La Blasfemia: Concepto, Evolución Histórica y Dimensiones Penitenciales

El concepto de blasfemia ha evolucionado a lo largo de la historia y las distintas culturas, siendo un tema central en la teología y el derecho de muchas civilizaciones. Se refiere a una irreverencia desafiante contra lo sagrado, manifestada tanto en palabras como en acciones. La palabra blasfemia proviene de una transliteración de una palabra griega que significa literalmente “hablar mal”.

Esquema de la evolución del concepto de blasfemia a través de las eras

La Blasfemia en el Contexto Bíblico

La blasfemia adopta su definición cristiana basándose en el trasfondo del Antiguo Testamento y se amplía en el Nuevo Testamento para incluir nuevas dimensiones.

Antiguo Testamento

Es significativo que refleje una acción inapropiada en relación con el uso del nombre de Dios. Dios reveló Su carácter e invitó a una relación personal mediante la manifestación de Su nombre. Levítico 24:14-16 guía la definición hebrea de blasfemia, designando la ofensa como pecado capital, y el ofensor debía ser lapidado por la comunidad. La blasfemia consistía en pronunciar explícitamente el nombre de Dios junto con una actitud de irrespetuosidad.

Israel fue culpable de blasfemia en diversas ocasiones, mencionándose específicamente los casos del becerro de oro (Nehemías 9:18) y la forma brusca de tratar a los profetas (Nehemías 9:26). Natán acusó a David de burlarse de los mandatos de Dios y de dar a los enemigos de Israel ocasión para blasfemar, es decir, malentender la naturaleza divina (2 Samuel).

Los enemigos de Israel blasfemaron a Dios mediante acciones en contra del pueblo elegido. Los asirios declararon que Dios era impotente al compararlo con sus ejércitos poderosos (2 Reyes 19:6,22; Isaías 37:6,23). Los babilonios demostraron desprecio a Dios durante el exilio al ridiculizarlo constantemente (Isaías 52:5). Edom fue culpable de blasfemia cuando se regocijó ante la caída de Jerusalén (Ezequiel 35:12). Dios reaccionó con juicio (2 Reyes 19:35-37) o prometió juicio (Isaías 52:6; Ezequiel).

Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento amplía el concepto de blasfemia para incluir acciones en contra de Cristo y de la iglesia como cuerpo de Cristo. Los líderes judíos consideraron blasfemo al mismo Jesús (Marcos 2:7). Cuando Jesús fue juzgado ante el Sanedrín, no solo declaró Su dignidad mesiánica sino que además expuso Su condición de exaltación suprema (Lucas 22:69). Dicha declaración, conforme al Sanedrín, encajaba dentro de la acusación de blasfemia y, en consecuencia, merecía la muerte (Mateo 26:65; Marcos 14:64). No obstante, según la perspectiva neotestamentaria, los verdaderos blasfemos eran aquellos que negaban las declaraciones mesiánicas de Jesús y rechazaban Su unidad con el Padre (Marcos 15:29; Lucas).

La unidad de Cristo y la iglesia se reconoce en que las persecuciones contra los cristianos se catalogan como actos blasfemos (1 Timoteo 1:13; 1 Pedro 4:4; Apocalipsis 2:9). También es importante que los creyentes eviten conductas que podrían dar ocasión a la blasfemia, especialmente en las áreas del comportamiento y el lenguaje (Efesios 4:31; Colosenses 3:8; 1 Timoteo).

El Tetragrammaton, la palabra TE TRA GRAM MA TON, que en griego significa “las cuatro letras”, se refiere a las cuatro letras hebreas יהוה‎, que se pueden traducir como Yahveh. Son el nombre sagrado de Dios que los creyentes tenían prohibido pronunciar por respeto, para evitar la blasfemia al considerar que el hombre no es digno ni siquiera de nombrar el nombre de Yahveh.

La Blasfemia contra el Espíritu Santo

El pecado de blasfemia puede ser perdonado, pero existe un pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo que no se puede perdonar (Mateo 12:32; Marcos 3:29; Lucas 12:10). Este consiste en encontrarse en una condición de dureza tal que resiste de manera consciente y voluntaria el poder y la gracia salvadora de Dios. Es una condición desesperada que va más allá de la posibilidad de perdón porque no es capaz de reconocer el pecado ni de arrepentirse.

