenos creían inminente la beatificación. No fue así. Parece que la idea no contó con suficiente empeño de la representación diplomática en Roma, "formada por miembros del Partido Conservador, no muy entusiastas con la idea de que un fraile extranjero de muy humilde origen se convirtiera en el primer santo que tuviera el país".

Andrés llegó a Santiago con la célebre estampa de Santa Filomena, de la cual "nunca se desprendería, e incluso fue sepultado con ella". Ya instalado aquí, trabajó para difundir la devoción por la santa. Según el padre Marchant Pereira, pronto se convirtió en todo un personaje, "casi siempre descalzo o con unas sandalias raídas, cubierto con un tosco sayal, al cinto su largo cordón franciscano", y estampa en mano. "Así se presentaba donde sabía que había algún enfermo o un quebranto que mitigar. '¡Santa Filomena me envía!', decía".

Elisa Bulnes Prieto, sobrina del Presidente Bulnes, llevaba seis meses en cama con una cojera que no la dejaba vivir. Pidió que le llevaran a fray Andresito. Ella misma cuenta: "¡Padre, sáneme por caridad! -le dije-. Yo no soy santo -me contestó-, pero Dios puede sanarla si así le conviene a usted". Enseguida "se sentó en el suelo junto a mí, y comenzó a decir algunas oraciones, que yo en voz baja repetía, mientras me ponía aceite de la lamparilla que ardía en el altar de Santa Filomena, en la Recoleta. Luego, enderezándose, me dijo '¡Levántese, ya está sana!'". Lo estaba, según se supo.

Doña Francisca Donoso, hermana del obispo de La Serena, padecía sus últimos minutos cuando fray Andresito acudió "para ayudarla a bien morir". Luego de orar un rato, el fraile anunció que la dama sobreviviría a esa prueba, "porque Santa Filomena la va a sanar". Y doña Francisca no murió aquella vez. Con el tiempo, sin embargo, la Iglesia retiró de su santoral a la autora de estos milagros, quizá por ejercicio ilegal de la profesión.

Ilustración de fray Andresito, monje con hábito y estampa de Santa Filomena, atendiendo a un enfermo.

Guillermo Blanco, en su prólogo, reflexiona que ningún prólogo agregará nada útil a la gracia, la chispa y la documentación que exhibe Hernán Millas a lo largo de una carrera periodística que empezó hace tantos años y, ojalá, continúe por hartos más. Blanco sugiere que valdría la pena hacerle una manda a Santa Filomena para que así sea.

Hitos de la Historia de Chile: El Club Hípico de Santiago

El Dieciocho de 1870 agregó otro día a los festejos patrios: el 20, fiesta de las carreras "en homenaje a la Patria". Ya con esa dedicatoria ninguna autoridad podía negarse. Hasta entonces, y desde la Colonia, hubo "carreras a la chilena", pero en el campo y con la concurrencia de entusiastas huasos que le ponían "entre pera y bigote", acompañándose del rasguear de las guitarras. Hubo también una incipiente Sociedad Hípica que, de vez en cuando, realizaba carreras de caballos en la elipse del Parque Cousiño (hoy O’Higgins), con pingos traídos de un fundo cercano y jinetes huasos.

Sin embargo, esta vez la cosa sería distinta: carreras elegantes, como las que los acaudalados viajeros conocieron en la ciudad inglesa de Epsom (el "Derby", pronunciaban con respeto evocador) y en el Hipódromo de Longchamps, en París, a orillas del Sena. Por supuesto, se habían adquirido terrenos en los cuales se construyó una pista de carreras. Frente a ella se levantaron elegantes tribunas y se dispuso de espacios laterales destinados a huasos a caballo y personas a pie, para no decir el pueblo, o la "chusma", como expresaría más tarde Arturo Alessandri Palma.

Fotografía antigua de las tribunas del Club Hípico de Santiago con público y caballos en la pista.

Todo había comenzado un año antes cuando el inquieto vecino Domingo de Toro Herrera (un acaudalado agricultor) convocó a dieciocho preclaros vecinos (hasta la cifra era patriótica), a "la hora del atardecer", a su casa en calle Huérfanos 11. Entre copitas de enguindado que servía su esposa, "misia" Josefina, expuso su proyecto de fundar un Club Hípico. El anfitrión empezó afirmando que los domingos eran muy aburridos para quienes vivían en la capital (o venían a ella). "Curiosamente", agregó, "en el campo, con la trilla, los asados, los paseos, las carreras a la chilena, se pasa mucho mejor".

Todos estuvieron de acuerdo con su apreciación y señalaron que en el Teatro Municipal -inaugurado en 1857, trece años antes- alguna compañía lírica realizaba funciones de ópera de vez en cuando. En las otras dos salas existentes -el Teatro Santiago y el Teatro San Martín- también de tarde en tarde, una compañía representaba unos dramones de Guimerá o Tamayo y Baus, o traía un repertorio de zarzuelas. En el Parque Cousiño se daban cita los enamorados. En la Quinta Normal, aparte de pasearse en bote por su laguna, la diversión consistía en visitar las jaulas de los monos y de los papagayos. En la Alameda, el entretenimiento era llevar a los niños a encumbrar volantines. En resumen, la única entretención del domingo era alargar la siesta e ir a visitar a algún pariente.

El Domingo: La Siesta y las Visitas

Y don Domingo, deseoso de que su día no resultase un bostezo, dio a conocer su proyecto, ya comentado con algunos, recibiendo una entusiasta adhesión. Además, se encontró con un auditorio que apreciaba el tema; como ya dijera, de sus viajes a Europa llegaban hablando de los entretenidos hipódromos. De ahí el entusiasmo con la idea de algo semejante.

En Valparaíso, la colonia inglesa, cinco años antes, había organizado unas carreras "a lo Epsom" en Placilla, a tres leguas de Valparaíso, con una concurrencia de dos mil personas que se trasladaron en ochenta carruajes y mil quinientos caballos de montar. Pero la aventura quedó ahí no más. Transcurrirían ocho años para que en 1882, la colonia inglesa creara el Valparaíso Sporting Club, disgustados consigo mismos porque Santiago les tomase la delantera.

Volviendo a la reunión en casa de don Domingo de Toro Herrera, como todos los presentes tenían recursos, se despidieron con una decisión inmediata: ¡manos a la obra! Así ocurrió. En dos semanas ya estaba constituido el directorio del que se llamaría Club Hípico de Santiago. Para demostrar que carecía de ambiciones personales, Domingo de Toro Herrera no aceptó el cargo de presidente, conformándose con sólo ser uno de los miembros del directorio. Presidente fue designado Francisco Baeza, y presidente honorario, Luis Cousiño Squella, dueño de la mina de Lota y de la viña del mismo apellido...

El Hipódromo Más Antiguo de Chile 🇨🇱 Día del Patrimonio

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