Todos tenemos una historia; todos somos un cúmulo de relatos que aflora por donde menos lo esperamos. Una fotografía, un viaje existencial, una noche de borrachera, una aventura amorosa bajo una sombrilla, o, en este caso, un helado de la infancia. Somos, también, un helado; ese que en la boca dispara los recuerdos, las vivencias, las nostalgias. Un helado, como la vida, que esconde dulzuras, toques ácidos, tostados, frescos como la lima, intensos como la vainilla o el cacao amargo.
El frigo-dedo, la espuma de limón de los Jijonencos, una terrina de regaliz o el helado de café de Fernando Sáenz, el chef del frío. Ellos y muchos otros, esconden pasado y futuro.

"El Texto Helado": Un Viaje por la Alquimia Narrada
De vida, de eso habla el libro "El Texto Helado" que ha editado Grate Ediciones Helados en Logroño, un proyecto impulsado por Angelines González y Fernando Sáenz. Ambos, con la ayuda de seis escritores y un fotógrafo, Yanet Acosta, Carmen Alcaraz, Enrique Cabezón, Xabier Gutiérrez, Teri Sáenz, Bernardo Sánchez y Jesús Rocandio, llevan al lector de paseo por la alquimia helada y narrada.
Este libro, que no se vende en librerías, nace de la ilusión y es una forma de demostrar que hay muchas maneras de vivir la vida: de espaldas o de cara, con sonrisa o con morriña, con helado o sin helado. Con ese libro entre las manos, se recuerdan pasiones y la ilusión que sus creadores depositaron en él. Más que un libro, es como un sorbete de sueño, un almanaque de historias que hablan de reflexiones, experiencias e ilusiones de cada uno de los autores.
Sabores que Evocan Recuerdos y Sensaciones
La lectura de "El Texto Helado" invita a rememorar los helados de la infancia: aquellos que conquistaron a los "Peter Pan de verano", en tiempos de jugar descalzo y de las frases más maravillosas que un niño podía escuchar: "ves a buscarte un helado y a jugar". Se vienen a la mente el de Avidesa (naranja por fuera y fresa por dentro), el Drácula, el Pop-Eye y el Rumbero de Frigo (pura piña).
Teri Sáenz escribe en la obra un delicioso texto titulado "Nada que hacer", una radiografía de esos años despreocupados en los que los días transcurrían a pie de playa y campo. Este texto inspira un par de polos peculiares, que hablan de la fruta que se dejaba al frío en las balsas, ríos o charcas para la comida, como el melón y la sandía, evocando el dulce sabor del verano.
Por su parte, Xabier Gutiérrez, en su contribución, coloca el sentido del gusto en el epicentro de todos los sentidos. Él describe el gusto como el más delicado, exquisito y exigente. Gutiérrez explora cómo el frío atraviesa el paladar, dejando vibrar sabores tostados, crujientes, amargos, o la melosidad de una espuma de limón; sabores locos como un sorbete de tomate que aparenta ser lo que no es, trampas que el gusto siempre, o casi siempre, acaba detectando.
Carmen Alcaraz habla en su relato de besos, llevando la mente a imaginar un beso helado, frío como la espuma del mar y repleto de profundidad, como la crema de leche mar-engada que propone Fernando Sáenz, con cítricos de la Vega Baja y otros misterios.
Enrique Cabezón contribuye con un poema que vincula el amor con el helado, desde lamer un cremoso helado de fresa y encontrar una historia apasionada, hasta dar besos fríos que saben a escarcha o ser pura nata.
Un texto delicado de Yanet Acosta, acompañado de una hermosísima fotografía de Jesús Roncadio, está repleto de imágenes y viajes, capaz de trasladar a situaciones y contextos donde fluyen vivencias, aromas (chocolate, tabaco, pinocha), y sabores. Para Acosta, el helado es en sí mismo un viaje: a América Latina, al mar Mediterráneo, a las bodegas riojanas, al Ecuador o a Cartagena de Indias con sus granizados de frutas tropicales.
Finalmente, Bernardo Sánchez cierra el libro con un relato sobre el helado de Proust, seductor y emocionante. Este relato remite al postre que ofrecen los hermanos Roca en El Celler, un homenaje al "Por el camino de Swann" de Marcel Proust, que sabe a libro viejo, a infancia, a recuerdos y a reflexión. Un helado, al final, tiene la capacidad de ser una historia, un viaje, un relato, una filosofía y caricias sutiles de felicidad.