No hay un pecado específico que sea imperdonable, como mentir, robar o matar, sino el endurecimiento perpetuo del corazón y el pecar deliberadamente contra Dios y el hombre (1 Timoteo 4:2; Tito 1:15). En Hechos 7:51, Esteban dijo a los Fariseos: "Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos. Vosotros resistís siempre el Espíritu Santo."

El concepto de “blasfemia contra el Espíritu Santo” se menciona en Marcos 3:22-30 y en Mateo 12:22-32. Los fariseos, habiendo sido testigos de pruebas irrefutables de que Jesús obraba milagros en el poder del Espíritu Santo, afirmaron en cambio que el Señor estaba poseído por un demonio (Mateo 12:24). En Marcos 3:30, Jesús es muy específico acerca de lo que los fariseos hicieron para blasfemar contra el Espíritu Santo: "Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo". Este tipo particular de blasfemia no se puede duplicar hoy en día, ya que los fariseos se encontraban en un momento único de la historia.

El pecado imperdonable de hoy es el estado de continua incredulidad. Resistir la convicción del Espíritu y permanecer sin arrepentirse voluntariamente es "blasfemar" al Espíritu. No hay perdón para una persona que rechaza el llamado del Espíritu a confiar en Jesucristo y muere en la incredulidad. Dios ama al mundo (Juan 3:16) y la elección es clara: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rechaza al Hijo no verá la vida, porque la ira de Dios permanece sobre él" (Juan 3:36).

Dimensiones Históricas y Legales de la Blasfemia

La blasfemia ha sido considerada un delito grave en diversas épocas y culturas, llevando consigo severas consecuencias legales y sociales.

Persecución y Castigo en la Antigüedad y Edad Media

El libro del Levítico de la Biblia menciona el delito de la blasfemia y el castigo de la lapidación por el pueblo. Los emperadores romanos condenaron a muerte a los primeros cristianos por haber cometido el delito de blasfemia. Este sistema represivo se mantuvo en la Edad Media y en la Edad Moderna.

Por ejemplo, en Córcega, según los estatutos criminales de 1571, «el blasfemo contra Dios, o la Virgen, era castigado la primera vez con una multa de 6 libras, y de 3, si era contra los santos; de 20 libras, por la segunda vez en uno y otro caso; y por la tercera, con pena de azotes y perforamiento de la lengua». En el artículo 101 del código penal del Reino de las Dos Sicilias, se castigaba la blasfemia proferida en una iglesia o en otro lugar en el momento de celebrarse actos litúrgicos con prisión de dos años y un día a cinco años.

El Derecho Canónico y sus Clasificaciones

Según el derecho canónico, la blasfemia era toda palabra injuriosa a Dios, distinguiéndose por su gravedad entre la blasfemia herética de la no herética y, por el objeto de la misma, entre la blasfemia directa, que es la proferida a Dios, de la indirecta, que es la proferida a la Virgen María, los santos, los Sacramentos, etc.

La blasfemia, por tanto, tenía lugar bajo varias formas:

  • Negando a Dios lo que le es esencial, como, "Dios no es justo".
  • Atribuyéndole ofensivamente lo que repugna a su esencia y atributos, como, "Dios es injusto".
  • Detestando o maldiciendo, como "¡pese a Dios!" o "¡mal para Dios!".
  • Pronunciando las mismas palabras injuriosas contra la Virgen María, los santos, los Sacramentos y cosas consagradas a Dios, o a su culto.
  • Aun sin afirmar, negar o detestar, profiriendo meramente, pero con ira, desprecio, o escarnio, el nombre, atributos, cualidades, y en su caso el cuerpo, o partes del cuerpo, de los objetos comprendidos en los cuatro primeros casos, como "¡nombre de Dios!" o "¡sangre de Cristo!".

También se incluían en la blasfemia las injurias o ademanes contra sacerdotes realizados en el momento en que estuvieran ejerciendo sus funciones sagradas, especialmente dentro de la iglesia, y los juramentos falsos y en vano.

Evolución de las Penas Eclesiásticas

La Iglesia comenzó a establecer sus propias penas a partir del siglo XIII. La primera normativa específica fue la del papa Gregorio IX que hacia 1250 estableció que el blasfemo fuera condenado por su obispo a permanecer en la puerta de su iglesia, sin poder entrar en ella, durante siete domingos consecutivos mientras se celebraba la misa mayor, y en el último de ellos, descalzo, sin capa y con una soga atada al cuello. Además, debía ayunar durante esos siete viernes y pagar una multa.