Orígenes del Helado: Un Viaje Histórico
Aunque hoy en día el helado es un postre popular, su historia se remonta a unos 600 años a. de C. En sus inicios, la preparación era tan complicada que solo la nobleza podía disfrutarlo. En China, se mezclaba la nieve de las montañas con miel y frutas. En Persia, alrededor del 400 a. de C., existía un plato similar a un flan, hecho con agua de rosas y cabello de ángel, semejante a un sorbete, consumido únicamente por la realeza durante el verano.
Se dice que el nombre de los helados que hoy conocemos como "polos" se puso en honor a Marco Polo. En 1660, el italiano Procopio abrió en París el "Café Procope", donde, además de café, se servían helados, convirtiendo a este siciliano en el pionero del helado popular.
CORTOS ANIMADOS DE TERROR | El Heladero
Cuentos de Helados: Tres Historias Inolvidables
La Luna que se Derritió en Helados
Una noche de calor sofocante, en la que se fue la luz, los vecinos de un edificio estaban desesperados porque no podían dormir. De pronto, ¡la luna comenzó a derretirse! La portera, una abuelita muy ingeniosa, recogió las gotitas y fabricó helados para todos. Los helados estaban fresquitos y ricos, así que todos pudieron dormir a pesar de tener los ventiladores y el aire acondicionado apagados. Cuando todo estaba en calma, dos conejos que vivían en la luna tocaron a la puerta; se habían quedado sin hogar. Esta es una historia en la que una comunidad de vecinos vive una ola de calor y una ola de amor, un álbum muy recomendable para todos esos pequeños que adoran los helados y la luna.

El Ladrón de Helados: De Robos a Mordiscos Picantes
Había una vez un ladrón que se había pasado años robando helados. Se le daba especialmente bien quitárselos a los niños instantes antes de que estos le dieran la primera chupada, ese momento de máxima concentración y anticipación. El ladrón arrebataba el cucurucho y salía corriendo, hábilmente sin que se le cayera el helado. Finalmente, lo pillaron y lo metieron en la cárcel. Cuando salió, el juez le advirtió que no volvería a robar helados. El ladrón prometió no hacerlo, pero lo que hizo fue peor: se dedicó a chupar los helados de la gente, dando la primera chupada, la más rica. La gente quedaba tan horrorizada que le tiraba el helado encima, ganándose el apodo de "el chupahelados".
La policía decidió actuar. Como chupar helados ajenos no era un delito, idearon un plan: se vistieron de paisano y, con la ayuda de los heladeros, prepararon helados superpicantes. Los agentes se colocaron en lugares estratégicos, pero el chupahelados prefería los helados de los niños. Así que algunos agentes se disfrazaron de críos. La estrategia funcionó. Los alaridos del chupahelados al probar uno de esos helados especiales se escucharon hasta en la Antártida. No quedó fuente, grifo ni estanque donde no metiera la boca. Esa fue la última vez que chupó un helado ajeno. La pena que dio a todos fue tal que, desde entonces, los vecinos se turnan para regalarle un helado. A cambio, el chupahelados regala a los niños un número de magia o circo, haciendo que el trato funcione.

El Caso del Helado de Vainilla: La Tragedia de Beto y Heredia
En el bar "Unión Chica", el detective Heredia, ante sus amigos, se preparaba para relatar su pesquisa relacionada con un crimen en un almacén, conocido como "el caso del helado de vainilla". Heredia inicialmente pensó que era un asunto de drogadictos, pero tras investigar y conversar con un joven en la celda, comprendió que los hechos respondían a la implacable lógica de la miseria.
Las víctimas, según Heredia, fueron tres: El Beto, su abuela y el almacenero. La historia se desarrolla en el contexto de una pandemia, que tenía a la gente confinada y al borde del abismo. La visión de Heredia cambió tras visitar al Beto en la cárcel, lamentando que el muchacho se hubiera "jodido tan joven" por un arrebato que pudo controlar. Todo sucedió porque el dueño del almacén le dijo que no.
La abuela de Beto enfermó al mes de iniciarse la pandemia y, debido a la falta de camas y ventiladores mecánicos en los hospitales, regresó a casa. Antes de la pandemia, residía en un hogar de ancianos, pero fue devuelta a casa por un contagio entre los residentes. La noticia cayó como un asteroide en la familia, transformando la sala de estar en un "pantano tenebroso". La abuela, siempre "ida", comenzó a pedir helado de vainilla. Su madre respondió que no había dinero para "caprichos", ya que las empresas cerraban y los trabajos escaseaban. La vida se caía a pedazos.
En la casa, la falta de trabajo generó tensiones. Los víveres escaseaban. Una noche, mientras Beto se sentaba junto a su abuela, la oía pedir helado insistentemente. Las peticiones desesperadas de la abuela fueron motivo de risa o resignación para la familia, excepto para Beto. La cuarentena se extendió y los ánimos se caldearon. Andrés, el hermano de Beto, le propuso robar el pequeño supermercado frente a la plaza. Consiguieron armas y planearon el asalto.
El día del robo, Beto se despidió de la abuela y salió con su hermano. En el almacén, el dueño y un empleado haitiano estaban a punto de cerrar. Andrés y Beto, con pistolas prestadas, exigieron el dinero. El grito de Andrés al dueño del almacén fue contundente: "¡Pásame toda la plata, viejo de mierda!" y luego, en un momento de desesperación y quizás de conexión con la abuela, preguntó: "¿Tienes helado de vainilla, concha de tu madre?" Heredia concluyó que, de una u otra forma, nadie escapa de la pandemia y sus miserias.