En el siglo XVI, el papa León X en el V Concilio de Letrán endureció las penas. Si era clérigo, sería privado de su beneficio y, en caso de reincidencia, lo perdería definitivamente. Para los legos, la primera vez se aplicaba una multa, la segunda una multa mayor y la tercera implicaba la pérdida de la nobleza o el encarcelamiento, la exposición pública con una coroza como símbolo de infamia. Una cuarta vez suponía la cárcel perpetua o la pena de galeras.

Mucho más terribles fueron las penas que estableció el papa Julio III en la Constitución de 1550, confirmadas por el papa San Pío V en 1585. A los blasfemos plebeyos reincidentes se les perforaría la lengua y, si persistían, serían azotados, condenados a galeras o desterrados para siempre. Estas mismas penas se aplicarían a quienes no denunciaran a los blasfemos. Los jueces seculares que no impusieran los castigos establecidos también eran reos de blasfemia.

El Impacto de la Ilustración y la Perspectiva Islámica

En el siglo XVIII, la Ilustración europea rechazó el concepto mismo de «blasfemia» y denunció que fuera considerada un delito. Esto llevó a una relativización de lo que era blasfemia en distintas geografías.

El Islam, por su parte, condena la blasfemia, siendo un delito recogido en numerosas legislaciones penales de países de mayoría musulmana. Un ejemplo notable es el del escritor británico Salman Rushdie, cuya novela Los versos satánicos (1988) fue considerada sumamente blasfema e irrespetuosa para el Islam, provocando protestas y amenazas de muerte. El ayatolá Ruhollah Jomeiní emitió una fatwā en 1989 pidiendo su asesinato.

Simbolismo Penitencial y la Inquisición Española

La Inquisición española, fundada en el siglo XV, buscaba mantener la ortodoxia católica y castigaba diversos delitos, incluida la blasfemia. En este contexto, el "brazo temporal" y ciertos elementos visuales adquirieron un profundo significado penitencial.

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El "Brazo Temporal" y la Ejecución de Penas

Cuando los condenados a muerte por la Inquisición eran llevados al quemadero, era el "brazo temporal" -como se llamaba a las autoridades civiles- quien ejecutaba la pena. Esto subraya la colaboración entre el poder eclesiástico y secular en la aplicación de justicia y castigo.

El Capirote y el Sambenito: Marcas de Infamia

Los condenados por la Inquisición eran obligados a llevar un capirote o coroza y una pequeña túnica de tela basta llamada "sambenito" para identificarlos y avergonzarlos durante los autos de fe. El auto de fe era un "gran teatro" que tenía como objetivo la humillación pública, manchando socialmente al condenado y a sus descendientes. Durante tres siglos, miles de personas fueron condenadas en España por la Inquisición, acusadas de delitos como la blasfemia y la herejía.

Los sambenitos y los capirotes se llevaban luego a la iglesia parroquial para ser colgados con los nombres de los condenados, perpetuando la "mancha" por generaciones. La expresión "colgarle el sambenito a alguien" proviene precisamente de esta práctica, indicando una condena pública que el "olvido no existía" para borrar.

Grabado de un auto de fe de la Inquisición con condenados llevando capirotes y sambenitos

El Color Morado en la Penitencia

Cómo el cucurucho de cartón (capirote) de la Inquisición pasó a las celebraciones de Semana Santa no está claro, pero los historiadores creen que las hermandades penitenciales lo adoptaron, simbolizando el intento de acercarse a Dios. Las primeras hermandades se formaron en el siglo XV. Los penitentes cubrían su rostro con un antifaz y vestían una túnica de tela basta y barata, a menudo blanca.

A finales del siglo XVI, la Hermandad de la Hiniesta de Sevilla adaptó el capirote al antifaz, diferenciando entre "hermano de sangre" (que se flagelaba y llevaba el antifaz hacia atrás) y "hermano de luz" (que portaba un cirio y llevaba el capirote). Para el siglo XVII, la mayoría de las cofradías ya usaban este cucurucho. Cada cofradía adoptó un color; muchas eligieron el morado, que era el penitencial, mientras otras optaron por el rojo, verde, blanco o negro.

Con la llegada de Carlos III, las cofradías estuvieron a punto de desaparecer debido a que las prácticas penitenciales chocaban con las ideas de la Ilustración, prohibiendo la flagelación pública y el uso de antifaz de noche. Tras la Guerra de la Independencia, las hermandades recuperaron su actividad, pero la penitencia extrema ya no se practicó.

Hoy, las procesiones de Semana Santa en España van más allá de lo religioso, formando parte de una cultura popular con un sentido festivo e identitario.

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